Las mentiras que corren más rápido que la verdad

falsa En tiempos de crisis, cuando la incertidumbre se apodera de la cotidianidad, las noticias falsas encuentran su caldo de cultivo perfecto.

Cuba vive hoy una coyuntura compleja marcada por apagones prolongados, dificultades económicas y tensiones sociales que generan ansiedad colectiva. Y es precisamente en ese escenario donde proliferan los bulos, las medias verdades y las manipulaciones deliberadas que buscan desestabilizar aún más el panorama nacional.

Los ejemplos recientes son elocuentes. Rumores sobre suspensiones indefinidas de actividades docentes y laborales que nunca fueron anunciadas oficialmente. Especulaciones sobre incrementos astronómicos en el precio del pasaporte cubano para residentes en el exterior que carecían de sustento real. Informaciones alarmistas sobre desabastecimientos, medidas gubernamentales inexistentes o decisiones que jamás se tomaron.

Todas comparten un patrón común: generan angustia, desconfianza y división en momentos donde la unidad y la información veraz resultan imprescindibles.

Las noticias falsas o bulos no son un fenómeno nuevo, pero las redes sociales y las aplicaciones de mensajería instantánea las han convertido en virales. Un mensaje de WhatsApp, un twit sin confirmar, una publicación de Facebook con apariencia creíble bastan para que en cuestión de minutos miles de personas compartan información sin verificar su veracidad. La inmediatez se impone sobre la reflexión, la emoción sobre el análisis crítico.

¿Por qué funcionan tan bien? Porque apelan a nuestros miedos, a nuestras preocupaciones legítimas, a la necesidad humana de anticiparse a lo que pueda venir. Cuando alguien recibe un mensaje que dice “van a suspender todo por tiempo indefinido”, su cerebro no se detiene a preguntarse si la fuente es confiable. Reacciona con ansiedad y casi por reflejo, reenvía la información “por si acaso”, perpetuando así la cadena de desinformación.

Muchas de estas falacias tienen además un objetivo político evidente: desacreditar a la Revolución cubana, sembrar el descontento, erosionar la confianza en las instituciones y presentar un panorama aún más sombrío del que ya existe.

No se trata de negar las dificultades reales que enfrenta el país, sino de entender que la manipulación informativa agrava los problemas en lugar de contribuir a resolverlos.

¿Qué podemos hacer? Ante este escenario, la responsabilidad individual y colectiva resulta fundamental. No somos víctimas pasivas de la desinformación; podemos desarrollar mecanismos de defensa que nos protejan de la manipulación.

Primero: verificar la fuente. Antes de compartir cualquier información, especialmente si es alarmante, debemos preguntarnos quién la emite. ¿Es un medio de comunicación oficial? ¿Es una institución reconocida? ¿O es un mensaje anónimo que llegó por WhatsApp sin firma ni respaldo?

Los anuncios importantes del gobierno cubano se publican en medios oficiales como Granma, la televisión nacional o los sitios web institucionales. Si una supuesta “noticia urgente” no aparece en ninguno de estos espacios, lo más probable es que sea falsa.

Segundo: contrastar con fuentes oficiales. Cuando surja una duda sobre el precio del pasaporte, las medidas laborales o cualquier decisión gubernamental, lo sensato es acudir a las fuentes oficiales: el sitio web del Ministerio correspondiente, las cuentas verificadas en redes sociales de instituciones estatales, o esperar la confirmación en los medios de prensa reconocidos. La paciencia de esperar unas horas para confirmar una información puede evitar la propagación de una mentira.

Tercero: aplicar el pensamiento crítico. ¿Tiene sentido lógico lo que estoy leyendo? ¿Las autoridades tomarían realmente una medida tan drástica sin anunciarla oficialmente? ¿Por qué una noticia de tal magnitud llegaría primero por un mensaje de WhatsApp y no por los canales formales? Hacernos estas preguntas puede ayudarnos a detectar inconsistencias.

Cuarto: no compartir lo que no podemos verificar. Este es quizás el paso más importante. Cada vez que reenviamos información sin confirmar, nos convertimos en cómplices involuntarios de la desinformación. El “por si acaso” o el “yo solo lo comparto” no nos exime de responsabilidad. Tenemos el deber ético de no contribuir al caos informativo.

Quinto: educar a nuestro entorno. Muchas personas, especialmente adultos mayores menos familiarizados con las dinámicas digitales, son particularmente vulnerables a las noticias falsas. Conversar con familiares y amigos sobre la importancia de verificar la información, mostrarles cómo identificar fuentes confiables y explicarles los mecanismos de la desinformación puede crear una red de protección colectiva.

Más allá de la manipulación externa, de la mentira organizada y de la verdad dispersa, lo cierto es que parte de la desinformación proviene de actores externos con agendas políticas específicas contra Cuba. Pero sería simplista atribuir todas las noticias falsas a conspiraciones foráneas.

A veces el bulo surge de la angustia genuina de la población, de rumores mal interpretados, de la necesidad de encontrar explicaciones a una situación compleja. Por eso la solución no pasa solo por denunciar la manipulación externa, sino por fortalecer la cultura informativa interna.

Las instituciones también tienen responsabilidades. La comunicación oportuna, clara y transparente desde los organismos oficiales es la mejor vacuna contra los rumores. Cuando existe un vacío informativo, ese espacio lo llenan las especulaciones. La ciudadanía necesita información veraz, actualizada y accesible sobre las decisiones que afectan su vida cotidiana.

En momentos complejos como los actuales, distinguir la verdad de la mentira no es un ejercicio académico sino una necesidad práctica. Las noticias falsas no solo desinforman: generan pánico innecesario, erosionan la confianza social, dificultan la toma de decisiones informadas y en última instancia, obstaculizan la búsqueda de soluciones reales a problemas reales.

Defender la verdad es también defender la posibilidad de un debate honesto sobre los desafíos que enfrenta el país. No se trata de negar las dificultades ni de acallar las críticas legítimas, sino de garantizar que las conversaciones sobre el presente y el futuro de Cuba se basen en hechos verificables y no en burdas manipulaciones.

Cada vez que verificamos una información antes de compartirla, cada vez que acudimos a fuentes confiables, cada vez que aplicamos el pensamiento crítico frente a un mensaje alarmista, estamos ejerciendo un acto de resistencia contra la manipulación. En tiempos donde las mentiras corren más rápido que la verdad, tomarnos el tiempo para verificar es un gesto revolucionario en sí mismo.

La batalla contra la desinformación se libra cada día, en cada celular, en cada conversación, en cada decisión de compartir o no un mensaje. Y en esa batalla, cada ciudadano informado y crítico es un aliado indispensable. 


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