Qué frío

La mañana era gris y una niebla densa lo cubría todo. Una fina llovizna intermitente anunciaba que serían días con temperaturas muy bajas. Unos aseguraban que chiflaría el mono, otros bromeaban con la hora del baño, con los abrigos sacados de los armarios donde estaban tirados al olvido.

Memes, postales, stickers, reels, se enseñorearon en todas las redes sociales de Internet, por las que también se buscaba información segura de cómo se comportaría el clima en los próximos días.

Habría mucho frío, se estimaban temperaturas muy bajas, lloviznas, aires gélidos; había que prepararse para no enfermar; beber infusiones calientes, abrigarse y permanecer en la casa el mayor tiempo posible; cuidar y vigilar mucho a los niños y a los ancianos, a los enfermos y mascotas.

Y lo que no puede faltar entre hermanos de tierra: habría que estar atentos a quienes pudieran estar pasando frío cerca de nosotros, en viviendas habitadas solo por un anciano o más de uno, personas que no pudieran tener a cualquier hora una infusión, un caldo caliente, gente que no pueden salir a sus mandados, enfermos que necesitaran un medicamento o un poco de compañía, madres con niños muy pequeños que pudieran sufrir por el frío y otros quebrantos, gente cualquiera que padeciera mientras nosotros estuviéramos tibios debajo de las mantas.

El viejito que tuvo una caída y necesita un poco de ungüento para que no vuelva el dolor fuerte, porque el frío saca hasta los dolores que nunca antes sentiste; el que cuida de su esposa enferma aunque es mucho más anciano, pero la ama y vela que no empeore en estos días, porque sería peor tener que salir de la casa, puede estar necesitando que le alcancen algún medicamento, un poquito de algo que sepas que no tiene, alguna ropa que los cubra bien, una manta que no estés necesitando y permanezca inútil en una gaveta.

Si puedes cocinar con comodidad o con cualquier inventiva, brindarle a alguien cualquier alimento rápido podría hacer la diferencia. Si te dio tiempo de calentar agua y quieres compartirla para que bañen a los niños, al viejo o al enfermo. Si alguien cerca no se ha levantado a la hora acostumbrada, no tengamos miedo a parecer intrusos, toquemos a su puerta para saber si está bien, si necesita algo.

En tiempos de crisis, cuando nos parece, y hasta puede ser verdad, que todo nos cae junto, en días en que solucionarlo todo puede agotarnos mucho más, en épocas de quebrantos constantes, de anuncios desalentadores, de pésimas noticias, activar nuestros resortes que despiertan la bondad más pura, nos acerca mucho más al humano que debíamos ser todos los días.

Mirar bien y asegurarnos de que cerca de nosotros todos están resguardados; preocuparnos un poco no solo por nuestro hogar, sino de quienes pueden estar pasando los días con mucha más angustia, con exceso de trabajo y carencias; nos puede ocupar tiempo y aumentar nuestras preocupaciones, pero nunca el bien cae en saco roto: la generosidad que ofrecemos siempre nos trae un “premio gordo” que se traduce en tranquilidad y alivio para el alma, en una sensación muy placentera, porque, dar y darse a los otros, la vida lo premia de muchas maneras.

En días grises de niebla densa, de llovizna y de récord de temperaturas bajas, no solo podemos calentarnos con el calor del sol cuando aparezca tímido entre las nubes, ni con muchos abrigos, mantas, infusiones y caldos suculentos.

En días de frío quiebrahuesos, de llovizna que, por más linda que sea, llega a molestar; de niebla y termómetros descendiendo ferozmente; una mano extendida a quien está solo (que puede ser esto su peor frío), un té compartido con una sonrisa, una colcha prestada al viejito del lado, pueden calentar más que todas las hogueras, pueden encender todas las llamas apagadas y calentar los corazones, las almas, las esencias de la vida; y eso sí que no hay temperatura baja que pueda congelarlo.


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