En un abrazo
Cuando escuché mi nombre y me volteé, vi a aquella mujer riéndose; descubrió que mi mirada intentaba reconocerla, y entonces me dijo: “No, no me conoces, pero yo te leo; déjame darte un abrazo porque Invasor está de cumpleaños”.
Cuando escuché mi nombre y me volteé, vi a aquella mujer riéndose; descubrió que mi mirada intentaba reconocerla, y entonces me dijo: “No, no me conoces, pero yo te leo; déjame darte un abrazo porque Invasor está de cumpleaños”.
Siempre me conmueve esta historia que narra algo nada común: una estación de tren permaneció abierta para una única pasajera cuando, en julio de 2015, la Compañía del Ferrocarril de Hokkaido (Japón) anunció su cierre debido a la ausencia de pasajeros.
Anunciaron lluvias, mas a esa hora el sol brillaba. Con una capa, por si llovía, salió a la escuela uno de mis hijos. Llevaba su merienda, como siempre, aunque hacía varias jornadas que no disponíamos de pan por la falta de harina.
De niña fui de los que sufrían por el reclamo triste de aquel hombre que pagaría por cualquier información acerca de su pérdida, y me devanaba los sesos pensando quién o qué sería lo perdido, porque los unicornios no existen, decía yo, al final, era una niña incrédula.
Yo siempre he creído (o me ha convenido creer, para consolarme) que todos, en el fondo, somos buenos, que lo que pasa es que… nos distraemos. Entonces un día descubrí, en un fragmento de Amistad funesta, la única novela escrita por Martí, mi teoría brillantemente explicada. Se las regalo para que nunca dejen de espantarse a esos malos duendes que nos quieren adormecer la grandeza.
Lo encontré en Facebook y lloré de la emoción. Un maestro publicó casi 30 fotos tomadas junto a sus alumnos de varias generaciones. Reconocer a un par de rostros en las instantáneas me hizo investigar hasta saber quién era Julio Rodríguez Pardo.
Y siempre me digo, ¿por qué tenemos que aprender de los instintos animales, si somos una especie dotada de inteligencia y sentimientos para lograrlo todo?
Durante muchos años padecí de insomnio; de la más fuerte y terrible pérdida del sueño. No era como se dice de algunos bebés que cambian la noche por el día, era no tener sueño a ninguna hora.
Amo la algarabía, que es todo lo contrario a los silencios, porque ella anuncia la alegría, el buen tiempo que viene y los deseos de recibir los trances de la vida del modo que sea que ellos vengan.
Durante mucho tiempo quise tener una escribanía. Quería escribir, para otros, cartas de amor y de amistad, dedicatorias, despedidas, declaraciones amorosas, esquelas pidiendo oportunidades de reconciliación.
Martí vuelve. Una y otra vez, porque nació aquí y en este continente, porque es imposible no nombrarlo cuando lo has descubierto, porque como dijo el otro gran cubano, es ese misterio que nos acompaña.
No temo a las palabras. Las amo, las amoldo. Persigo el sonido que de ellas emana al pronunciarlas, y me gusta descubrir los gestos que en los otros provocan.