Sin libreto: ¿Qué debe decir el teatro hoy? (I)

Aquella mañana arrancó sin concesiones, con el teatro mirándose a sí mismo desde la terraza del Consejo Provincial de Artes Escénicas (CPAE) convertida en ágora. Allí no hubo aplausos, ni discursos complacientes: hubo preguntas, alertas y una preocupación compartida por el estado del teatro contemporáneo cubano y, en particular, del que se hace y se sueña en la provincia.

El conversatorio, moderado por Idelfonso Molina Brizuela, director artístico del territorio y hombre de formación teatral, dejó claro que no se trataba de una charla más dentro del programa, sino de un punto de partida. No en vano, la Jornada Villanueva abrió con este debate: antes de subir a escena, hay que discutir el suelo que se pisa.

“Existe una gran expectativa por adentrarse en el mundo del teatro, pero creer que basta con pisar un escenario es desconocer que la escena tiene una historia, y no dialogar con ella es fallar desde el principio” apunta Idelfonso Molina.

En tiempos donde la inmediatez gana terreno, el director alertó sobre la pérdida de hábitos esenciales en los grupos teatrales avileños, entre ellos, la lectura sistemática de la obra dramática. 

“Si uno no lee teatro, no puede hacer teatro”, sentenció, y colocó sobre los hombros de los directores una responsabilidad doble: formar artistas, sí, pero también personas con cultura, pensamiento y ética profesional.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué tan sólido puede ser un actor o una actriz que arranca elogios al final de una función, pero es incapaz de expresarse con propiedad ante un medio de prensa, o de reconocer figuras esenciales de la historia de su oficio?

Llamado: ¿Qué bagaje cultural sostiene a quien no está dispuesto a dialogar con la memoria de lo que hace?

El debate se tornó sensible cuando Molina desmontó ciertas prácticas que, a su juicio, erosionan la esencia del teatro. Memorizar un texto y recitarlo al alzarse el telón no basta. Tampoco lo es “convertir la escena en una tarima vulgar para ventilar dolencias personales o discursos repetitivos, ese lenguaje no debe habitar el teatro”, afirmó.

En esa línea, defendió el respeto a la obra dramática como resultado de un proceso creativo profundo. Versionar no es manchar, aclaró, siempre que se respeten los códigos de la profesión. El problema surge cuando “cualquier panfleto sube a escena”, de ahí su crítica a cierta tendencia hacia un teatro contestatario que termina siendo estéril.

“El teatro no deja mensajes”, insistió Molina, provocando murmullos y asentimientos. “El teatro transforma, reflexiona, sacude... para mensajes están la prensa y las instituciones”, remató. 

Desde la óptica periodística, la idea se traduce así: una buena obra es aquella que hace que el espectador salga a la calle con una satisfacción física y espiritual nueva, con una pregunta que antes no tenía, con algo que no había visto, ni pensado.

Su llamado a no transgredir por transgredir, a no exacerbar acciones, se ancló también en la realidad cubana. Si vivimos aquí, recordó el director, conocemos los códigos del país y sus complejidades. Usarlos mal no aporta nada y, peor aún, agota al público.

idelfonsoTomada de Artes Escénicas_Ciego de Ávila Facebook“La crítica llega y no perdona”, advirtió. “El problema viene después, cuando los creadores reaccionan negativamente ante criterios fundamentados”Desde otra arista, introduce una reflexión clave en el debate: cada obra es un lenguaje, cada director construye el suyo y el espectador, sea actor, enfermero, arquitecto o historiador, lee ese resultado desde su experiencia. “Para reflejarnos en el discurso ajeno, primero debemos reconocernos con nuestros valores y carencias”, afirmó.

Brizuela plantea que el compromiso histórico del teatro con los destinos de la nación sigue siendo irrenunciable, y perderlo equivale al fracaso. Sin embargo, lamentó la escasez de espacios para el intercambio crítico franco, como aquel Mesón de la Colmena que funcionó en el propio CPAE donde, tras cada función, se debatía con la prensa incluida y el único objetivo de mejorar el trabajo.

De ahí brotaron propuestas concretas: rescatar premios teatrales provinciales que estimulen la creación, instaurar un galardón Abdala (martiano y coherente con la sala que lleva ese nombre) reconocer la crítica teatral, reactivar talleres de dramaturgia y apostar por un teatro de autor, que dialogue con el público avileño, cuyas particularidades culturales, defendió, no son iguales a las de otras provincias.

¿Por qué perder eventos como Sin Fronteras o el festival de monólogo Abdala?, preguntó Idelfonso, recordando que nacieron en contextos mucho más difíciles. Rescatarlos, aunque sea de forma gradual, podría generar un movimiento renovador en la provincia.

El tema de los incentivos atravesó el debate con un filo doloroso. Jóvenes y actores consagrados enfrentan hoy disyuntivas económicas que los alejan de la escena. “Renunciar al arte es terrible, dijo, pero si no tienes cómo sostener a tu familia, lo harás”.

A la conversación se sumó Carlos Ramos Rizo, actor y declamador, quien calificó a Idelfonso Molina como un paradigma de superación. Desde una mirada más popular, coincidió en el quid del problema: el actor es esencia, no presencia. No basta el maquillaje ni el vestuario si no hay conocimiento ni verdad en lo que se proyecta.

idelfonso Ramos Rizo insistió en la falta de incentivos, en el desgaste de vivir para el teatro sin poder vivir del teatro, y en el peligro del paternalismo y el oportunismo escénico

¿Eso es teatro o es oportunismo?, se preguntó al referirse a puestas que repiten miserias sin profundidad artística. Para él, el actor debe ser un intelectual, alguien que se prepare cada día y entienda que el teatro no es consigna.

Este encuentro efectuado en la Jornada Villanueva 2026, entre cuestionamientos, recuerdos y propuestas, dejó más inquietudes que certezas. Quizás ese fue su mérito: abrir un debate necesario sobre el presente y el futuro del teatro cubano y avileño.

En la segunda parte de este trabajo, otras voces se suman a la conversación, aportando nuevos criterios y, tal vez, respondiendo algunas preguntas que quedaron flotando en el aire, como un texto en escena que aún no ha terminado de decirlo todo.


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