La historia del béisbol avileño guarda con justicia el nombre de Manuel Rabí. No fue un lanzador más. Fue de esos serpentineros que, con recta poderosa y coraje a flor de piel, dejaron una huella imborrable en cada presentación.
Su camino hacia la gloria comenzó en 1986, cuando ingresó a la Academia Provincial de Béisbol de Ciego de Ávila con la ilusión de defender la tercera base. Pero el destino, con rostro de entrenador, intervino. Fue Félix Molina, sagaz director, quien descubrió su verdadera vocación: el picheo.
Bajo la tutela de Armando Arnaiz y Manuel Álvarez, Rabí pulió una técnica que lo llevaría a convertirse en uno de los lanzadores más respetados del territorio. Debutó en Series Nacionales en 1987, y durante siete ediciones del máximo certamen cubano, más tres Series Selectivas, mostró el temple de los grandes.
Con 1.87 metros de estatura, imponía solo con pisar el terreno. Sus armas: velocidad sostenida por encima de las 90 millas y una recta que no pedía permiso. Ya fuera como relevista —su rol inicial— o como abridor, enfrentaba los momentos críticos con una valentía que electrizaba a la afición.
Su calidad lo proyectó rápidamente a planos estelares. En 1986 integró la preselección nacional juvenil y dejó una marca indeleble en el Torneo Internacional José Antonio Huelga, celebrado en Ciego de Ávila. Allí se acreditó una victoria memorable frente a la selección de Estados Unidos. Aquel triunfo, ante la potencia norteamericana, consolidó su estatus como una de las promesas más firmes del picheo en su época.
Pero el béisbol, a veces cruel, le puso fin al sueño en 1993. Una lesión en su brazo de lanzar lo obligó a decir adiós al deporte activo, truncando una carrera que prometía registros históricos.
Nacido el 26 de julio de 1969, este hijo ilustre de Majagua reside hoy en su localidad natal. Allí, alejado de los reflectores, goza del respeto genuino de una afición que aún recuerda la entrega y el coraje de aquel joven gigante que jamás defraudó a su pueblo.