Dueños
Los humanos tardamos a veces en entender cosas tan simples y raigales a la vez; quizás por eso encuentran un animal y, aunque vean el anuncio, la súplica y el dolor, no lo devuelven, o no corren la voz de que está con ellos, esperando.
Los humanos tardamos a veces en entender cosas tan simples y raigales a la vez; quizás por eso encuentran un animal y, aunque vean el anuncio, la súplica y el dolor, no lo devuelven, o no corren la voz de que está con ellos, esperando.
Escribe algo de la risa y sus efectos sanadores, me dijo mi amigo Víctor, con una sonrisa de oreja a oreja, de esas que muestran los dientes y achinan los ojos, mientras, los que miramos, vemos cómo nada alrededor puede ser más hermoso, más contundente ni sublime.
Cuando llegamos con mi madre a aquella enfermería, que fue como su casa, el miedo nos mataba. La mirada clara y sonriente del enfermero escudriñó nuestros ojos llorosos y con una gracia única y despampanante nos dijo: ¡¿y a qué tanto llanto!?
Cuando se iba mayo y solo se veía la estela de su última hoja en el calendario; muchos, asustados, con los dedos en cruz, pedían que no nos dejara ni una desgracia más en su último segundo.
Cuentan que un agricultor cultivaba maíz de excelente calidad. Todos los años ganaba el premio al mejor maíz de la región. Un año, un periodista lo entrevistó y aprendió algo interesante sobre cómo lo lograba. El reportero descubrió que el agricultor compartía su semilla de maíz con sus vecinos.
Leí un post en Facebook que parecía una advertencia a todos para no ser tomados por sorpresa: “Si estás dando frutos —decía—, prepárate para las pedradas”. Los comentarios lo acompañaban como a una verdad comprobada muchas veces, como verdad irrefutable, lo daban por sentado.
Cuando llega mayo, junto con el olor de sus primeras lluvias —para muchos, sanadoras—, comienza la necesidad y el deseo de que llegue su segundo domingo.
Mi amigo Víctor se ha dado a los demás de un modo sublime; como esa es la medida exacta de su amor, no sabe hacerlo de otro modo, y dar y darse lo ha convertido en el mejor sentido de su existencia.
Cuentan que una mujer maya, cansada de la rutina del campo y de tanto trabajo duro, decidió vender su casita.
Aquella noticia me conmovió. No me tomó por sorpresa porque era algo que podía suceder cualquier año por estas fechas.
Hablan de paz y no se tratan pacíficamente, piden oraciones para detener la guerra, reclaman desde lejos que cesen los conflictos, pero libran otra guerra contra alguien que exprese un punto diferente.
Amor sin frenos, desnudo, al descubierto, el que pasó por tanto y sobrevivió a los siglos, el que no espera nada y lo da todo; y pasa callado y vive a la altura de un beso, al alcance de una mano.