La fórmula de un amor de batey

Pensar en ellos y advertirlos cada día de jolgorio o tristeza, te hace creer con vehemencia que la teoría de la media naranja es cierta. Este 16 de febrero se cumplen 110 años de la fundación del otrora batey Violeta (actual municipio Primero de Enero) y se sienten las vibras de un matrimonio de casi 7 décadas, que nació en las inmediaciones del siglo XX.

Ellos sintetizan, de forma inigualable, esa mezcla del olor a melado con la sapiencia de la tradición azucarera, la herencia haitiana y la cultura popular, a la vez que develan la embestida de momentos únicos de la época, como la majestuosidad del cine y las máquinas a vapor, las obras pictóricas de artistas de la localidad y las memorias de la amistad con grandes como el pelotero Tany Pérez (nativo del batey Violeta) y Vicente Más (hijo de José Agustín Más Naranjo, mambí y patriota insigne del municipio).

Junto a esas raíces tan nuestras figuran José Guillermo González Villa (Guille) y María Antonieta Espinosa Suárez (Mery), una pareja de violeteños, de esos que sienten en las entrañas la esencia pura de las palmas y la evolución del poblado de antaño. Nada más parecido al batey que ellos.

Un dueto ilustre que descifra una historia de amor casi increíble. Sobrevivientes de épocas. Supieron esperarse el uno al otro, cuando ella, junto a su familia, se asentó en el floreciente contorno del ingenio rodado desde Aguada de Pasajeros y él, multifacético como siempre fue, llegó hasta la capital a formarse académicamente.

En disímiles oportunidades he sido honrada con su diálogo. Mery, a sus 82 vueltas por el almanaque, aficionada al tejido, siempre alegre y pendiente de cada detalle, simula los ojos de Guille quien, a sus 92 años, exhibe más el paso del tiempo.

Ella escribe por él y marca los dígitos del teléfono para que su otra mitad pueda abrirse al mundo. Se preocupa por su alimentación adecuada, porque tiene sus particularidades; incluso, por su barba, para que no crezca mucho, ande siempre elegante y, de paso, no sienta el picor cuando roce su mejilla.

A cada instante asoman una y otra vez los recuerdos, allá por el año 1958 cuando Guille, deslumbrado por la belleza de Mery supo que sería ella el amor de su vida. Cuenta que a pesar de ello se integró a la Campaña de Alfabetización, estudió en La Habana, se hizo contador, ocupó el puesto de auditor jefe en el Banco Nacional de Cuba, pero al fin y al cabo, volvió a su querido batey, aunque —con picardía— acepta que fue Mery su mayor atracción.

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Hoy me confiesa que algunos familiares radicados en la capital cubana y su hija, residente en Santa Clara, los han querido “arrancar” de su tierra; pero no han podido. Refiere que en cada jornada “necesita respirar su aire, sentir a la gente violeteña y regodearse entre sus bienes dotados de tradición y cubanía”.

Adentrarse en su vivienda con más de un siglo de existencia puede ser el mejor remedio para el espíritu. ¡Porque como esa quedan pocas!

Su arquitectura al estilo californiano —edificada en 1919 con tabloncillos, paredes en madera de doble forro, falso techo también de madera y ventanas de guillotina— conduce a la remembranza que muestra el añorado álbum del padre de Guille (con fotografías originales en blanco y negro de sitios emblemáticos) donde se perfilan las calles e irrumpen los jardines delineados con bugambilias y adornados con columpios que atestiguan murmullos, alboradas y atardeceres en el Violeta de entonces.

El visitante cautivo enmudece con las historias de Mery y Guille, bautizadas por la empatía, el dogma del sentimiento noble y recíproco y la resiliencia de los valores éticos. Parecen salidas de una telenovela de época, con los malabares del cortejo de entonces y el respeto mutuo como principal botín.

Él afirma sentirse agradecido por tantos años a su lado y ella acepta ser su mejor complemento ante la vida. La fórmula ha sido —y es— esa manera hermosa de quererse, de acompañarse, de fundirse en un solo pensamiento y en la misma acción.

El tradicional matrimonio de Primero de Enero edificó desde 1995 un jardín de ensueño que conquistó los titulares de prensa, un espacio ornamental que fue la tentación de cuantos arribaban al municipio de las isoras, los laureles y las bugambilias, situado al nordeste de Ciego de Ávila.

Fue ese escenario afrodisíaco con flores, con más de 500 variedades de plantas, fruto de la creación de la pareja. Juntos disfrutaron cada trino de pájaro, cada saludo al sol del Ave del Paraiso, cada nacimiento de las orquídeas, cada esperanza de supervivencia de su maravillosa flora.

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Con enorme tristeza duele decir que hoy ese legado llegó a su fin. El tiempo “pasó factura” y las manos cansadas de Guille no pudieron más. Su hermoso patio, considerado por años entre los mejores del país, dejó de existir porque no hubo escape. No hubo opciones. No hubo interés o previsión, quizás, de quienes sí podían oxigenar gestiones.

Uno de los parajes más hermosos del otrora batey Violeta desapareció justo antes de su cumpleaños 110.

Al hogar de Mery y Guille, inundado por la tradición y la huella certera de un batey azucarero, le falta ahora esa hermosa porción de historia —su colección de plantas— que bien combina con su mural sobre los lauros de la pesca de la trucha, sus instantáneas como alfabetizador o profesor de ajedrez y fundador del Instituto Nacional de Deporte y Recreación en el actual Primero de Enero.

Pero ningún regalo supera al amor entre este hombre y esta mujer. Repito una y otra vez, siempre que los visito, que lo de ambos es un amor de batey, con caracteres propios, con aroma de zafra, con perfume de flores y la admiración de un pueblo.

Sentarse en su sala y hablarles es un privilegio. Cuando se cumplen 110 años de la fundación de Violeta las miradas convergen hacia Mery y Guille, dos enamorados, dos medias naranjas que se funden y trascienden, cual fórmula bendita, entre las esencias mismas de la tradición del batey.


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