El bando Azul ganó, pero ¿quién debe decidir?

La promesa había quedado suspendida en el aire, como una de esas notas de una canción antigua que todos recuerdan, pero nadie termina de tararear. Le debía estas líneas a los bandos del Majagua, a ese estallido de música, color e identidad que cada año renace en las calles de ese pueblo avileño.

No era una deuda de bolsillo, claro, sino una deuda de memoria, la clase de obligación que se graba a fuego en el compromiso y que el tiempo, lejos de borrar, solo hace más apremiante. El tiempo pasó, las fiestas vinieron y se fueron, y la cuenta pendiente siguió ahí, latiendo. Porque hay deudas, como esta, que uno está moralmente obligado a saldar, sin importar los calendarios. Hoy, por fin, pago.

En este municipio avileño, el mapa no se divide en calles, barrios y comunidades, sino en lealtades. Preguntar “de dónde eres”, es cuestión secundaria en los días de la fiesta de los bandos.

La verdadera pregunta, la que define identidades, historias amistades y nuevos conocidos, es: “¿Eres del bando rojo o del azul?”

Llegar a este pueblo como foráneo, como un periodista que no porta ningún color similar al de los dos contendientes en la solapa, o en la vestimenta, es sumergirse en una dicotomía única, donde la rivalidad no se dirime en un campo de béisbol, sino en una pista de baile, sin odio, con la pasión como tradición.

El Azul volvió a ganar en Majagua. Su triunfo encierra una paradoja: mientras el jurado oficial lo consagra, muchas voces en las calles cuestionan su legitimidad.

Desde la posición de neutralidad, este redactor expresa su desacuerdo con un sistema de premiación que margina la voz colectiva, en una fiesta que fortalece identidades y, más que dividir, une a toda una comunidad. Entonces, es hora de que sea la propia gente —sin intermediarios— la que decida qué color merece coronarse.

Aún vibra en el aire el último redoble, aún flota entre el bullicio de la calle y la plaza el acorde de canciones, el sombrero alón, los corceles y sus jinetes, los comparseros… la tradición.

Unos vieron con beneplácito el marcador —92 a 88 a favor del Bando Azul—; otros, lógicamente, no. Eso depende del color con que se mire una fiesta legendaria que tiene sus raíces a finales del siglo XIX y se consolidó como popular a principios del XX, con un origen estrechamente ligado a las parrandas y charangas típicas del centro de Cuba, pero con una identidad propia que la distingue.

No fue un triunfo otorgado, sino arrancado en duelo cuerpo a cuerpo, en esa rivalidad de sangre compartida que define a esta comarca. El Bando Rojo, aguerrido y dolido por derrotas recientes, se lanzó al combate con la furia de quien busca la revancha histórica. Pusieron en la arena ochenta y ocho puntos de pura entrega, ochenta y ocho razones artísticas para disputar el cetro.

bando

Trajeron el vaivén dulce y cortante del Guarapo de caña, un baile que endulza el momento y, a la vez, revela la voluntad de conquistar; presentaron la alegría ingenua y turbadora de La gallinita ciega, juego infantil que forma parte de la vida rural y de la alegría que para los pequeños existía en la casa de Doña Joaquina; La Chismosa, El Gavilán, El Muñecón, El Pomporé; el Guanché, que este año cumplió cuarenta años de haber sido bailado por vez primera, entre otros que deleitaron al público.

Fue un asedio total, una embestida de música y color bien plantados que buscaba, por todos los medios, quebrar la hegemonía azul.

La escenografía del Rojo fue coherente y funcional; el guión, incluso reconocido por el propio jurado, fue catalogado de “cinematográfico, hecho por un profesional”. Sin embargo, por ¿…?, ahí perdieron dos puntos.

Pero el Azul, que tiene la veteranía del que conoce su fuerza, absorbió el golpe. Salió a la contienda con la elegancia desafiante de su comparsa y ya, en la Pista Joven, con la repetida frase: ¡Qué viva el azul!, sin otro parlamento atractivo, a diferencia del diálogo de su par que, sin dejar de mencionar la frase: ¡Qué viva el bando rojo!, informaba y guiaba al público: La Chismosa (un rescate del año 1986) El Cocuyé (1987), Guarapo de Caña (2025), además del excelente diálogo de Doña Joaquina, mujer enérgica, alegre, conversadora y bailadora.

Actas selladas y presillas que no hablan; un punto quitado al rojo por escenografía, sin explicar la razón. Pequeña incoherencia del jurado, dirían algunos especialistas.

El bando Azul, un estandarte ambulante de identidad, y con una estrategia cultural tan amplia como profunda. Supo que en Majagua la batalla no se gana solo en el escenario, sino en el corazón mismo dela gente. Y allí se fue, a conquistar.

Porque esta justa, en su esencia más pura, trasciende el simple enfrentamiento. Es la cultura popular tradicional la única vencedora absoluta, la que se pasea entre los bandos como una reina. La ciudad, en esos días, se transfigura. Derrama los colores de su división festiva por cada callejuela, y su atmósfera se carga de un júbilo hospitalario que envuelve al forastero; matrimonios que se “divorcian”, familias que se “dividen” en los días de fiesta. El niño es del rojo, nosotros, los padres, del azul. ¡Así se viven los bandos!

Se respira música y danza; el olor a tinta fresca de los libros que encuentran su espacio entre la multitud. Es un pueblo que, aunque mira hacia el mundo a través de las redes de Internet y se asombra con la tecnología, no olvida la sabiduría callosa de lo artesanal, la belleza tosca y verdadera de lo que nace de la tierra tras el esfuerzo humano.

En este festejo nadie queda al margen. Los niños y adolescentes, herederos naturales de esta pasión, se vieron en talleres donde pinceles y plastilinas eran las armas para expandir la imaginación. Concursos y encuentros que son semilleros de futuros comparseros y decimistas.

Todo ello fue posible por el empeño concertado de un pueblo entero: las autoridades que creen en la fiesta, los cultores que guardan la tradición como un tesoro, los bailarines que sudan la coreografía, los músicos que le dan el compás al alma colectiva, los decimistas e improvisadores que convierten el verso en crónica instantánea, los locutores que narran la epopeya y los técnicos de sonido que amplifican el corazón.

 bando azul

Y, en la penumbra del anonimato, esa legión de manos que modelan, cosen trajes y preparan la comida para los ensayos interminables.

Fue justo, entonces, reconocer en la clausura la impronta de los artífices, de aquellos viejos gladiadores del Rojo y del Azul que forjaron esta tradición. Y fue acertada la inclusión de artistas de la capital avileña, un puente tendido que enriquece el diálogo sin borrar el acento local.

Había que ver, solo había que ver, la entrega en cada propuesta. Desde el toque primigenio del tambor de parranda, el machete, las maracas, el tres, las claves, la marímbula, el güiro y su racarraca, con sonidos propios que llaman a los espíritus de la festividad, hasta las campesinadas donde el guateque se hace palabra y copla.

Allí, en ese fervor, se sabía que las cosas estaban saliendo bien. Que la tradición, aunque a veces discutida, seguía viva y firme, porque en Majagua nunca se quedará bien con todos. La pasión divide; también, une.

Lo importante, lo verdaderamente crucial, es ser fiel a esa historia cultural que corre por las venas como la savia en la caña. Majagua, donde se trabaja, se baila y se triunfa, no se duerme en los laureles y pese a contratiempos y carencias, las calles se desbordaron para celebrar las fiestas de sus bandos.


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