Al observar un humedal la ciencia académica verá parámetros como el pH, la turbiedad, densidad de especies, curvas de inundación. Datos vitales, precisos, incuestionables.
Pero, hay otra capa de información, más antigua y profunda, que solo se lee con otros ojos, los del pescador que sabe, por el color del agua al amanecer, si el río está contaminado; los de la niña que percibe la ausencia de las mariposas que acompañaban a su abuela; los del campesino que interpreta el canto de los sapos como un pronóstico de lluvia.
No son conocimientos alternativos, sino ciencia ciudadana en su estado más puro y persistente. Hay que repensar el valor de la mirada atenta de la agricultora que interpreta el vuelo de las garzas como un pronóstico climático y la memoria colectiva de una comunidad que recuerda dónde crecían los juncos, antes de que el río cambiara su curso.
Mientras la academia monitorea, las comunidades llevan siglos registrando. Su metodología es la observación paciente, la memoria intergeneracional y la conexión cultural. Ellos no tienen gráficos, tienen relatos. No tienen publicaciones, tienen tradiciones. Y en esos códigos se encierra la sabiduría para proteger lo que aman.
Los saberes ancestrales no son folclore: son ciencia ciudadana en su expresión más profunda y arraigada.
En la lucha por preservar los humedales —esos riñones del planeta en crisis— esta ciencia, lenta, observacional y holística, emerge no como una alternativa, sino como socio indispensable de la ciencia académica.
Mientras el Día Mundial de los Humedales 2026, a celebrarse el próximo 2 de febrero, pone el foco en este diálogo, vale preguntarse: ¿qué puede enseñarle un abuelo asentado a orillas de un río a un hidrólogo con un doctorado? La respuesta está en la escala y la metodología.
La ciencia convencional ofrece instantáneas precisas: mide la calidad del agua en un momento dado, cuenta individuos de una especie, modela tendencias. La ciencia ancestral, en cambio, ofrece la “película” completa: una narrativa de décadas o siglos de interacción, donde cada alteración en el canto de un sapo o en la época de floración de un arbusto es un dato en una serie temporal viva. Es el monitoreo participativo más longevo del mundo.
Esta es, precisamente, la esencia de la ciencia ciudadana genuina: no se trata solo de que las comunidades recojan muestras para que “los expertos” las analicen (un modelo aún extractivo), sino de reconocer que ellos ya están analizando. Su conocimiento es un sistema interpretativo complejo.
Cuando una comunidad decide no pescar en un sector del lago porque “los peces están criando”, iguala con su accionar el principio ecológico de veda reproductiva basado en indicadores fenológicos.
Cuando un manglar es protegido porque “ahí habitan los espíritus que calman las tormentas”, se codifica, en lenguaje sagrado, su invaluable función como barrera contra huracanes.
La verdadera revolución en la conservación llegará cuando se dejen de ver estos dos sistemas de conocimiento como líneas paralelas que ocasionalmente se cruzan. La tarea es hacerlas converger.
Cuando así sea, los planes de restauración no incluirían solo especies nativas sugeridas por la biología, sino las prioritarias para la medicina o la alimentación local. Las vedas no serán decretadas solo por un informe poblacional, sino concertadas con los calendarios ecológicos tradicionales.
El desafío, claro, es de poder y reconocimiento. Incluir estos saberes exige ceder espacio en la mesa de decisiones, presupuestar su documentación ética (que compense a las comunidades como co-investigadoras) y, sobre todo, humildad intelectual. Requiere que el técnico llegue no a enseñar, sino a escuchar; a aprender el “por qué” detrás de cada práctica.
Bajo esas circunstancias las comunidades no serán meras beneficiarias de proyectos y se convertirán en co-investigadoras, archivistas vivas y expertas en resiliencia.
Para lograrlo, se requiere más que buenas intenciones; es indispensable establecer protocolos que validen estos saberes en pie de igualdad, presupuestos que paguen a los ancianos como consultores (porque su conocimiento tiene valor económico) y espacios de decisión donde su voz tenga peso real. No se trata de “incluirlos” en modelo predeterminado, sino de cocrear un modelo nuevo con ellos.
En un planeta donde la pérdida de biodiversidad es acelerada y abstracta, el conocimiento ancestral ofrece algo invaluable: un relato. Convierte la conservación en una historia de identidad, no en una obligación lejana.
En un mundo donde la desaparición de los humedales avanza más rápido que la capacidad para restaurarlos, desaprovechar este vasto archivo de soluciones probadas por el tiempo no es solo injusto, sino una temeridad científica.
Los humedales no son solo ecosistemas; son también bibliotecas. Y sus custodios, aquellos que han leído sus páginas durante generaciones, tienen las claves para preservarlos.
La ciencia del siglo XXI será, por fuerza, una ciencia de dos voces: la que calcula y modela, y la que observa, recuerda y narra. O salvaremos los humedales entre todos, o no los salvaremos.
Este “todos” es la clave. Incluye al biólogo con su equipamiento y a la tejedora que conoce las fibras del yarey; al químico con sus muestras y al niño que sabe en qué charca nacen los renacuajos. La conservación del futuro será una sinfonía de saberes o un fracaso. El primer paso es escuchar la “música” que ya suena.