Con respeto

Aquella mujer comenzó su comentario expresando que no coincidía con la opinión del muchacho, y que con “todo respeto” expresaría la suya. Pedía, de entrada, que no se ofendiera ni que se arremetiera contra ella, porque ese era también su derecho a expresarse. Después de todo, eso dejaba clara su postura respecto al tema del post. 

En este, muchísimas palabras dejaban al descubierto que no solo no coincidía con la mirada que le ofrecía el muchacho, con sus ideas y sentimientos, sino que tampoco lo hacía con aquel respeto que enarboló en sus primeras líneas. 

No usó frases obscenas, ni elevadas de tono, ni dijo abiertamente algo despectivo respecto del ímpetu juvenil que primaba en la publicación; sin embargo, su opinión tenía un halo de superioridad intelectual y generacional muy evidente. 

En cada línea dejaba en entredicho que el muchacho y los de su tiempo usaban una frescura que, según ella, era ramplona y molesta, que se iban con la primera idea que se les ocurriera y que para expresar opiniones había que elegir los sitios con mucho tino. Que los espacios sociales en redes eran una jauría y que era mejor no estar vertiendo inconformidades por ahí. 

Sinceramente, llegada a este punto ya yo estaba “sudando fiebre ajena”, porque no puedo comprender cómo alguien no puede abstenerse de comentar y, lo que es peor, por qué comienzan hablando de un respeto que después echan por tierra y esgrimen su libertad de expresión como una obligatoriedad de ejercerla en cuanta opinión ajena surja. 

No toda opinión deriva en la solución de un problema, ni quien la vierte está obligado a mostrar posibles soluciones en sus argumentos.

Siempre que alguien pretende solucionar un asunto, por complicado que sea, no tiene, necesariamente, que ir directo y en total secreto a quien crea tener la solución en sus manos, y claro que puede expresar sus opiniones al respecto en espacios donde elija hacerlo, porque opinar es también un ejercicio de socialización, en lugares, donde se sabe que muchas personas disfrutan o padecen con lo mismo, y desde donde, no siempre, todo tiene que terminar en continuas discusiones llenas de irrespeto y hasta ese odio que hoy se enseñorea, no solo en las redes sociales, sino también, en opiniones de acera a acera y de balcón a balcón. 

Cada vez que alguien evita pasar de largo en un tema que lee o escucha y deja claro alguna superioridad con el dueño de esa opinión, está siendo irrespetuoso, aunque use todas las palabras más depuradas del idioma.

Igual cuando lo hacemos porque es nuestra libertad de expresarnos también, sin medirnos, y así olvidamos que entramos a formar parte de esa jauría en que muchos ven que se han convertido estos sitios.

Las opiniones respecto a cualquier asunto pueden y llegan a ser tan contrarias porque la mirada que cada cual le ofrece pasa por el filtro de la vida misma, por la manera en que beneficia o afecta a cada cual, por sus ventajas o desventajas, por las convicciones, ideales, sensibilidad, sentimientos, sentido de la existencia y por la cosmovisión que se tiene del mundo.

Por eso resulta infértil pretender coincidir con todo el que se asome a mirar esa opinión una vez lanzada. 

El respeto muchas veces comienza a ejercerse desde el momento en que nos damos cuenta que, sobradamente, no tenemos por qué coincidir con esa persona, que sin ofender ni arremeter y, mucho menos odiar, elije el espacio donde opina con su total libertad también. 

Por eso resulta paradójico el hecho de comenzar la opinión nuestra pidiendo permiso, para después enarbolar una libertad que no es obligatorio ejercerla en cuanto lugar existe, hablar de un “todo respeto” que pasamos por alto y, además, pretender que no arremetan contra nosotros si lo que hicimos antes fue, precisamente, eso mismo que no deseamos para nosotros.


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