Coronavirus y teleclases: la educación vuelve a casa
El barrio se vuelve una escuela personalizada, donde cada alumno avanza a su ritmo, y algunos hasta tienen unos minutos más para dormir.
El barrio se vuelve una escuela personalizada, donde cada alumno avanza a su ritmo, y algunos hasta tienen unos minutos más para dormir.
De manera más clara, en las últimas semanas, el enfrentamiento al delito ocupa un lugar primordial en los temas periodísticos.
No han faltado las explicaciones, la petición a corazón abierto porque su uso puede salvarnos; mas todavía ver un rostro descubierto es posible en algunas partes.
Leer se asume como una actividad aburrida. Pero, más allá de gustos personales, sus beneficios y utilidad están probados y en tiempos de cuarentena es una opción para no desestimar.
El llamado al ahorro gana mayor relevancia en el actual contexto, signado por el recrudecimiento del bloqueo norteamericano al acceso a combustibles desde septiembre último y las restricciones en las finanzas.
A estas alturas las cifras tampoco son halagüeñas y la premisa de proteger no solo empleos, sino a los trabajadores ha sido una certeza política que cada país debió resignificar.
La fuerza de la colectividad ha sacado su mejor brillo. Los egoísmos han tenido que reservarse para otras circunstancias y ojalá (esas) nunca lleguen. Hay que sacar, tan solo, unos cálculos.
Ya sabemos hay pandemias que no sólo se transmiten por el aire, el contacto físico o los fluidos corporales. Más que en partículas nocivas, pueden viajar en palabras y actos.
Un diploma, aplauso o reconocimiento público, como acciones emulativas, han perdido el significado de antes, quizás porque se ha “relajado” esa práctica que tiene que ver con la formación del trabajador que requiere nuestro país.
Todavía aprecio personas que, al parecer, están bastante ajenas a la percepción del riesgo de la COVID-19 en las calles de Ciego de Ávila.
Después de haber duplicado mi mayoría de edad, no se me ocurriría culpar a mi madre de la actitud que podría tener mañana a primera hora. Al menos no directamente, porque tendría que admitir que parte de lo que soy se lo debo.
El #Quédateencasa nos pone 24 horas cara a cara, entre cuatro paredes, mientras exige revisión de las representaciones con las que convivimos, en tiempos de “luchar” la vida.