Esperanza
Con la sencillez de un niño de diez años y la seriedad de alguien mayor, Tadeo me miró y dijo: “Mamá, explícame bien qué es la esperanza”.
Con la sencillez de un niño de diez años y la seriedad de alguien mayor, Tadeo me miró y dijo: “Mamá, explícame bien qué es la esperanza”.
Todavía no olvido el día en que intentaba comunicarme con el Sanatorio para personas que vivían con VIH, para recuperar un libro que le había prestado al enfermero del lugar; aunque hace 20 años, no olvido un detalle.
Es esto lo que muchos deseamos. Es una bendición, creemos algunos, otros lo ven como un regalo de la vida y por eso aquello que reza: “Dichoso el que llega a viejo”.
Durante mucho tiempo he disfrutado de una historia fascinante que sitúa a Franz Kafka cerca de una pequeña a la que un día encontró desconsolada.
Esta frase se ha hecho recurrente, la escucho más de lo que quiero y sé que, como tantas otras que sostienen actitudes de posesión, puja por instaurarse en nuestro entorno.
El 27 de septiembre nuestro entrañable José Aurelio Paz hubiera cumplido 71 años; que los fragmentos de esta crónica, contenida en su libro Cadáver Público, sirva de recordatorio y celebración por su existencia, que se me antoja, no ha terminado.
Cuentan que un joven caminaba hacia el pueblo donde viviría; sentado en una piedra a la entrada encontró a un anciano y le preguntó cómo era la gente del lugar, a lo que este respondió: ¿Cómo es la gente que dejaste? Gente llena de bondad.
Le dije así a una amiga y me regaló la sonrisa más grande que nunca antes le vi. “Casi como la letra de aquella canción: voy a brindar por ti...”, me dijo, sin dejar de mostrarme su alegría.
Los humanos tardamos a veces en entender cosas tan simples y raigales a la vez; quizás por eso encuentran un animal y, aunque vean el anuncio, la súplica y el dolor, no lo devuelven, o no corren la voz de que está con ellos, esperando.
Escribe algo de la risa y sus efectos sanadores, me dijo mi amigo Víctor, con una sonrisa de oreja a oreja, de esas que muestran los dientes y achinan los ojos, mientras, los que miramos, vemos cómo nada alrededor puede ser más hermoso, más contundente ni sublime.
Cuando llegamos con mi madre a aquella enfermería, que fue como su casa, el miedo nos mataba. La mirada clara y sonriente del enfermero escudriñó nuestros ojos llorosos y con una gracia única y despampanante nos dijo: ¡¿y a qué tanto llanto!?
Cuando se iba mayo y solo se veía la estela de su última hoja en el calendario; muchos, asustados, con los dedos en cruz, pedían que no nos dejara ni una desgracia más en su último segundo.