A pesar de que la Casa de Cultura José Inda Hernández permanece en reparación, el movimiento de artistas aficionados encuentra en espacios alternativos como la Casa de la Trova Miguel Ángel Luna el refugio para continuar cultivando sus talentos
El sonido de una balada se filtra por las ventanas de la Casa de la Trova Miguel Ángel Luna en una tarde cualquiera de diciembre. Adentro, un grupo de jóvenes y no tan jóvenes afinan sus voces mientras el profesor Orlando Márquez, marca el compás con su experiencia de años formando talentos. Esta es la nueva realidad del movimiento de artistas aficionados de Ciego de Ávila: adaptarse o desaparecer.
Desde que la Casa de Cultura José Inda Hernández entró en proceso de reparación por el plan de inversiones de la Dirección Municipal de Cultura y el Gobierno Municipal, los espacios para la creación artística se han dispersado por la ciudad. La Casa de la Décima, la Casa de la Trova, la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, el Palacio de Pioneros y hasta barrios y escuelas se han convertido en los nuevos templos donde los artistas aficionados resisten con sus sueños intactos.
“Es la base, el 60 por ciento de los artistas profesionales vienen de ahí”, asegura con firmeza Roberto Ramón de la Cruz Cobo, instructor de arte y compositor que conoce bien ambos lados de la moneda.
“Sin ese trabajo es como decir en el deporte: si no hay juveniles, no puede haber cantera principal”. Sus palabras resumen lo que muchos en el sector cultural piensan pero pocos verbalizan con tanta claridad.
El semillero que no descansa
Raudel Feria González, subdirector de la Casa de Cultura, confirma que a pesar de las limitaciones, el movimiento mantiene su pulso vital. “Todavía se conservan algunas unidades artísticas funcionando para las comunidades”, explica.
La actividad “Abrazando el Barrio” se ha convertido en el principal vehículo para llevar el arte a los diferentes rincones del municipio, con una participación activa de solistas de música que amenizan desde piscinas y hoteles hasta empresas y actividades político-culturales.
Entre los solistas que mantienen viva esa llama está Yuber Carrasco Hernández, quien llegó a la Casa de Cultura casi por casualidad. “Un amigo me vio cantar en un cumpleaños y me dijo que me acercara”, recuerda. Hoy, después de incursionar en música mexicana, bolero, balada y canción, ha cosechado premios en festivales como el Joseíto Fernández, el Daniel Cruz, y ha llegado hasta Las Tunas y Camagüey con sus composiciones.
“El talento existe, lo que hay que hacer es buscarlo y trabajar con él”, reflexiona Yuber, quien destaca la labor de instructores como Orlando Márquez en el descubrimiento y el pulido de las nuevas voces.
Nuevas voces, viejos sueños
Dayron Pérez Cañizares lleva apenas ocho meses en este mundo, pero ya habla con la pasión de un veterano. “Llegué aquí por casualidad, gracias al compositor Leonides Rosendo pude llegar a festivales”, cuenta. A pesar de su corta trayectoria, ya obtuvo el premio a la mejor interpretación en el festival nacional Félix Agüero de Florida en Camagüey.
Julio Arián Miranda Olasolo tiene una historia similar. Desde 2020, cuando la Hija del Mariachi lo encantó y lo ilusionó, ha compaginado su vida como cochero de madrugada con los ensayos por la tarde. “Para mí es un gran orgullo y pienso llegar bastante lejos”, afirma con la seguridad de quien sabe que la música corre por sus venas.
Rafael Ríos Ortiz, quien lleva dos años en el movimiento, lo ve desde otra perspectiva: “Es fundamental, especialmente en los momentos que vivimos, cuando muchos artistas se han ido del país”. Para él, el movimiento es una escuela que descubre nuevos valores y enriquece el alma de quienes participan y de la comunidad que los escucha.
El reto de los espacios
Sin embargo, no todo es canto y aplausos. Miriam Borges Echemendía, vinculada al movimiento desde 2021, no teme señalar las carencias: “El movimiento está decadente, falta atención, falta promoción”. Su reclamo apunta directamente a la Dirección Municipal de Cultura y a la Dirección Provincial: “Deberían esforzarse un poquito más y respaldar el movimiento”.
Luis Enrique Ramos Zamora, compositor cuya obra sobre los abuelos que se quedan obtuvo segundo lugar en Florida, coincide: “Los artistas aficionados adolecen de un lugar idóneo para entrenarse y practicar. Aquí mismo estamos practicando, pero hay mucho ruido, no es muy idóneo”.
La demanda es clara y recurrente: un espacio adecuado, con condiciones acústicas, donde los jóvenes talentos puedan recibir técnicas vocales y desarrollarse sin las interrupciones del mundo exterior.
La letra también canta
No solo los intérpretes brillan en este movimiento. Alicia Marlene Díaz Pérez representa la vertiente de los compositores que encuentran en la música una nueva dimensión para su poesía. Desde 2019, cuando el escritor Pacheco la alentó a participar en los talleres del Rincón de los Cronopios, ha publicado cinco libros y aparecido en más de 60 antologías. Su canción Mi Manto, una catarsis introspectiva más que un poema de amor convencional, ganó el primer lugar en letra en el festival de Florida.
Alicia Marlene Díaz Pérez y Luis Enrique Ramos Zamora, matrimonio de compositores que han encontrado en la música una nueva dimensión para expresar sus vivencias y preocupaciones sociales
Roberto de la Cruz Cobo, quien ha participado en más de 30 festivales como compositor, acumula reconocimientos recientes: segundo premio en el Daniel Cruz de Venezuela, gran premio en Silencio Azul de Morón, primer lugar en el festival Charles Ingram del municipio Jesús Menéndez en Las Tunas, y mención especial en el Félix Agüero de Florida.
“Cada vez que participo es algo nuevo, es como si se abriera otro mundo”, confiesa Roberto, quien aunque actualmente enfrenta problemas de salud que lo mantienen alejado del trabajo activo, continúa apoyando a sus colegas en cada ensayo.
Mirando al 2026
Entre los principales desafíos que Raudel Feria González identifica para el próximo año está reintegrar las actividades a la Casa de Cultura una vez concluyan las reparaciones, previstas para enero o febrero. “Pretendemos tener el salón reparado para comenzar con el espacio del Danzón y los talleres de música, danza, teatro y artes visuales”, anticipa.
Mientras tanto, el profesor Orlando Márquez continúa su labor en la Casa de la Trova, esmerándose porque los muchachos se superen, como reconocen unánimemente sus alumnos. Es él quien ha expandido los repertorios, quien ha visto el talento donde otros solo veían aficionados, quien ha convertido la música mexicana de algunos en baladas, boleros y canciones para todos.
“Si se le da la atención adecuada, pueden salir buenos cantantes de Ciego”, sentencia Luis Enrique. Y la evidencia está en los premios que estos artistas traen de festivales provinciales y nacionales, en las voces que cada tarde llenan la Casa de la Trova, en la persistencia de quienes ensayan a pesar del ruido y la falta de condiciones óptimas.
Porque en Ciego de Ávila, mientras la Casa de Cultura se repara, la cultura no se detiene. Se muda, se adapta, se reinventa en cada espacio disponible. Y en esa resistencia creativa, los solistas aficionados demuestran que cuando el arte es genuino, ninguna reparación puede silenciarlo.