Una crónica roja… sin sangre
Deben andar todavía, “decepcionados” por la crónica roja que no salió en ningún periódico… porque no tenía sangre.
Deben andar todavía, “decepcionados” por la crónica roja que no salió en ningún periódico… porque no tenía sangre.
Cuatro amigos, a las 10:20 de la noche después de salir del teatro Principal, caminan por el centro urbano de Ciego de Ávila y deciden detenerse por un café, un trago o, al menos, por un motivo que demore el retorno a casa.
Entusiasmada, la periodista busca nuevos elementos, pero una vieja tendencia le corta el aliento: “Sin autorización de mi directora no puedo ofrecer información” —dice el funcionario”.
Nunca escuché tantos insultos juntos. La madre le abría los ojos y la chiquilla le replicaba que a ella no le daba pena con nadie.
Margarita no puede salir, o, mejor dicho, no sale de su casa sola porque su esposo Yoel se lo prohíbe.
Hay un cartel haciéndote creer que la oferta es especial… y si antes no sacas la cuenta, no te das cuenta de que la “alianza” de esos cuatro productos envueltos en nailon y con una tarjeta te ahorra solo 0.35 centavos.
Lo que preocupa es que entre los avileños vayamos siendo menos los “bueyes”, consagrados al trabajo, y se reproduzcan los “toros” por cuenta propia.
Se impone una aclaración de la realidad que les cuento: los inocentes ignoran que lo son. Los culpables, ignoran a los inocentes y, si pudieran, se ignoraran a sí mismos o se declaraban inocentes.
Tengo un pequeño pedazo de papel viejo y gastado que sobrevivió al fuego, al agua, la humedad de la tierra que traspasaba el nylon donde estaba, y al óxido del interior del timón de aquella bicicleta.
Hay una línea muy delgada, pero clara, entre no meterse en los asuntos de los demás y voltear el rostro ante un hecho de esta naturaleza.
De los 500 gigabytes del disco extraíble, la mayoría están ocupados por dibujos animados. El Tablet espera en la cabecera de la cama y la computadora pude ser la tercera opción.
Todavía Olga Lidia Peña no se explica cómo, en las proximidades de su casa, encontró, arrojado en un charco, el busto del patriota mambí Marcial de Jesús Gómez Cardoso, uno de los iniciadores de la gesta independentista en tierras avileñas.