Herida de más de 108 costuras

Cuando el jardinero izquierdo Owen Caissie capturó el fly de Omar Hernández, Cuba no solo perdió un juego de béisbol contra Canadá. Cuba, no como equipo de pelota, sino como nación, perdió una de sus ilusiones.

Medios nacionales y publicaciones extranjeras especializadas informaron que la selección cubana cayó el miércoles 11 de marzo frente a su similar de Canadá 2-7 en el estadio Hiram Bithorn, en San Juan, Puerto Rico. Trascendió, además, que por primera vez los canadienses accedieron a cuartos de final y que, también por primera vez, la Mayor de las Antillas no avanzó a la segunda ronda de un torneo que nació hace dos décadas y suma cinco ediciones previas.

Lo que casi ningún periódico, emisora o canal televisivo reportó fue que la derrota de Cuba tiene repercusiones extradeportivas. Quizás para Canadá —o mejor dicho, para los canadienses— un fracaso dentro del diamante beisbolero sea solo eso: un hecho olvidado al otro día. Quizás no…

Para Cuba, está claro, los descalabros en el béisbol pueden representar otra agonía nacional. El país está actualmente sumido en una crisis multidimensional: crisis energética, higiénico- sanitaria, en la producción de alimentos, en el abasto de agua… Asimismo, la crisis golpea al deporte, desde la base hasta el alto rendimiento: pésimas condiciones constructivas en las academias, desmotivación de los profesores, suspensión de eventos locales, bajos resultados en lides internacionales.

La pelota, desde luego, sufre el impacto. A pesar de las medidas para eliminar la entrada de combustible al país, continuó la Serie Nacional. La decisión de mantener obedecía a que se estaban jugando las semifinales, pero también, en cierto punto, a que se trata de un fenómeno cultural de magnitud.

Es cierto que la calidad de la Serie Nacional ha disminuido bastante. Es cierto que los estadios ya no se llenan como antes. Pero también es cierto que el béisbol es un orgullo. Un orgullo de sueño ligero, que una victoria puede despertar. Ciego de Ávila tiene un ejemplo reciente. Luego de años sin subir al podio de las series nacionales, los Tigres accedieron a la III Liga Élite como el equipo más débil. Partido a partido remontaron pronósticos y, con la ayuda de refuerzos de otras provincias, llegaron a la final. Ganaron por barrida. Ganaron los peloteros y ganó la gente —mucha gente— que fue a recibirlos en junio de 2025 al estadio José Ramón Cepero.

Los avileños estaban ávidos de una victoria, de esa victoria sobre todo. Ese día del título hubo apagones de 14, 16 o 18 horas; a algunos les escaseaba el agua potable… pero ese día, al menos por un instante, el pueblo tuvo una alegría. El béisbol es eso: un recordatorio de alegría y, a la vez, de identidad. No en vano es el deporte nacional, es Patrimonio Cultural de la Nación y cuantos títulos más quieran adjudicarle. En momentos en que el país ha estado en conteo de tres bolas y dos strikes, el béisbol ha dado el batazo oportuno.

Últimamente su efectividad ha cambiado. Ahora Cuba se conforma con menos. Antes el único objetivo era ganar en cualquier evento que participáramos. Después fue “tener una buena actuación”, “dejar el pellejo en el terreno”.

En 2023, en el V Clásico Mundial de Béisbol, Cuba pasó a segunda ronda por una suerte de coincidencias. Pero qué importa: pasó y venció en esa instancia. Terminó entre los cuatro grandes. Eso reconfortaba, más allá de las estadísticas.

Cuba llegó a esta nueva versión con un equipo hecho a retazos. Como en la anterior competición, fueron elegidos algunos grandesligas, pero otros no. Zach Neto es uno de esos, un prospecto que hizo público su interés de representar las Cuatro Letras aunque no nació en Cuba. Muchos otros declinaron, por sí mismos, vestir los colores de su país de origen. Factores políticos saltaron de nuevo a la grama.

Pese a todo, la Mayor de las Antillas arrancó con triunfos sobre Panamá y Colombia. No fueron victorias contundentes, pero fueron triunfos al fin y al cabo. La esperanza de que los cubanos avanzaran crecía. En varias partes de la provincia de Ciego de Ávila se colocaron pantallas para ver el juego ante Puerto Rico. Ante los cortes eléctricos, esa fue la manera que se encontró de poder televisar el encuentro. Hasta los bajos del Doce Plantas, en la ciudad capital, asistieron los avileños para presenciar el choque.

Puerto Rico era local y favorito. Abriría con uno de sus más talentosos lanzadores. Tenían todas las de ganar. Y los avileños lo sabían. Pero la pelota es impredecible por naturaleza. Y los avileños —y por añadidura los cubanos— siempre albergamos una dosis de esperanza en el éxito.

Ahora ya no funcionan los análisis de quienes saben o no tanto de pelota. Si había que sentar a Leonel Moas, si Erisbel Arruebarruena no bateó… eso apenas interesa. Cuba perdió contra Puerto Rico y después contra Canadá. Y la otra Cuba, la que no estaba en el terreno, tiene una herida de más de 108 costuras.


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