Cayo Coco: paraíso turístico arrodillado ante la naturaleza

Por Román Romero López
Es un espacio natural donde la ley no ampara al hombre, sino al lagarto, al murciélago, al escarabajo que solo existe aquí
Fotos: Román y Serguei López Pérez

El visitante llega sediento de mar. Busca las aguas transparentes, arenas blancas y lujosas instalaciones prometidas por los folletos publicitarios y las redes sociales. Las encuentra, claro. Pero lo que no sabe —lo que nadie le advierte hasta estar allí, con los pies hundidos en la espuma— es que, tras los muros de los hoteles, se extiende un reino silencioso y milenario.

Cayo Coco no es solo un destino de sol y playa. Mientras los turistas se entregan al ocio en tumbonas frente al mar, a escasos metros —a veces solapada entre las propias instalaciones— respira la Reserva Ecológica Centro-Oeste de Cayo Coco, con 36 040 hectáreas que la convierten en la segunda área protegida de su categoría con mayor extensión en Cuba.

Es un espacio natural donde la ley no ampara al hombre, sino al lagarto, al murciélago, al escarabajo que solo existe aquí y en ningún otro rincón del planeta.

El biólogo Daylon Fundora Caballero, lo sabe bien. Es el hombre que vigila los latidos de este ecosistema desde la Subdelegación de Medio Ambiente de Ciego de Ávila. Y cuando habla, lo hace con la precisión de un científico y la pasión de un poeta.

“Aquí están las segundas dunas de arena más altas de América Latina”, dice, y sus palabras dibujan en el aire colinas de 10 y hasta 15 metros (m), que ningún hotel ha osado allanar. “Entre 10 y 15 m”, repite, como si el dato fuera un conjuro contra el olvido.

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Luego están los habitantes del islote. Los verdaderos: el carpintero verde, que no pica en ningún otro lugar del archipiélago cubano, sino en estos cayos. El sijú cotunto, esa lechuza diminuta que parece una moraleja sobre la modestia. La segunda población más grande de flamencos de toda Cuba —aves de rosa y fuego que tiñen las lagunas cada atardecer— y una de las tres únicas colonias de cabrerito de la ciénaga, aferrados a la geografía nacional.

Pero, quizá lo más asombroso sea lo que no se ve a simple vista. Los pequeños. Los frágiles. Los que no aparecen en los catálogos turísticos, como el escarabajo Metachroma, que existe solo en los cayos Coco y Guillermo.

También están el Longitarsus sp, cuyo universo se reduce a los límites de esa Reserva Ecológica; y los moluscos del género Cerion, que han aprendido a esculpir sus conchas en formas que la naturaleza no repite en ningún otro lugar.

Herpetólogo al fin, Daylon no olvida mencionar otras especies como el lagarto Anolis equestris cyanneus. Así lo llaman los biólogos, pero los lugareños lo conocen por su piel: azul y amarilla, como un cielo tormentoso besado por el sol. Es endémico, restringido y se encuentra en peligro de extinción.

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Solo vive aquí, en sitios que los especialistas y técnicos de la Empresa Flora y Fauna de Ciego de Ávila protegen con celo de monjes. Perderlo sería como arrancar una página al libro de la creación.

Bajo la tierra, otro mundo aguarda. Pequeños sistemas cavernarios que el hombre apenas ha explorado. El cenote La Jenifer, ojo de agua dulce, que mira al cielo desde las entrañas de la Isla. Tesoros geológicos que ningún folleto menciona porque las palabras no alcanzan para describir la belleza.

Sin embargo, el peligro acecha. No viene del mar, ni del viento. Viene del éxito mismo del lugar. Los hoteles crecen. Las infraestructuras se expanden. El turismo amenaza con devorar la mano que lo alimenta. Pero aquí, en esta porción del archipiélago Sabana-Camagüey, algo ha cambiado.

 De la mano de la ciencia y para alinearse con modalidades de la industria del ocio que constituyen tendencia global, el sector turístico comprende mejor la ecuación, de manera que asume la conservación de la naturaleza como premisa y considera las preferencias de clientes que quieren ver el flamenco, rastrear al carpintero verde o capturar con los lentes de sus cámaras fotográficas la perfección de las aves en su entorno.

Para esos visitantes, es la forma de demostrar que estuvieron allí, en el único lugar del mundo donde vive el escarabajo Metachroma.

Canadienses, estadounidenses, británicos. Observadores de aves que cada año vuelven a los cayos avileños con sus catalejos y sus cuadernos de bitácora, son los nuevos peregrinos. Las divisas que aportan ayudan a las labores de conservación y a la economía nacional.

La Cueva del Jabalí y Sitio La Güira, instalaciones enclavadas dentro de la propia área protegida, enseñan a los visitantes que no se viene a poseer, sino a contemplar. Que el paisaje no se conquista, se custodia.

Frente al cambio climático, frente a la presión antropogénica, los defensores se multiplican. Los trabajadores de la Empresa Flora y Fauna, junto a los científicos de los centros de Investigaciones de Ecosistemas Costeros, y de Ingeniería Ambiental y Biodiversidad, conforman un ejército reducido, pero poderoso, de hombres y mujeres que hacen de esta franja de tierra su religión.

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Cayo Coco es, al final, una lección. Un lugar donde el paraíso turístico ha aprendido a arrodillarse ante lo salvaje. Donde el visitante se va con la piel curtida por el sol, sí, pero también, con algo más: la certeza de haber pisado un territorio único e irrepetible, que los seres humanos decidieron no destruir, sino celebrar.

Quizás por eso, cuando el Astro Rey se pone sobre el islote y los flamencos alzan el vuelo sobre los manglares, es posible creer que aún hay esperanzas. Se entiende que Cuba no es solo un destino; es, todavía, un milagro.


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