Laberinto de espejos

La lancha se desliza sin prisa cuando el guía apaga el motor. El silencio cae como una bendición. A ambos lados, los manglares se levantan como catedrales vivas. Mangles rojos de más de 15 metros hunden sus raíces zancas en el agua dulce —porque aquí, en este rincón único del Gran Humedal del Norte de Ciego de Ávila, declarado Sitio Ramsar por sus valores de relevancia internacional, los árboles del mar aprendieron a vivir sin suficiente sal. Ellos, además, son guardianes en este paraíso.

Sus raíces dibujan arcos, columnas y pasadizos, formando un bosque de madera suspendido. Bajo la superficie, cada zanca es un refugio donde crecen alevines de biajaca y tilapias recién nacidas. Sobre la corteza, orquídeas blancas y moradas se aferran a las ramas, y helechos gigantes despliegan sus frondas como abanicos. El manglar no solo es hermoso: es la “casa” de todos.

El canal se estrecha. “Miren arriba”, indica el guía. Y en esa dirección, sobre las ramas, aparece un jardín colgante donde las aves encuentran dormitorio y altura. No hay un solo ser vivo en La Redonda que no le deba algo al manglar.

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El agua, oscura como té viejo por los taninos que desprenden las hojas en descomposición, se abre bajo la embarcación. Hay peces, muchos peces. Es posible avistar tilapias y biajacas adultas nadando entre las raíces sumergidas. “La Redonda es un refugio”, dice el guía. “Aquí los peces vienen a desovar, a crecer y a esconderse”. El manglar los protege; la laguna los alimenta.

La lancha sale a una zona abierta. Y entonces aparece la segunda mitad del paraíso: la laguna. Un espejo circular de cinco kilómetros cuadrados. El agua está tan quieta que duplica las nubes. Y sobre ella, decenas de pájaros.

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Eso es La Redonda. Todo convive. Los peces encuentran en el manglar su guardería y en la laguna su comedero. Las aves anidan en las ramas altas del manglar y pescan en las aguas abiertas de la laguna. Las orquídeas florecen a la sombra del manglar, pero beben la humedad que la laguna les devuelve cada mañana. No hay un solo protagonista. Hay una alianza.

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El túnel de manglares vuelve a cerrarse sobre la lancha. Las raíces rozan el casco. El agua guarda sus secretos. Alguien pregunta cuánto falta. El guía sonríe: “Falta lo que ustedes quieran. La Laguna no tiene reloj”. Y es verdad. En La Redonda, el tiempo no se mide en minutos, sino en el aleteo de un colibrí y hasta en la lentitud con que un mangle echa una raíz nueva. Ambos, laguna y manglar, se toman el tiempo que necesitan. Llevan siglos haciéndolo.

La embarcación llega al embarcadero cuando el sol ya es una mancha naranja detrás de los árboles. Los visitantes bajan en silencio, como quien regresa de un sueño. A sus espaldas, el manglar sigue tejiendo sus arcos y la laguna sigue quieta, fiel a su oficio de espejo. Aguarda para reflejar un cielo cargado de estrellas y la luna, si estas se atreven a salir con el deseo de mirarse en aquel espejo natural.

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Es un sitio tocado por la perfección, una alianza de dos bellezas: el bosque de madera viva que resguarda, y el espejo de agua quieta que refleja. Allí, la naturaleza, por ahora, sigue siendo dueña.


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