A cada paso, el dolor articular, la inflamación, el llanto..., signos distintivos de los encorvados que padecen la enfermedad de moda. En ocasiones, parecen autómatas que se desplazan porque no les queda otra alternativa que asumir las obligaciones cotidianas, ¡y vencer!
Cuando se aprecia el ir y venir de enfermos y convalecientes, a las personas que dentro y fuera de casa hacen posible el sustento familiar, o cuando en el umbral de un centro de trabajo nos percatamos de que una parte nada despreciable del colectivo no está, o labora a distancia, gana la percepción de que en los tiempos que corren suelen acompañarnos las heroínas y los héroes.
Tiempos en los que dolor resulta de las palabras recurrentes en las conversaciones, como lo ha constatado Invasor en calles, mercados, escuelas, fábricas, hogares.
No solo el dolor que proviene del chikunguña porque se junta con el que provocan, al interior del país, burócratas, indolentes y corruptos, quienes, como expresara el pasado día 18 el compañero Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República, “(... ) son la negación misma de la Revolución, porque en sus actitudes se esconde un desprecio profundo por el pueblo que es la esencia y el sentido de la Revolución (...) porque en ellos anida la traición”.
No se trata de que los anteriores sean los adversarios exclusivos de la patria, cercada allende las fronteras nacionales mediante un descomunal bloqueo, exacerbado, en los últimos años, por el principal enemigo del país; pero sí obstáculos sociales a los que habrá que vencer en el transcurso de 2026.
La máxima autoridad política de la República también definió, en la clausura del Sexto Período Ordinario de Sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en su X Legislatura, el grave contexto en el cual coexistimos con múltiples amenazas externas e internas. “El país vive una crisis dura, pero no está derrotado y nunca será derrotado”.
La aseveración del mandatario se sustenta en la confianza absoluta en el pueblo, con enormes reservas para multiplicar su protagonismo, amén de que la comunicación con las masas no siempre funciona como lo demandan los imperativos del momento porque, bien lo sintetiza Díaz-Canel, urge “explicar qué se hace, por qué se hace, qué efectos se esperan y en qué plazos. Nos falta innovación en la comunicación como ciencia. No es decir, es saber cómo se dice”.
Amén de ese y otros valladares, a cada cual, desde lo individual y colectivo, ha de correspondernos un fragmento de la inmensa obra que se necesita para derrotar a la desesperanza que, a veces, se viste con ropaje engañoso, con el avieso propósito de que optemos por la solución deslumbrante que solo conduce al derrumbe.
Al pueblo —como a los cuadros de dirección del Partido y el Gobierno, organismos y organizaciones—, corresponde asumir la parte que le corresponde para que los dolores del momento desaparezcan o pierdan fuerza.
Al pueblo, capaz de pulverizar esquemas porque su capacidad de creación e innovación no tiene límites.
Al pueblo, que sabe dónde encontrar a los burócratas, indolentes y corruptos, y a los demás, similares o peores, que sueñan con convertir en añicos la obra de la Revolución.
Y si el pueblo responde, no habrá dolor que nos derrote.