¿Tan apurados estamos?
De niña, para llegar a la escuela, siempre pasaba frente a la casa de un anciano que desde temprano sentado en el portal decía adiós a todos, aunque alguien fuera apurado, entretenido o evadiendo una respuesta.
De niña, para llegar a la escuela, siempre pasaba frente a la casa de un anciano que desde temprano sentado en el portal decía adiós a todos, aunque alguien fuera apurado, entretenido o evadiendo una respuesta.
Yo no sabía cómo se llamaba aquel hombre. Siempre supe que era maestro, con alma de artista y promotor nato.
Adoro una palabra de esas que siento que ha padecido, de la que a los maestros no les parecía a veces demasiado importante para adjetivar. Una palabra hermosa, inmensa, con vida propia; pero muchas veces venida a menos.
No olvido el día en que mi amiga Conchita me regaló su abrecartas. Una pieza bellísima, de metal dorado, y un cabito de madera con unos arabescos de ensueño.
¿Quién sabe quién encontrará nuestra botella? ¿Y si estuviera buscando lo mismo que nosotros?