Una mona nacida en el zoológico avileño y rescatada del rechazo materno vive hoy como hija adoptiva en el seno de una familia que la cuida con esmero, amor y desvelos, mientras aguarda el momento de regresar a su hábitat natural.
Cada Primero de Mayo, entre las pancartas y los pasos firmes de los trabajadores avileños, se abre paso una figura singular: Mariela, una pequeña mona que marcha junto a los obreros del Complejo Parque Zoológico de Ciego de Ávila. No es la primera vez que desfila —lo hizo también cuando cumplió su primer año—, y quienes la ven pasar, entre risas y asombro, ignoran que detrás de esa presencia traviesa y bulliciosa hay una historia de supervivencia, ternura y entrega humana.
Mariela nació el 8 de agosto de 2023, hija de Maruca, una babuina sagrada —cruce entre sagrado y babuino anubis— que habita el recinto del zoológico provincial. El parto fue sencillo, pero lo que vino después no lo fue. Maruca nunca supo sostener a su cría en la postura correcta para amamantarla, y pronto desarrolló conductas agresivas hacia la recién nacida: la "jalaba" del pelo, la golpeaba, la rechazaba con una violencia que los especialistas identificaron como un severo estrés posparto. Mariela, apenas con semanas de vida, aprendió a alimentarse sola porque no tenía otra opción.
Durante dos meses, el equipo del zoológico esperó con paciencia que el instinto materno se impusiera. No ocurrió. Mientras Maruca estaba junto a su cría, la agresividad no cesaba; cuando la cría desaparecía de su vista, la madre se calmaba. La decisión fue dolorosa pero necesaria: separar a Mariela para salvarle la vida. En ese instante, Maruca reaccionó como solo reacciona una madre —se irguió sobre sus dos patas y arrancó a la cría de las manos del cuidador—, pero el tiempo y la ciencia habían dictado ya su veredicto.
Mariela pasó entonces a manos de Lázara Zaile Alfonso Castro, bióloga pura del zoológico, quien se ocupa de la nutrición, la ambientación y las conductas de los animales. Con solo cinco meses de vida, la pequeña mona pasaba el día y la noche lanzando chillidos que retumbaban en toda la instalación. Era el 22 de diciembre, pleno frío navideño, y nadie entre los especialistas podía llevarla a su hogar. Fue entonces cuando la madre de Lázara, con generosidad sin alardes, tomó la palabra: "Nosotros no tenemos una gran casa, pero podemos asumir a Mariela por un tiempo".
El 24 de diciembre, Nochebuena, Mariela cruzó el umbral de una casa de familia y no volvió a ser la misma.
Desde esa noche comenzó una convivencia que hoy, casi tres años después, ya nadie concibe de otro modo. Mariela se despierta a las seis de la mañana y golpea los barrotes de su jaula hasta que alguien le lleva un plátano. Rechaza la cáscara dentro de su espacio —la lanza hacia afuera con gesto resuelto— y exige sus diez granos de maní por la mañana y otros diez por la tarde, rutina que la familia mantiene aunque el zoológico no siempre pueda garantizarlos. Come arroz crudo o cocido, semillas de girasol, fruta bomba, melón —del que prefiere las semillas—, zanahoria hervida y mazorca tierna. No come carne, aunque su especie lo permitiría; lo han intentado crudo y cocinado, y Mariela lo rechaza sin concesiones.
El vínculo más profundo lo tejió con el padre de Lázara. Cuando el motor de la moto suena a lo lejos, Mariela ya está en la puerta, lista para treparse al tanque y recorrer el barrio sentada en la parte delantera, con las patas abiertas y la mirada curiosa en todo lo que pasa. Le busca los pelos al anciano con esa dedicación ancestral que los primates reservan para quienes aman. Le da besos. Lo sigue con los ojos cuando sale. Y cuando hay que dejarla en el zoológico y él es quien la lleva, la despedida se convierte en una escena que mezcla el llanto animal con la ternura más pura de lo humano.
La madre de Lázara, en cambio, mantiene cierta distancia afectuosa —"a mí no me gusta que la toquen mucho"— pero es la primera en defenderla: "Yo no dejo que nadie dañe a Mariela, que nadie la regañe". Con los niños del barrio, Mariela es un torbellino de juego: les brinca encima, les ofrece plátano a mordiscos, les roba los chupachupa. Nunca ha mordido a un niño, nunca ha mostrado agresividad con ellos. Tampoco le teme a los perros ajenos —más de uno ha recibido su cólera cuando intentó agredir al can de la casa—, y ese perro, a su vez, la protege a ella como si fueran de la misma camada.
El zoológico la reclama, porque Mariela es, técnicamente, propiedad del Estado. El proceso de reintegrarla a la monera ha comenzado de manera paulatina: ya se queda allí hasta el mediodía, acompañada de un cuidador con quien ha construido confianza. Pero cuando llega al recinto y su madre biológica la llama desde la jaula, Mariela corre en dirección contraria. No quiere saber nada de Maruca, ni del padre. Los monos le son ajenos. Ella es, en todo sentido, una criatura de puertas adentro, de ollas en el carbón y alarmas de madrugada.
"Entre más tiempo lleve con nosotros, más difícil va a ser el proceso de adaptación", reconoce Lázara con la lucidez de quien sabe que el amor, a veces, también complica el regreso. Por eso el zoológico valora la posibilidad de habilitarle un espacio propio si la convivencia con otros primates resulta inviable. Las visitas de la familia se irán espaciando, con dolor, porque la ciencia y el bienestar animal así lo exigen.
Pero este Primero de Mayo, Mariela desfila de nuevo. Saltará entre los hombros de los trabajadores del zoológico avileño —afiliados al sindicato de la Agricultura—, junto a un cocodrilito de tres años, y recibirá miradas y aplausos de quienes ven en ese pequeño primate algo más que una curiosidad: ven el retrato vivo de lo que ocurre cuando los seres humanos deciden, sin dudarlo, que un animal vulnerable merece ser salvado. Aunque eso signifique madrugar cada día, renunciar al sueño, y aprender a hablar —sin palabras— el idioma de quien te necesita.