La deuda que nadie quiere cobrar

Por Vasily MP
Una frase soltada en plena cola alcanzó una fibra sensible
Foto: Michel Guerra
 

Hay frases que se dicen con la ligereza con que se bota una colilla al asfalto. Una de ellas —repetida en los cafés del exilio, en los grupos de WhatsApp de la diáspora y en las conversaciones de madrugada entre cubanos de cualquier latitud— la escuché hace poco en una cola. No quiero recordar el rostro de quien la soltó, pero la frase quedó clavada: “Yo a la Revolución Cubana no le debo nada”.

No importa en qué lugar de la Isla nació ese alguien. Pero si me suscribo a quien, como yo, nació en La Habana en 1976, la frase suena, cuando menos, descabellada. O sostenida por un estado emocional moldeado por crisis y desmanes —reales, ciertos— que no pueden borrar lo que vino antes.

El periodismo honesto también ha de tener ideología. Pero, además, datos.

 

 

El país que recibió a ese niño

hospital2Portal del Ciudadano de La Habana/Facebook1976. Un bebé habanero llegaba al mundo en un hospital gratuito, con personal calificado. Tenía más probabilidades de vivir su primer año que otro nacido en Bolivia, Guatemala, Haití o Ecuador. El Estado se lo garantizó antes de que pronunciara su primera palabra

Cuando en 1976 nació ese bebé en algún hospital de La Habana —probablemente en el Maternidad Obrera, en el América Arias o en el Ramón González Coro, todos gratuitos, todos con personal calificado— Cuba era un país de aproximadamente 9,4 millones de habitantes, según las estimaciones demográficas de la División de Población de Naciones Unidas.

La mortalidad infantil —el indicador más brutal y honesto sobre cómo un Estado trata a sus recién nacidos— había pasado de cifras cercanas a 60 por cada mil nacidos vivos en 1959 a 22,9 por cada mil en 1976.

Grafico 1En 17 años, Cuba redujo la mortalidad infantil a menos de la mitad. Ese bebé habanero de 1976 fue parte de esa estadística

Para que eso sea comprensible en términos humanos: ese bebé habanero de 1976 tenía, estadísticamente, más probabilidades de llegar al año de vida que un bebé nacido en Bolivia, Guatemala, Haití o Ecuador.

El Estado le había garantizado, antes de que pronunciara su primera palabra, algo que muchos gobiernos del continente no han logrado en seis décadas: sobrevivir.

A eso se suma el derecho que tuvo su madre —una obrera, sin más privilegios que haber nacido en Cuba revolucionaria— de ser atendida durante los nueve meses de gestación con análisis y seguimientos médicos gratuitos.

El aula que esperaba

escuela3“El aula que lo esperaba. Antes de que ese niño aprendiera a leer, el Estado ya había erradicado el analfabetismo y construido una de las redes educativas más densas del mundo en desarrollo”

Ese mismo año, el 24 de febrero de 1976, entró en vigor la nueva Constitución de la República de Cuba. El texto establecía como principios el acceso universal y la gratuidad de la enseñanza en todos los niveles, sin discriminación por situación económica, color de la piel, sexo, origen nacional, edad o creencias religiosas. Un bebé como yo, que no podía leer todavía, ya tenía un futuro inmediato garantizado.

Para cuando ese niño llegó a la escuela primaria —después de mudarse a Ciego de Ávila—, Cuba había erradicado el analfabetismo mediante la Campaña de 1961 y construido una de las redes educativas más compactas del mundo en desarrollo.

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) señala que Cuba es la nación del mundo que dedica la mayor proporción de su presupuesto a la educación: cerca del 13 por ciento del producto interno bruto. Para comparar: Finlandia, modelo educativo admirado por el planeta entero, destinaba el 6,4 por ciento.

Grafico 2

A partir de 1976 se generó un proceso de reestructuración organizativa del Estado que incluyó la creación del Ministerio de Educación Superior y una nueva red de instituciones universitarias.

En el curso 1976-1977, estas instituciones ya ascendían a 28. Para este niño que cumplía 18 años en 1994, en pleno Período Especial, esa universidad todavía estaba ahí.

La consulta que nadie le cobró

Si ese niño habanero, bautizado luego como avileño, se enfermó —y todos los niños se enferman— ningún médico le presentó una factura a sus padres. Ninguna familia tuvo que vender nada para pagar una cirugía, un antibiótico, una hospitalización.

Lo digo porque casi muero por una fiebre endemoniada de cuyo nombre no quiero acordarme, y me tuvo más de quince días en terapia intensiva. Nadie cobró nada.

