Hay una edad en que se pierde la inocencia y cae el peso del mundo. Cuando suena la alarma antes del alba y a la responsabilidad se suman hijos, padres, sueños postergados. Es la edad en que se deja de ser muchacho para entender, a golpe de realidad, cuánto cuesta levantar un país y levantarse uno mismo.
En la Cuba actual, víctima de una crisis que parece incesante, la juventud camina sobre una cuerda tensa. No por falta de talento o determinación, sino porque la escasez, a veces, estrecha los horizontes y les pone un límite a nuestros anhelos.
Algunos abandonan los estudios, otros se refugian en la economía informal; y unos pocos, en los márgenes más oscuros de la desesperanza. “Cuando el río suena, es porque piedras trae”, dice el refrán, y las piedras son reales. Pero reducir a la juventud cubana a ese marco sería una injusticia.
En su reciente comparecencia ante medios nacionales y extranjeros, el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, pidió, como quien hace un gesto de respeto profundo, “quitarse el sombrero” ante el pueblo y, en particular, ante los jóvenes. Habló del heroísmo que asombra, de esa capacidad de decir: “rendirme no es una opción, me supero y avanzo y crezco”.
No son palabras lanzadas al viento. Durante la pandemia, cuando el país diseñaba estrategias y aún no había convocado formalmente a la juventud, “los jóvenes ya estaban en zona roja, ellos por sí mismos se movilizaron”, recordó el mandatario. En la pandemia comprendimos, sin órdenes ni presiones, que nuestro aporte era necesario.
Y estuvieron los jóvenes, como han estado en la ciencia, en el arte, en el deporte, en las aulas y en los barrios
El Presidente insistió en algo esencial: “Cuando hablamos de unidad, no hay unidad sin los jóvenes; cuando hablamos de continuidad, no hay continuidad sin los jóvenes”. Es una verdad histórica.
Desde el joven Céspedes hasta el joven Martí; desde los mambises hasta los alfabetizadores; desde la generación del centenario hasta los que enfrentaron el período especial, la juventud cubana no ha sido espectadora, sino protagonista.
Los de ahora, dijo Díaz-Canel, “no son distintos, solo son de su tiempo”. Y tal vez ahí radique uno de los desafíos mayores: entendernos desde nuestro tiempo. Somos más desprejuiciados, más conectados al mundo, más audaces.
A veces se nos acusa de no leer, de no conocer. Sin embargo, el mandatario hizo énfasis en lo que por premura se olvida: “cuando uno habla con ellos, se asombra por el conocimiento que tienen y la profundidad con que pueden dar un criterio”.
Esta es mi juventud, la que también debate, cuestiona y exige explicaciones. Porque no basta con resistir; se necesita un plan. No todo puede averiguarse sobre la marcha. Muchos jóvenes, los que nos quedamos y los que se han ido sin romper con la Patria, nos hacemos la misma pregunta: ¿qué nos toca hacer para salir adelante? ¿Cómo convertir el sacrificio cotidiano en progreso tangible?
Tengo amistades que han decidido quedarse, incluso con mucha familia en otras latitudes. Otros partieron, pero no han renunciado a la isla que los vio nacer. Esa relación compleja, a veces dolorosa, también forma parte del mapa emocional de nuestra juventud hoy.
Sin embargo, no podemos romantizar la resistencia. No basta con aplaudir el heroísmo si no se crean condiciones reales para que los proyectos de vida florezcan aquí, y si no es ahora, al menos saber cuándo.
La familia tiene una responsabilidad ineludible: no se puede responder ante las inquietudes juveniles con un “para que aprenda lo que es pasar trabajo”. El hogar debe ser refugio, guía, raíz firme. Como bien sabemos, “el árbol que se riega desde la raíz, crece más fuerte”.
También las instituciones, escuelas, barrios, organizaciones deben fomentar espacios de participación auténtica. No como formalidad, sino como ejercicio real de construcción colectiva.
Si hablamos de participación popular, como señaló Díaz-Canel, “todo tiene que tener una salida de cómo convocamos y cómo participan los jóvenes”. Escucharnos no es un gesto simbólico, es una necesidad estratégica; porque hay sombras pero hay luces.
Existen jóvenes que apuestan por la ciencia y desarrollan proyectos innovadores; otros que desde el arte narran la Cuba que sueñan; deportistas que entrenan en condiciones difíciles y aun así levantan banderas; emprendedores que, con creatividad, buscan soluciones donde otros solo ven escasez.
La intranquilidad de la juventud no es un problema a resolver, es una fuerza a acompañar. Vulnerable, sí; crítica, también; inconforme, muchas veces. Pero profundamente capaz.
En medio de las calles oscuras persiste una convicción que no siempre se grita, se expresa en decisiones cotidianas: estudiar, trabajar, crear, cuidar a la familia, sostener la esperanza. Quizás esa sea la forma más auténtica de heroísmo en estos tiempos.
Si queremos que los jóvenes no se pierdan, no basta con señalar el camino; hay que iluminarlo. Eso implica escuchar, transformar, rectificar lo que deba rectificarse y confiar en quienes somos, como dijo el Presidente, “presente y futuro de la nación”.
La juventud cubana no pide milagros. Pide oportunidades. Y, sobre todo, coherencia entre el discurso y la realidad. Si logramos cerrar esa brecha, no habrá duda de que, una vez más, habrá que quitarse el sombrero.