
Cuando este sábado restan 61 jornadas para que acontezca la inauguración de la vigesimoquinta edición (https://jcc2026.org/) de los Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe (en lo adelante identificados con las siglas JDCC), invasor.cu reseña la faena de tres jóvenes que en junio de 1966 llegaron sin pretensiones de ganar medallas a San Juan, Puerto Rico, pero dispuestos a rendir buenas actuaciones en el campo y la pista del estadio Hiram Bithorn.
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Previo a la celebración del décimo capítulo de los JDCC, en medio de una campaña orquestada desde Estados Unidos para impedir la participación cubana, en la isla mayor del Caribe se intensificaban los preparativos.
Los directivos y técnicos del Deporte Rey respondieron a la convocatoria emitida por el Comité Olímpico Nacional a fines de marzo, con vistas a integrar la delegación multideportiva con los exponentes que cumplieran las marcas mínimas exigidas.
Un mes después, en el certamen eliminatorio del Deporte Rey organizado en La Habana, tres jóvenes avileños mostraron su potencial en el estadio universitario Comandante Juan Abrantes: el marchista Juan López García, el saltador de altura Luis Adolfo Osborne Hurts y la también saltadora, pero de longitud, Marina Samuel Noble. Los tres candidatos lograron el objetivo, curiosamente, todos como terceras figuras del país en sus respectivas modalidades.
Viajaron a bordo del buque mercante Cerro Pelado, que surcó las aguas caribeñas en abierto desafío a las amenazas de impedir la participación cubana en los juegos regionales.
Años después, Osborne Hurst confesaría a quien suscribe estas líneas que llegó limitado a la porfía: “Me lesioné el tobillo derecho en el entrenamiento, antes de ir a San Juan, pero yo dije que había venido a competir. El doctor Raúl Mazorra me anestesió y así me presenté”. Con esa limitación, el oriundo del actual municipio de Baraguá concluyó último entre los 11 hombres que lograron registros, al sobrevolar el listón situado a 1.73 metro.
Cuba presentó a un trío de exponentes en esta modalidad, pero, en general, se comportaron por debajo de sus mejores marcas. El baragüense poseía un mejor registro de por vida de 1.90 metros, en tanto Jorge Wilson exhibía primacía cubana desde diciembre de 1965 (1.95), pero apenas concluyó séptimo, con igual nota que su compatriota Ramón Alvero (1.83), ocupante del siguiente escaño. Por tercera ocasión consecutiva, el guatemalteco Teodoro Palacios acaparó los máximos honores de la prueba; de paso, estableció marca para los Juegos mediante un brinco de 2.03 metros.
Con menos concursantes en lidia, López García se incluyó entre quienes estrenaron la marcha a 10 kilómetros, prueba que se disputaría por única ocasión en JDCC. Se ubicó en la cuarta plaza luego de recorrer la distancia en 53 minutos, 36 segundos y ocho décimas. Si no accedió a las medallas fue porque sus compañeros de la selección nacional, Euclides Calzado (51:43.4) y David Jiménez (52:17.8), escoltaron al titular, el mexicano José Pedraza (51:32.4). “Hace solo cinco meses que practico la marcha deportiva”, revelaría el joven soldado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias a su retorno a la patria en mini entrevista que viera la luz en el diario provincial Adelante.
Ante el cajón de saltos, la pequeña Marina Samuel Noble (1.57 metros de estatura y 53 kilogramos de peso corporal), tuvo escaso protagonismo entre las 15 competidoras que disputaron las medallas en la final directa del salto largo para damas.
Su mejor registro (5.23 metros) le reportó la séptima plaza, alejada de las posiciones cimeras que ocuparon el 16 de junio, su compatriota Irene Martínez (5,87), la jamaicana Beverley Welsh (5,72) y la también cubana Marcia Garbey (5,47).
Pocos podían imaginar la progresión que tendría la morena quien, más fogueada y con suficiente maestría deportiva, llegaría a convertirse en figura suprema de la modalidad en el ámbito nacional y pelearía por el título en los siguientes juegos. (Continuará).