Sensibilidad bloqueada

aulaRiguito Rodríguez/FacebookComo alternativa, los maestros en formación se vinculan a instituciones educativas para continuar su preparaciónPensar diferente no es sinónimo de maldad. Sin duda, la aguda crisis económica que habita en la Isla ha bloqueado generalidades, incluso la sensibilidad humana.

El bloqueo petrolero que irrumpe en el boom noticioso busca, quizás hasta sin prisa, la asfixia y el colapso total de Cuba, el archipiélago que tanto molesta por ser faro de solidaridad en el mundo, a solo 90 millas del imperio norteamericano, y por intentar, cada día, construir su futuro, con autodeterminación, con derechos internacionales y hasta con errores, porque errar se vale en Cuba y en el mundo: lo importante es rectificar; solo que para la Isla mayor del Caribe hacerlo resulta cada vez más difícil.

Repensar en la corrupción, las ilegalidades y otros males de fondo, que son tendencias actualmente en la sociedad cubana, resulta válido, porque a nadie se le ocurriría ocultarlas, más cuando proliferan en cualquier sociedad del orbe.

Mi reflexión va hasta esas almas, residentes o no en la nación, que rondan la podredumbre de los sentimientos y caen en el vacío de esa maldad que exhiben en las redes sociales en Internet, con marcada retórica anticubana y hasta fascista; por ejemplo, aplaudiendo —o hasta exigiendo— una “inminente agresión militar” a Cuba (con el pretexto de extinguir el comunismo e intencionar un cambio de régimen) o desmoralizando a diestra y siniestra a cualquier dirigente, a cualquier ser humano que vierta criterios a favor de la paz y la convivencia pacífica, sobre todo, dentro de la Isla.

Sin combustible se paraliza todo. Un bosquejo somero avizora la dura realidad que asedia en materia de producción de alimentos. Queda claro que sin comida no se puede vivir. Tampoco pueden sustentarse otros sectores de la economía, ni determinados procesos educativos, científicos...

Tristemente, notificamos la crisis en servicios vitales como la Salud Pública. Su impacto se imprime en prestaciones tan sensibles como las unidades de cuidados intensivos, los salones para emergencias quirúrgicas, la preservación de vacunas y los procesos derivados de las donaciones de sangre.

Quienes atienden hoy a pacientes con padecimientos oncológicos sufren, en primera persona, la angustia de que se ausenten en los hospitales medicamentos imprescindibles en los sueros para aminorar la regeneración de las células cancerosas —o al menos intentarlo—.

Va hasta los confines de la incomprensión el hecho de no disponer de los insumos que alivian el dolor de alguien a punto de morir, sencillamente porque, un país poderoso (rico en millones, pero mendigo en materia de subjetividad humana), extiende su dedo para prohibir el derecho a la vida.

Tras los sucesos en la República Bolivariana de Venezuela, el 3 de enero, que conllevó al secuestro de su presidente constitucional, Nicolás Maduro, y de su esposa, Cilia Flores, y la posterior firma, por parte de Donald Trump, de una orden ejecutiva que declaró a la nación caribeña como una amenaza inusual y extraordinaria para Estados Unidos, a la vez que decretó una emergencia nacional, sobrevino el anuncio del incremento de las sanciones contra los países que suministren combustible a Cuba.

En ese contexto la nación exhibe, paulatinamente, los efectos nefastos luego de que, a un país, a un pueblo, a una sociedad y a sus servicios vitales, le niegan el acceso al hidrocarburo.

Es algo tan tenebroso, tan parecido a un deceso social premeditado… Aun así, a pesar de ese presagio escabroso, a muchos pareciera causarles placer.

Algunos medios digitales de comunicación se atreven incluso a denunciar en la Red de redes el fallecimiento de varias personas, porque la ausencia de petróleo impidió la llegada oportuna de las ambulancias.

Ah, pero qué distinto sería todo si enunciaran en un discurso sin manipulación esas secuelas inhumanas fruto de la saña del gobierno estadounidense, sin que importe el sistema social de Cuba, sin que influya quién piense a favor o en contra.

Sobreponerse, tras padecer los estragos de la “opción cero” en una diminuta isla, carente de fronteras terrestres, víctima de vetustas legislaciones como la Ley Torricelli, la Helms-Burton y el bloqueo económico, comercial y financiero de los Estados Unidos, supone un reto de extraordinaria valía para los cubanos.

¿Cómo sobreviviremos? Es una interrogante con respuesta de futuro y construida a través del día a día. En Ciego de Ávila, por ejemplo, se implementan las medidas diseñadas desde cada ministerio, en todos los sectores, que optimizan el ahorro de combustible.

Garantizan los servicios básicos con los insumos que estén a la mano, se solidarizan los portadores de vehículos con tracción animal o funcionamiento eléctrico para distribuir alimentos, y se diseñan alternativas en cada municipio según sus potencialidades. 

Desfallecer no será nunca la primera idea. Reverenciar a extraños dominantes tampoco. Pedir el ingenio, la creatividad y la disposición de las mujeres y los hombres de bien para sostener la provincia, está de más.

Sin embargo, frente al bombardeo informacional y sicológico, documentarse por fuentes oficiales, comprender el contexto, portar análisis propios y pensar antes de opinar son acciones de primer orden para evitar el efecto contraproducente de quienes, les paguen o no, alientan a la violencia, a la falta de respeto, a vulnerar la privacidad de una persona o un país que necesita paz y no guerra; independencia, no anexión. 

La condena internacional a la flagrante violación de los derechos humanos del pueblo cubano —que supone el actual bloqueo de combustible por parte del Tío Sam— y las muestras globales de solidaridad, indican que la ruta nuestra, la autóctona, está firme.

¿Que requiere cambios? Lo sabemos. Pensar diferente no es sinónimo de maldad. No seamos víctimas de esa cruel red de entes con la sensibilidad bloqueada.


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