¿Limpiar la basura o gestionar los desechos?

No es lo mismo apagar el incendio que prevenirlo; tampoco es igual limpiar la basura de las calles que gestionar, inteligentemente, los desechos desde su origen.

Mientras la acumulación de residuos se convierte en crisis que ahoga y degrada entornos, la respuesta no puede limitarse a recoger más rápido lo que tiramos, sobre todo porque en momentos de carencias económicas no siempre se dispone de los recursos materiales y humanos suficientes para esa tarea.

Por tanto, la respuesta está en vertir menos, y en que lo que parezca basura deje de serlo para convertirse en el principio de algo nuevo.

Este es el corazón de la economía circular. Un modelo que, más que una teoría sofisticada, es un sentido común práctico, aplicado con rigor en contextos tan diversos como el de China y con lecciones valiosas para naciones como Cuba.

El reconocido como Gigante Asiático, tras enfrentar sus propias crisis de contaminación, implementó una estrategia nacional que va más allá de la técnica: se basó en una movilización social masiva y en regulaciones simples pero estrictas.

De esto podemos aprender, en primera instancia, la clasificación obligatoria en origen como norma pública y cívica. En muchas ciudades chinas, el despliegue de contenedores de colores (orgánico, reciclable, otros) se acompañó de campañas educativas puerta a puerta y, crucialmente, de una supervisión comunal inicial.

La figura del “tutor de basura” en los barrios, que orienta y verifica, podría adaptarse perfectamente al tejido social cubano, potenciando el papel de organizaciones de masas y del delegado popular.

No se necesitan tecnologías costosas, sino voluntad organizativa y claridad en el mensaje: separar no es una opción, es responsabilidad de cada ciudadano.

Otra experiencia positiva que nos llega desde el otro lado del mundo es el aprovechamiento integral de los residuos orgánicos: China promueve, a gran escala, la digestión anaeróbica para producir biogás y el compostaje, especialmente en zonas periurbanas y rurales.

Para Cuba, con un sector agrícola y necesidad de soberanía alimentaria, esta experiencia es oro puro, como decimos en buen cubano.

Transformar los desechos de alimentos y jardín en abono de calidad es un círculo virtuoso inmediato: reduce la carga en los vertederos, mejora los suelos, disminuye la importación de fertilizantes y genera energía renovable a escala local. Es una tecnología apropiada, de bajo costo y alto impacto.

Los frutos de esta gestión consciente son el antídoto contra la resignación. Económicamente, deja de ser un gasto oneroso para convertirse en una fuente de riqueza: genera empleo verde en la clasificación y el compostaje, impulsa pequeñas industrias locales de transformación y ahorra millones en logística.

En el orden social, dignifica y fortalece al integrar, formalmente, a los recicladores y crear nuevas cooperativas de valorización, se construye cohesión y soberanía tecnológica.

Pero, es en el plano ambiental donde el impacto toca la fibra más sensible: gestionar bien es respirar un aire más puro al reducir quemas; es proteger el agua que bebemos; es preservar nuestros paisajes. Es un acto cotidiano de defensa de la nación.

Claro, este sistema virtuoso necesita del engranaje eficiente de todos. La experiencia china también muestra la importancia de un marco regulatorio claro que obligue a los productores a responsabilizarse del ciclo completo de sus envases, un principio que Cuba podría incorporar progresivamente. La higiene comunal es el termómetro que mide el funcionamiento de ese engranaje.

Sin embargo, la lección más profunda es cultural. La nación asiática lo entendió: ninguna regulación perdura sin una transformación en los hábitos de la gente. Formar esa cultura es la tarea urgente. Requiere la educación ambiental constante, el ejemplo de las instituciones estatales y la visibilidad de los resultados.

Es imprescindible comprender que cada gesto cuenta: esa cáscara de plátano que se convierte en abono para una huerta urbana, ese pomo de plástico que será materia prima para un nuevo producto. No son actos insignificantes. Son actos de independencia económica y resiliencia nacional.

La experiencia internacional propone cómo lograrlo; mientras, la Ley 150 del año 2022 “Del Sistema de los Recursos Naturales y el Medio Ambiente” promueve el marco obligatorio nacional, definiendo con claridad las responsabilidades, de manera que constituye hoja de ruta para impulsar un cambio necesario y urgente.

La meta final no es solo tener calles limpias, sino construir un metabolismo social eficiente y soberano. Gestionar los desechos, aprendiendo de experiencias internacionales y adaptándolas con ingenio a nuestra realidad, se traduce directamente en salud, ahorro y dignidad.

Es una tarea patriótica y práctica que convoca a todos. El futuro de las ciudades no está en los vertederos; está, precisamente, en dejar de alimentarlos.

La respuesta, como demostraron otros, se encuentra en la organización, la norma clara y la conciencia de que en este ciclo, nada sobra, todo se transforma. 


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