El sistema de salud cubano, con sus policlínicos, sus médicos de la familia implantados desde 1984 y su red hospitalaria gratuita, constituyó durante décadas una anomalía positiva en el contexto latinoamericano. Según la Organización Mundial de la Salud, Cuba es un modelo para los países en vías de desarrollo en cuanto a la atención médica brindada a madres y niños.

 

El estadio que también era de él

Pero hay algo que los datos fríos no pueden capturar del todo: la épica deportiva que rodeó la infancia de ese niño. El mismo año en que nació, en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976, Cuba participó con 156 atletas en 14 disciplinas y obtuvo seis medallas de oro, cuatro de plata y tres de bronce, clasificándose en el octavo lugar del medallero general.

juantorena4Tomada de JIT Alberto Juantorena en Montreal 1976. El mismo año en que nació este niño habanero. Nadie antes en la historia olímpica había logrado el doblete de 400 y 800 metros. El deporte como derecho, no como privilegio

El más destacado fue el velocista Alberto Juantorena, quien obtuvo oro en los 400 y 800 metros planos; en esta última prueba estableció récord mundial y olímpico con 1:43,50. Nadie antes en la historia olímpica había logrado ese doblete.

Era el año de nacimiento de ese niño habanero. Uno más de los que practicó natación, voleibol y fútbol en la escuela Alfredo Álvarez Mola sin gastar un centavo. Y aunque nunca obtuvo medallas, solo diplomas, participó en varias competencias con el orgullo de tener ese acceso todopoderoso a la cultura del deporte.

Teófilo Stevenson —triple campeón olímpico— fue el abanderado en Montreal ese mismo año. Era también, como ese niño, un producto del Estado que lo formó sin cobrarle matrícula ni cuota de entrenamiento.

El matiz que el periodismo no puede omitir

Sería deshonesto terminar aquí. El periodismo, que aspira a algo más que la propaganda —de cualquier signo—, tiene la obligación de decir lo siguiente: nada de lo anterior obliga al agradecimiento.

Un ser humano no le debe gratitud a un sistema político solo por haberle dado lo que le corresponde por derecho. La educación, la salud y el deporte no son regalos del Estado: son derechos humanos universales. Y es legítimo reclamar lo que aún falta, que no es poco.

También es verdad —documentada, verificable, y esto me lo enseñaron mis abuelos— que muchos de esos logros tenían antecedentes antes de 1959. Cuba en 1957 tenía indicadores sanitarios envidiables, la mortalidad infantil más baja de América Latina, aunque el acceso no era equitativo:  el 60 por ciento de los médicos y el 80 por ciento de las camas hospitalarias estaban concentrados en La Habana.

Solo había un hospital en zonas rurales, y cuatro de cada cinco trabajadores campesinos solo recibían atención médica, si la pagaban.

Grafico 3Cuba tenía médicos de sobra en 1957, pero no estaban donde más se necesitaban. La Revolución heredó logros y desigualdades

La mortalidad infantil era baja, pero la desnutrición era alta. El Banco Mundial observó en 1950 que “las enfermedades no son un problema serio en Cuba, pero la salud lo es“, señalando que la mayoría de los niños rurales sufrían de parásitos intestinales y cerca de la mitad de los cubanos se clasificaban con bajo nivel nutricional.

El punto de partida importa

El debate sobre Cuba no se gana con mentiras en ninguna dirección. Decir que la Revolución no construyó nada es tan falso como decir que lo construyó todo bien. Lo que sí es cierto —verificable, citado, medible— es que un niño nacido en La Habana en 1976 llegó al mundo con una vacuna en el brazo, con una escuela cerca de casa, con un médico en el barrio y con el nombre de Alberto Juantorena resonando en las radios del mundo.

Ese niño, estudió en una escuela de arte, se graduó de Psicología en la universidad, escribe y publica en periódicos y revistas; sus libros están en anaqueles de casas y bibliotecas, por mérito propio y por política cultural.

Es miembro de organizaciones artísticas de vanguardia por la validez de su obra y no tuvo que mover influencias para lograr una vida como escritor y editor de televisión.

Lo que se haga con esa verdad —incluyendo cuestionarla, rechazarla o trascenderla— es ya asunto de cada quien. Lo imperdonable es faltar a la justicia: generalizar sin ton ni son arrastrado solo por las consecuencias de las crisis provocadas por un bloqueo inmenso y por errores tácticos propios.

computadora5Tomada de https://es.vecteezy.com

 Decir la verdad es un derecho. Y eso, precisamente, también es periodismo.


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