Con cariño

Apenas terminé de acomodarme entre las colchas, le pedí a mi pequeño Tobías que se acurrucara conmigo, pues seguía aumentando el frío. Ya tibios, seguíamos abrazados. Así nos dormimos. 

Para cuando desperté, tenía pendientes que agilizar y encendí el móvil, pero, como casi siempre sucede, me fui primero a un sitio fascinante de lecturas y, de inmediato, ante mis ojos, una interrogante: ¿Sabías que los suricatos se abrazan no porque tengan frío, sino porque no pueden vivir sin cariño? “No, no lo sabía”, dije en voz alta y sonriendo.

¡Qué linda realidad esa! Claro que siempre nos despierta el asombro, porque, aunque sabemos que las reacciones de los animales son apasionantes, muchas veces nos equivocamos al creer que todo, en su reino, lo rigen los instintos.

Las gestiones pendientes tuvieron que esperar, porque para entonces ya solo quería saber más de cómo esos simpáticos animalitos se las ingeniaban para andar de cariñositos. 

Supe que viven en grupos familiares muy unidos de hasta treinta miembros y se pasan casi todo el tiempo juntos; que se abrazan, se frotan y se acuestan unos sobre otros para mantener el contacto, fortalecer la confianza y el vínculo del grupo.

Que esta cercanía les da seguridad, ya que su supervivencia depende de la cooperación. Así que un abrazo entre suricatos no es solo calor físico, es una expresión de afecto y pertenencia.

Y a esa hora pensé que estos pequeños animales y sus costumbres son un recordatorio hermoso y necesario de que, para sobrevivir, debemos permanecer cerca unos de otros.

Recordé miles de historias que involucran a seres que, por conocer el valor de un abrazo, emprenden iniciativas de irse regalándolos por calles y avenidas, parques y hospitales, asilos y auspicios.

Y lo impresionante que me resulta ver cómo, en un mundo tan plural y no exento de violencia, prejuicios y egoísmo, tanta gente responde aceptando ser abrazados y abrazar; cuántos más se suman para seguir el juego de ir ofreciendo afecto, calor humano, sin el que tampoco podemos vivir. Porque un abrazo no es solo ternura, es mucho más, es bioquímica del amor.

Cuando nos abrazamos, el cerebro se llena de magia: bajan las hormonas del estrés y aumentan las de la felicidad. Reducen el estrés: incluso unos segundos de abrazo con alguien querido reducen los niveles de cortisol, la tan satanizada hormona que causa la ansiedad. El cuerpo se relaja, el corazón late con calma y la mente se aclara.

Los abrazos fortalecen el sistema inmunológico, tanto que se ha demostrado que las personas que reciben abrazos con frecuencia se enferman menos y se recuperan más rápido, tienen un sistema inmune más fuerte. Cuidan el corazón, porque el contacto físico ayuda a reducir la presión arterial y la frecuencia cardíaca. 

Mejoran la salud mental: ese contacto libera oxitocina, la hormona del amor y la confianza. Nos ayuda a combatir la soledad, eleva la autoestima y aporta calma incluso en los días más difíciles; activan las endorfinas y la serotonina, nuestros antidepresivos naturales. 

La reconocida terapeuta Virginia Satir decía que necesitamos cuatro abrazos al día para sobrevivir, ocho para mantenernos, y doce para crecer. Y no es poesía, es ciencia, los humanos nacimos para la cercanía.

¡Qué curioso me resultó saber que los suricatos se abrazan porque no soportan la soledad, no por miedo al frío! Porque de lo que sí siempre estuve segura es de que nosotros lo hacemos porque necesitamos calor no solo físico, sino del alma, porque es la forma más sincera de amor y la manera más bonita de decir que estoy contigo. 


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