Los que se quedaron también lo hicieron por ustedes

La Patria ha de existir en el equilibrio entre las diferentes partes que la conforman

Cuba pierde gente desde hace décadas. Eso no es una opinión: las cifras oficiales de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) reflejan una caída poblacional del 10,1 por ciento entre 2020 y 2023, y se estima que más de un millón de personas emigraron solo entre 2022 y 2023. Es el éxodo más grande en la historia moderna de la Isla. Y, sin embargo, hay millones que no se fueron. Lo que casi nadie dice en voz alta es por qué.

Una parte de la respuesta es práctica: sin pasaporte, sin recursos para el viaje, sin redes de apoyo en el exterior, no hay salida posible. Pero eso no explica a todos los que se quedaron. Hay médicos, maestros, músicos, teatristas, periodistas que pudieron irse y no lo hicieron. Hubo una decisión, aunque fuera silenciosa. Y esa decisión tiene un nombre que la cultura cubana conoce desde mucho antes de 1959: se llama patria. No en el sentido del discurso oficial, sino en el más antiguo y duro: el lugar que existe porque alguien decide sostenerlo.

En 1978, Fidel Castro se despidió de los jóvenes de la Brigada Antonio Maceo —cubanos residentes en Estados Unidos que aceptaron el riesgo de dialogar— con una frase que perdura en la memoria del movimiento: “Con ustedes la patria ha crecido”. Es una frase generosa, pero revela algo sobre la lógica inversa. Si la patria crece con los que vuelven, es porque alguien la mantuvo viva mientras estaban fuera. Ese alguien, es quien se quedó.

En noviembre de 2023, durante la clausura de la IV Conferencia La Nación y la Emigración, el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez expresó: “Realmente el sentimiento de la Patria es fuerte. Si a quienes vivimos en ella nos revienta el pecho de orgullo cantar el Himno Nacional […] no es difícil imaginar la emoción de quienes, como ustedes, sienten lo mismo viviendo lejos de Cuba”. El reconocimiento implícito en esa frase es importante: el que se fue siente la patria desde afuera porque la patria todavía existe. Y existe porque hay quien la habita, la defiende, la nombra, la enseña, la llora y la sostiene desde adentro.

El propio General de Ejército Raúl Castro Ruz reconoció que “los emigrados cubanos, en su aplastante mayoría, lo son por razones económicas […] casi todos preservan su amor por la familia y la patria que los vio nacer”. Eso es más que un gesto político. Es la admisión oficial de que la emigración cubana masiva no es una ruptura con la identidad, sino una forma dolorosa de continuarla desde otro lugar. Y si eso es cierto —si los que se fueron todavía aman lo que dejaron—, entonces lo que dejaron tiene que seguir estando cuando decidan o puedan volver.

Ahí está el argumento central. La política cubana parte de la convicción de que “la Patria es una sola y que donde quiera que nos encontremos seremos parte de ella”. Pero una nación no es solo un concepto: es una lengua que se habla, una música que se toca, una manera de contar historias, un teatro que abre en un parque de Morón, una antología que se publica en Potosí con cuentos de Ciego de Ávila. Todo eso lo sostienen los que están. Si ellos también se fueran, lo que pudiera regresar el emigrado no sería Cuba, sería un territorio vacío de memoria viva.

El que se quedó no es necesariamente el más valiente ni el más honesto. Tampoco el más revolucionario. A veces es simplemente el que no pudo irse, o el que no quiso, o el que entendió —sin decírselo a nadie— que alguien tenía que seguir siendo la orilla. Pero el efecto es el mismo. Cuba reconoce hoy a su diáspora como fuerza económica y aliada frente al aislamiento. Eso es real y necesario. Lo que falta reconocer, con igual claridad, es lo contrario: que la diáspora también necesita a los que se quedaron. No para juzgarlos ni para ser juzgada, sino para encontrar, cuando llegue el momento, que todavía hay algo a lo que regresar.


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