Sorprenden las referencias sobre un guacamayo en Cuba, sobre todo a quienes no poseen amplio conocimiento sobre la avifauna y solo asocian ese colorido pájaro a los bosques de otras islas del Caribe.
Pero no, existió uno en la Mayor de Las Antillas y hay motivos por los cuales no es muy conocido en la actualidad.
Antes, pudo leer “existió”, y no hubo un error en la conjugación verbal pues esa especie, tristemente, solo forma parte de la historia, tras ser declarada como extinta a finales del siglo XIX.
El último avistamiento confirmado se produjo en el año 1864, de manera que su presencia se redujo a escasas imágenes en libros o revistas.
La caza y captura directa para la alimentación, el uso como mascota por su belleza para ser exhibido como animal de compañía y el sacrificio para emplear sus vistosas plumas como piezas ornamentales, constituyeron causas fundamentales de su extinción.
A estas se sumaron otras como la deforestación masiva para el desarrollo de cultivos como la caña de azúcar y el café, lo que transformó los hábitats del guacamayo cubano, al destruirse los árboles donde anidaba.
La condición de ave endémica de una isla y la baja tasa reproductiva de los psitácidos grandes también acrecentaron la vulnerabilidad de sus poblaciones y tampoco se descartan los efectos de la posible introducción de especies competidoras.
Lamentablemente, cuando se intentaron implementar medidas de protección a finales del siglo XIX, la especie ya estaba funcionalmente extinta. Su caso representa uno de los primeros ejemplos documentados de pérdida de un psitácido grande en época histórica.
Conocido como guacamayo de Cuba o guacamayo tricolor, sobresalía por sus 59 centímetros de longitud y una combinación única de los colores rojos, amarillo y azul; la frente teñida del primero y las mejillas desnudas lucían un rosado resultante de la mezcla natural de dos de las tonalidades de su plumaje.
El guacamayo cubano (Ara tricolor, por su nombre científico) es recordado como un triste ejemplo de cómo, la combinación de la pérdida del hábitat y la caza directa, pueden conllevar a la desaparición de especies únicas en periodos relativamente cortos.
Esta pareciera una lección no aprendida, a juzgar por la persistencia de problemas que afectan la supervivencia de las aves, aunque ninguno tan acentuado y nefasto como la caza furtiva, incluso con fines comerciales que exigen actuar con mayor rigor frente a hechos que atentan contra el patrimonio natural de la nación.
El biólogo Odey Martínez Llanes, especialista de la Empresa de Flora y Fauna de Ciego de Ávila en el área protegida Reserva Ecológica Centro-Oeste Cayo Coco, explica la atracción que sienten los seres humanos por las aves, debido a la diversidad de tamaños, formas, colores y conductas, lo que conlleva a la captura ilegal para usarlas como mascotas o comercializarlas.
En su imaginario, conformado a partir de los conocimientos de su profesión y la preferencia por el estudio y la observación de la avifauna, prevalece la triste historia del guacamayo cubano.
“Tuvimos un guacamayo hermoso y único en el mundo; debido a la caza indiscriminada lo perdimos”, lamenta el reconocido como Premio Provincial de Medio Ambiente 2024.
La literatura científica describe la presencia en Cuba de más de 380 especies de aves, 30 son endémicas y 32 se encuentran amenazadas, lo que exige un accionar urgente para resguardarlas, de manera que no corran la misma suerte.
Las normativas vigentes protegen los recursos naturales y el medioambiente, partiendo de la Constitución de la República de Cuba como ley fundamental, sin embargo, urge un uso más eficiente de los recursos legales y emplear la autoridad concedida, en diferentes niveles, para corregir conductas inapropiadas, sobre todo la de quienes intervienen en la caza furtiva de aves para luego comercializar a precios exorbitantes.
Aunque existe una voluntad política, también expresa en planes de enfrentamiento donde se definen responsabilidades de diferentes sectores, prevalecen las manifestaciones de captura, tenencia y comercialización ilegal de aves, circunstancias que aclaman por mayor sistematicidad y rigor en las acciones para transformar ese panorama.
Persisten los pajareros en puntos fijos, la venta clandestina en redes sociales, y la costumbre de regalar aves apresadas a los niños.

Un ambiente de impunidad y permisibilidad no solo va en detrimento de esta y otras especies de la flora y la fauna depredadas y traficadas, sino que contribuye a deformar las actuales y futuras generaciones, cuando se espera que convivan en armonía con la naturaleza y empleen de manera racional sus recursos.
No debiera pasar inadvertida la imagen de una persona transitando por la vía pública con un ave enjaulada o la de viviendas donde las exhiben en condiciones de cautiverio.
Debe preocupar más cuando se impliquen infantes, pues eso, sugiere que, las malas prácticas se transmiten de una generación a otra. Cuando un niño o una niña obtienen un ave enjaulada como juguete pudieran asumir que la naturaleza es un recurso para su entretenimiento, no un patrimonio compartido que requiere respeto.
En tales circunstancias, hay que insistir en el trabajo educativo que realizan diferentes instituciones con las familias y la comunidad.
En el territorio avileño, como en el país, son varias las escuelas que promueven el cuidado de los recursos naturales desde las aulas y otros espacios de participación pública, donde también se hace referencia a la importancia de las aves para mantener el equilibrio ecosistémico, al formar parte de la cadena alimenticia, ser indicadores del estado de salud del entorno y contribuir con procesos vitales como la polinización y dispersión de semillas y frutos.

Se impone, entonces, adoptar las buenas experiencias, porque no es solo cuestión de enfrentar, sino de prevenir y formar una cultura para transformar patrones de conducta.
Además, hacerlo ofrecerá mejores oportunidades para conservar esos vistosos animales y mantener el prestigio de una nación firmante de convenios internacionales como el de Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), cuyo objetivo es garantizar que el comercio global de animales y plantas silvestres no amenace la supervivencia en el medio natural.
Para que el guacamayo cubano deje de ser solo un recordatorio fúnebre y se convierta en lección aprendida, es preciso que cada ave confinada y vista en la calle nos escueza como un reproche vivo.
La conservación no es un plan esbozado en un papel; es el gesto de quien elige denunciar porque prefiere el canto libre al silencio tras los barrotes.