El bulevar sin barreras que merecemos

Las barreras arquitectónicas y las crecientes indisciplinas sociales convierten el emblemático bulevar avileño en un espacio hostil para las personas con discapacidad visual y limitaciones físicas. La situación demanda conciencia ciudadana, pero también voluntad institucional para actuar

 bulevarJessica Beatriz Díaz Sosa Hay ciudades que se reconocen por sus portales. Ciego de Ávila es una de ellas, y su bulevar ha sido históricamente el corazón peatonal de la vida avileña: el lugar donde confluyen el comercio, el encuentro y el paseo.

Sin embargo, ese espacio emblemático atraviesa hoy una contradicción que incomoda y que urge nombrar: mientras más personas lo frecuentan, menos seguro resulta transitarlo para quienes dependen de un bastón, de una silla de ruedas o de los sentidos que compensan la ausencia de la vista.

Lianet Morales Corchado, vicepresidenta del Consejo Provincial de la Asociación Nacional de Ciegos y Débiles Visuales (Anci) en Ciego de Ávila, lo describe sin rodeos: “Hace apenas algunos meses era posible caminar por el bulevar, con dificultad, pero se podía.

“Hoy, esa posibilidad se estrecha cada vez más. Huecos que aparecen y desaparecen sin ser resueltos del todo, mangueras tendidas sobre el piso sin señalización para cuando el suministro de corriente coincida con los ciclos, cada vez más prolongados, de abasto de agua potable; incluidas las mesas de vendedores que invaden la circulación peatonal, las bicicletas y las motorinas que atraviesan el espacio a toda velocidad en franca violación de las normas establecidas.

“El resultado es que muchas personas con discapacidad visual se ven forzadas a caminar por las calles para evitar los portales y las aceras, aunque hacerlo entrañe un riesgo mayor”.

Las barreras que obstaculizan el bulevar son de dos naturalezas distintas, y conviene no mezclarlas para poder atacarlas con precisión. Las primeras son arquitectónicas: deterioro de la infraestructura, huecos sin reparar u objetos abandonados en el paso.

Son problemas que tienen solución técnica concreta y que dependen de la voluntad y la capacidad de las instituciones responsables del mantenimiento urbano.

Las segundas son fruto de la indisciplina social: el ciclista que ignora la prohibición de circular por el bulevar, el propietario de una motorina y hasta de triciclos que la apoya donde encuentra espacio, sin importar si obstruye el paso de otro.

Estas últimas no se resuelven solo con inversión: requieren educación, fiscalización y, sobre todo, un cambio de mentalidad colectiva.

Porque el civismo no es un valor abstracto. Es la decisión concreta, cotidiana y muchas veces invisible, de no estorbar el camino del prójimo. Es comprender que quien no puede ver un obstáculo no tiene la opción de esquivarlo con la misma facilidad que quien sí puede.

Es entender que el espacio público pertenece a todos, pero que esa pertenencia impone obligaciones proporcionales a las capacidades de cada uno. La ciudad que le da la espalda a sus ciudadanos con discapacidad es, en rigor, una ciudad incompleta.

La Anci ha llevado estos planteamientos a sus asambleas municipales y provinciales. Sus asociados, en su mayoría, coinciden en señalar las barreras arquitectónicas y las indisciplinas como sus principales preocupaciones al moverse por la ciudad.

La organización puede visibilizar el problema y abogar por sus miembros, pero la solución rebasa sus atribuciones: exige que las autoridades asuman su responsabilidad, que se hagan cumplir las normas de circulación en el bulevar y que las entidades competentes acometan las reparaciones pendientes sin más demoras.

Un bulevar accesible no es un privilegio para unos pocos. Es la medida más justa de una ciudad que se respeta a sí misma.


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