La historia macabra de Jeffrey Epstein parece extraída de un filme de horror. Los ya célebres archivos que se identifican con su vida y obra ponen en blanco y negro la podredumbre de un sistema en el que se forjó su torcida personalidad.
Una documentada investigación publicada en el New York Times (Las grandes preguntas sobre Jeffrey Epstein) cuenta, paso a paso, la despreciable cadena de delitos sexuales con niñas y mujeres jóvenes, sus probados vínculos con William Clinton y Donald Trump, la sospechosa indiferencia de las autoridades ante pruebas y denuncias, y el fin de la oscura vida del millonario en una cárcel de Manhattan, por causa de un suicidio en el que casi nadie cree.
No pasa un día sin que la red social X, antes Twitter, deje de publicar imágenes del actual inquilino de la Casa Blanca con su ex amigo Epstein, y fotos indecentes de uno y otro, o de los dos, con menores de edad. Y eso que una gran parte de los hechos aún permanece bajo el velo de los encubridores.
Igualmente tenemos “la dicha” de coexistir con el estado terrorista y sionista de Israel. Tampoco pasa un día en el cual dejemos de enterarnos de las “heroicas acciones” de aquel aliado de sucesivos gobiernos de Estados Unidos que en el Medio Oriente asesina sin el menor escrúpulo, no sin antes torturar a sus víctimas inocentes, incluidos mujeres, niños, y los valientes que emprenden caravanas humanitarias rumbo a la sufrida Gaza.
Trump, los archivos de Epstein y el estado de Israel conviven con nosotros, los cubanos y cubanas, que por causa del genocidio que nos impone el vecino poderoso, estamos obligados a tambalearnos sobre la cuerda floja de la sobrevivencia, día tras día.
Somos la parte visible de la inmensa humanidad a la que cantó en sus poemas el escritor turco Nazim Hikmet. Somos, apenas, soñadores porfiados que persistimos en el reino de los vivos, con escasos alimentos y medicinas, y aún con menos energía eléctrica.
Pero si tamaña injusticia no bastara, el actual inquilino de la Casa Blanca amenaza una y otra vez con probables acciones militares contra la Cuba que atenaza con mayor saña, por todas las vías posibles.
Una parte, solo una parte de la inmensa humanidad que sobrevive como puede, hace votos por la invasión estadounidense. Empachados de odios y rencores, hacen gala de ignorancia política. Quieren y sueñan con que estallen los tambores de la guerra. Desean bombas, misiles, destrucción y muerte para Cuba. Lo increíble es que esos votos también suelen proferirse por algunos al interior de la Isla. ¡Cuánta miseria! ¡Cuánto deshonor! ¡Cuánta ingratitud!
Y si la amenaza se tradujera en horrible verdad, ¿a dónde irán? ¿quién los envolverá en campana protectora para salvarlos de la barbarie? Pudieran ir por la respuesta, hasta el despacho del presidente estadounidense, aunque puedo adelantarles cínicas palabras, a lo Trump, a quienes esperan la misericordia del actual señor de los cañones. Este, como los anteriores, tampoco escucha.