Huella avileña en juegos centro-caribeños: el oro más deseado

Cuando este lunes restan 52 jornadas para que acontezca la inauguración de la vigesimoquinta edición de los Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe (en lo adelante identificados con las siglas JDCC), invasor.cu evoca la reconquista cubana del título beisbolero de la región en 1966, desde el protagonismo de dos peloteros entonces residentes en Ciego de Ávila: Don Miguel Cuevas y Felipe Sarduy.

• Consulte aquí los trabajos anteriores de la serie

 

Aunque la delegación cubana aspiraba a confirmar el ascenso general registrado en la mayoría de las disciplinas deportivas en el cuatrienio 1962-1966, ninguna portaba un compromiso mayor en la Isla del encanto que el béisbol. 

Las estrellas de entonces arrastraban el lastre de las ausencias y reveses, que en el entorno regional acumularon sus antecesores inmediatos. El último título databa de 1950, toda vez que Cuba no envió peloteros a la cita siguiente (1954), se ausentó como país a la celebrada en 1959, y apenas concluyó en el cuarto lugar en 1962.

Ya a principios del mes en que se efectuarían los Juegos, la prensa nacional daba a conocer el grueso del seleccionado. El manager Gilberto El Jibarito Torres, quien también había dirigido a la escuadra de las cuatro letras en Kingston y a los titulares panamericanos en Sao Paulo-1963, estaría auxiliado por Juan Coco Gómez y Roberto Ledo.

Pero en el estadio Yldefonso Solá Morales, de Caguas, a los 18 escogidos les aguardaba una lucha campal, al punto de que, después del exitoso debut ante los anfitriones, 5x2, con Aquino Abreu bien plantado sobre el box; llegó el amargor de la derrota frente a Venezuela, 0x1, cuando Adam Morales derrotó a Gaspar  Pérez, El Curro. Par de errores causaron la anotación morocha.

Sin embargo, renacieron las esperanzas cuando Jesús Torriente, Rigoberto Betancourt y Alfredo Street llenaron de ceros las casillas a costa de República Dominicana (1x0), Panamá (7x0) y Antillas Holandesas (6x0), respectivamente.

Correspondería al toletero Miguel Cuevas el mayor protagonismo en el siguiente compromiso, que, de perderse, echaría por tierra el sueño de recuperar la hegemonía en el área. Marchaban debajo en el marcador frente a los mexicanos, 1-3, a la altura del sexto episodio, cuando Pedro Chávez recibió boleto. Después que Lino Betancourt, cuarto palo, fallara en elevado al cuadro, el Don sacó la esférica de los límites del jardín izquierdo, más allá de los 360 pies del home plate. 

“El estadio estaba repleto y, como era natural pues Cuba salió favorita, teníamos a los aficionados en contra, los que querían ver nuestra derrota frente a México que beneficiaría a su equipo. Estábamos contra la pared frente a un pitcheo hermético. Un jonrón es un jonrón, pero cuando se produce para darle una victoria a la Patria en el exterior se vive más intensamente y éste de Caguas fue grandioso para mí”, rememoraría en declaraciones a Manolo Cabalé, reportero del periódico Granma, publicadas el 17 de marzo de 1982.

La cuarta y decisiva carrera se produjo en el noveno, mediante elevado de sacrificio de Chávez con las bases llenas. Los ganadores tuvieron a su favor el efectivo relevo de Raúl López Guagüita, quien se hizo cargo del partido a partir del quinto capítulo, cuando los chamacos lograron sus tres anotaciones y sacaron de la lomita de los suspiros al abridor Aquino Abreu. En la banda contraria, Gabriel de la Torre redujo a cinco inatrapables la ofensiva antillana, pero la defensa mexicana suscribió cuatro marfiladas, par de ellas a la cuenta de su principal tirador y firmante del revés. 

Esta victoria, rubricada el 20 de junio, se vistió de ribetes adicionales: le garantizó a Cuba el empate en el primer lugar del torneo, con cinco victorias y una derrota, y además, demandó la realización de un partido extra, dos días después. 

En horas de la noche y ante la mayor concurrencia para un choque de la justa, el conjunto cubano, colgado del brazo de El Curro a partir del segundo episodio, venció a Puerto Rico, 6x2, para ceñirse la corona.

Cuevas terminó como sublíder ofensivo, al producir una decena de hits en 23 veces al bate, lo que le reportó un elevado promedio de 435, solo inferior en nueve dígitos al conseguido por Chávez. Por cierto, el título individual de los bateadores se decidió en el duelo extra que decidió el torneo, y al cual el camagüeyano-avileño llegó con ventaja, pero ese día Chávez bateó tres inatrapables en cuatro turnos y sobrepasó a su compañero de escuadra.

Guante en mano, Cuevas defendió la pradera izquierda sin la sombra de una pifia en 50 y un tercio de actuación en los duelos que precedieron al que definió el campeonato y mantuvo inmaculada la casilla de los errores en siete episodios del play off.  

Pero esta no fue la única satisfacción para la afición avileña, y de la entonces provincia de Camagüey en general; otro pelotero de casa, Felipe Sarduy, también vistió los colores de la flamante selección. No sobresalió en el ataque criollo el oriundo del central Stewart, luego renombrado Venezuela. Apenas ligó cuatro imparables en 19 asistencias al home plate (211 de promedio), sin embargo, patrulló con acierto el jardín central. Intervino en los siete choques de su equipo, facturó 10 outs y en 49 entradas y dos tercios no cometió errores. 

Tanto Cuevas como Sarduy (este último con igual cantidad de votos que el puertorriqueño Jerry Morales) fueron incluidos en el equipo Todos estrellas, escogido en el transcurso del partido final. 

La significación y trascendencia del sexto título beisbolero en JDCC pudiera resumirse en pocas líneas: alzaron la victoria a pesar de jugar en medio de tensiones, intentos de soborno, amenazas y provocaciones de los enemigos de la Revolución. En cambio, el regreso al terruño se produjo bajo extraordinarias manifestaciones de júbilo y cariño del pueblo. (Continuará)

• Puede consultar la serie de trabajos sobre el tema, publicados a partir del 19 de marzo y hasta el 20 de junio de 2023

 

 


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