El don de las pequeñas cosas

Preocuparse, analizar y compartir hasta ciertos miedos con nuestros coterráneos ante un panorama internacional plagado de sorpresas bélicas y tensiones geopolíticas resulta típico (hasta coherente) en cualquier barrio avileño. 

Y fíjese que mientras dialogaba recientemente con un conocido, este me preguntaba que, por qué el gobierno de Cuba no cede ante las propuestas de su homólogo de los Estados Unidos y citó como ejemplo la complacencia imperial desde la convocatoria a supuestas elecciones libres. Así, según esa persona, podríamos vivir mejor económicamente en la Isla. También adjuntó que el bloqueo es un mito.

Rápido riposté, y por qué razón habría que hacerlo, si cada pueblo es como es, con virtudes y defectos, con total derecho a la autodeterminación, a diseñar sus estructuras de funcionamiento en los diversos ámbitos, a ejercer la autocrítica y generar transformaciones, porque de veras hacen falta. 

Pero Cuba, por suerte o naturaleza, se yergue aún estando bloqueada (porque el bloqueo económico, comercial y financiero de los Estados Unidos, retratado ahora desde el perfil del combustible, sí existe), aunque reconozco también la convergencia de otros bloqueos que se escudan en la burocracia, en las fragilidades del control interno y en las gratuidades sociales, que tras el interés del Estado por enfrentar vulnerabilidades, no siempre se agradecen.

Pero esa es ya otra historia. Cuando aprecio ciertos comportamientos no deja de sorprenderme la cubanía, la capacidad de los nacidos en la Isla para ser creativos, solidarios, humanos. Reafirmo entonces que, cuando de cubanos se trata, el sacrificio honra, visualizado en esa repercusión explícita de lo que pudiéramos denominar el don de las pequeñas cosas.

El 2026 figura como un año de complejidades cada vez más agudas, donde se tensa más la situación internacional en el Medio Oriente; la creciente campaña de desinformación en Internet socava las mentes adictas al algoritmo digital, que manipula indiscutiblemente, y Cuba sobrevive, gracias a la ayuda humanitaria de naciones hermanas y a esa pujanza de las mayorías nativas que despojan agresiones, anexiones y cambios que acentúen el dolor de sus compatriotas.

Más allá del patriotismo, del amor hacia un proceso histórico de lucha por la independencia gestado desde 1868, que impregnó la luz en 1959 y que se consolida entre aciertos y desaciertos hasta nuestros días, sobrepasa quizá el alcance (incalculable) de la sensibilidad humana de un cubano.

Le cuento. Aunque también la agobian los problemas, la dependiente de una bodega enclavada en una comunidad rural en el municipio avileño de Primero de Enero, busca mediante medios propios, los litros de leche que se le asignan a los infantes. Detrás del gesto, que implica un esfuerzo físico, florece la sensibilidad de esa mujer que anterior a la crisis declarada del combustible, recibía ese producto en la puerta del establecimiento comercial y ahora recorre algunos kilómetros para que su misión social llegue a feliz término.

¡Qué decir de los campesinos que con sus donaciones suplen en múltiples ocasiones —tal vez en la mayoría— las carencias tatuadas en el menú de los comedores del Sistema de Atención a la Familia (SAF)! Más allá de que producir viandas, hortalizas y granos contempla el pago promedio de jornadas matutinas y vespertinas a 500 pesos en efectivo (a pesar de la polémica en torno a la transferencia) a cada trabajador particular, la compra de fertilizantes e insecticidas por una cifra encarecida y las presiones que genera no tener corriente eléctrica ni una “gota” de petróleo para el riego de las siembras, el gesto en sí, mueve multitudes y recuerda que aún persiste la fe en el mejoramiento humano y, por ende, en la utilidad de la virtud. La acción admirable también nace de otros productores que, por ejemplo, garantizan el carbón para la cocción de los alimentos en el espacio del SAF en el poblado de Corea.

Supe entonces de otras muestras humanamente posibles gracias a la gente de buen corazón. Son también los integrantes de las Cooperativas de Crédito y Servicios del territorio violeteño, quienes aportan alimentos para la nutrición en los círculos infantiles, la Casa de Abuelos y el Hogar de Ancianos, este último favorecido días atrás con la instalación de una bomba para el suministro de agua, lo cual aporta cuantías en materias de salud y de bienestar humano. Tal abasto generaba un gasto de combustible semanal que ahora puede redireccionarse hacia otras proyecciones de índole social.

Lo cierto es que mientras unas puertas se cierran, otras se abren. En medio del contexto electroenergético adverso, que arrastra hasta la oscuridad a entidades con servicios vitales, como la policlínica local José Agustín Más Naranjo y la clínica estomatológica, se avizoran muestras de la necesaria transición hacia las formas renovables de energía.

En medio de esa vorágine de la cotidianidad, con dimensiones sociales alarmantes en prestaciones básicas como los servicios médicos resurgen buenas nuevas que, aunque diminutas, mejoran la respiración colectiva. Alivia entonces conocer que el municipio ya dispone de una ambulancia —hasta hace poco no existía ninguna propia y las urgencias dependían del puesto de mando provincial—, la cual no satisface toda la demanda de la población, pero al menos consta una alternativa para enfrentar las emergencias.

Cada sector resiste a su forma, pero resiste porque la coraza humana y la cooperación mutua es tremenda. Desde la Industria Alimentaria, según la disponibilidad de la harina, se elabora el pan de la canasta básica en solo 2 panaderías, una en la cabecera municipal y otra en el Consejo Popular Pedro Ballester, tras el rescate de los hornos de leña, mecanismo que alternan con los horarios donde cuentan con servicio eléctrico. 

Desde otros gremios como Educación, Salud y Deportes se adoptaron medidas para acoger con actividades docentes y prácticas a los estudiantes matriculados en escuelas alejadas de la geografía municipal, tales como el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas, las universidades, la Escuela de Iniciación Deportiva Escolar y otros centros de alto rendimiento.

Para muchos tal vez la alegría parezca demasiada frente a tan poco, de cara a una sociedad inundada por las carencias y aferrada al manual de opción cero desde tiempo de paz. Sin embargo estas diminutas señales muestran que la valía del cubano es, sencillamente, extraordinaria y que Cuba duele, sí, pero con sus propias neuralgias. 

Sin dudas, “el hombre piensa como vive”, una concepción filosófica del materialismo histórico que cobra auge y describe realidades. Puede atribuírsele a quienes intentan cizallar la tranquilidad ciudadana con infiltraciones de armas —y terroristas incluidos. También le viene bien a esos que desde el umbral de la pacotilla disponible en el Norte imperial (sin que les importe que provenga del saqueo a otras naciones) inyecten desánimos virtuales, denigren el comunismo como corriente de pensamiento y apuesten por un destino idílico, insospechado para Cuba.

El pueblo cubano no es de los que baja la cabeza ni cede a los chantajes. Entre luces y sombras, la Isla amanece cada día desde una realidad atropellada por los años; pero con una intransigencia irrepetible. Su gente aborrece las guerras y a quienes las inducen o patrocinan. Para un cubano todo es posible porque el sacrificio honra, y su existencia, cual endemismo social, se consolida aún entre las pequeñas cosas.

 


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