Luz propia: el arte de crear desde adentro

Nailay y Jennifer, dos jóvenes avileñas, transforman cera de soja en velas aromáticas que huelen a vida, a amistad y a futuro

Hay una fragancia en el aire de Ciego de Ávila que no es casual. Viene de un pequeño taller donde dos mujeres jóvenes derriten cera de soja a fuego lento, mezclan esencias con precisión casi científica y dan forma, con sus propias manos, a velas que no solo iluminan: narran historias.

Se llaman Nailay Paz Trujillo y Jenniffer Lestayo González, y su proyecto —Bravella Velas Aromáticas— es mucho más que un emprendimiento. Es la materialización de una amistad que data de la infancia, de dos universitarias que decidieron apostar por su creatividad sin renunciar a quiénes son.

Se conocen desde que Nailay tenía nueve años y Jenniffer catorce. Cuñadas primero, hermanas de alma después. “Hemos estado juntas toda la vida”, dicen casi al unísono, y en esa frase cabe también la historia de Bravella: un proyecto concebido como extensión natural de quienes son, un espacio donde convergen la ciencia, el arte y el amor por lo natural.

De la soja al aroma, un proceso artesanal y consciente

La primera decisión que tomaron fue, también, la más reveladora: trabajar con cera de soja. No es un detalle menor. A diferencia de la parafina —derivada del petróleo, con emisiones cuestionadas para la salud—, la cera de soja es vegetal, biodegradable, no tóxica.

“Es vegana”, explica Nailay, quien se encarga de la elaboración directa de las velas. “Trabajamos con elementos naturales porque la cera lo permite y porque es coherente con lo que queremos transmitir”.

velas

Esa coherencia se traduce en cada pieza. Las velas de la línea marina llevan arena pintada a mano y estrellas de mar auténticas. Las de la línea floral incorporan flores deshidratadas.

La vela del café —la primera que concibieron— perfuma el ambiente con granos naturales visibles en su superficie. La de naranja, que Jenniffer reivindica como creación propia, lleva rodajas de cítrico deshidratado y clavo de olor.

Y la del merengue, su obra más compleja, requiere de ambas: es una vela tipo postre, elaborada en conjunto, que exige precisión milimétrica y no admite improvisaciones.

“Nosotras creamos los olores y les ponemos los nombres de acuerdo a lo que queremos evocar. Cada fragancia tiene su propio carácter”. —Dice Jenniffer Lestayo González

Dos perfiles, un proyecto

Lo que hace a Bravella singular es, en parte, la complementariedad de sus creadoras. Nailay es licenciada en Bioanálisis Clínico: su formación científica impregna la rigurosidad con que trabaja la cera, ajusta temperaturas y formula fragancias combinando notas de olor como quien dosifica un reactivo.

Jenniffer es ingeniera civil, y su mirada estructural se vuelca en el diseño de cada pieza: las etiquetas, las cajitas, los lazos, los papeles de envoltura, las bolsas. Todo lo que rodea a la vela es, también, parte de la obra.

“Yo soy la que trabaja con la cera como tal”, dice Nailay con la calma de quien sabe exactamente cuál es su lugar. Jenniffer, a su lado, asiente y añade: “Y yo me encargo de todo lo que es decoración.

Cada una tiene su parte, y hay velas que son de cada una: la de la naranja es de Jennifer, los marmoleados son de Nailay. Pero la del merengue... esa la hacemos juntas porque no hay otra forma”.

Tu luz. Tu aroma. Tu poder

Bravella opera sin tienda física. Sus canales son las redes sociales —Instagram como Bravella 2025, Facebook como Bravella Aromaterapia— y la confianza que se construye pedido a pedido, entrega a entrega.

La idea surgió hace aproximadamente un año; la producción arrancó en septiembre. En ese tiempo corto han edificado una identidad visual cuidada, tres líneas temáticas consolidadas y una clientela fiel que las busca por WhatsApp para encargar sus velas como se encarga algo que importa.

velas

El eslogan que eligieron lo dice todo: Tu luz. Tu aroma. Tu poder. Tres sustantivos que en su brevedad resumen la filosofía de un emprendimiento que no vende solo velas, sino la posibilidad de que, quien las recibe o las enciende, encuentre en esa llama pequeña algo propio, algo íntimo, algo que le pertenece.

En Ciego de Ávila, mientras la tarde cae y huele a café, a naranja, a algo que podría ser merengue o podría ser el futuro, Nailay y Jenniffer siguen trabajando. La cera se derrite, las fragancias se mezclan, las manos moldean.

Y en ese gesto cotidiano y tenaz, casi sin quererlo, dos mujeres jóvenes demuestran que la creatividad también es una forma de resistencia, que la belleza, también, es una manera de estar en el mundo, y que una vela encendida a tiempo puede, a veces, iluminarlo todo.


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