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No tuvo ni cuna noble ni apellidos de rancio abolengo. Sin embargo, su mente ida y su personaje lo hicieron muy querido por los habitantes de la bien llamada Ciudad Maravilla, la populosa Habana, que le abrió los brazos y admiró, hasta sus últimos días, su donaire y galanura; y se puede afirmar que miles de personas lo recuerdan por su larga melena y su negra capa.

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