Detrás de la máscara

Todo parecía un juego, una simple travesura infantil. Sin embargo, con el paso de los días, sus movimientos comenzaron a imitar con más frecuencia a los de un gato o un lobo: en la forma de caminar, de saltar, de reaccionar. Hasta que un día soltó la frase que lo cambió todo: “Mami, soy una therian”.

El pánico se apoderó de su madre de inmediato. La palabra le resultaba extraña, incomprensible. Fue entonces cuando me llamó. Juntas comenzamos a indagar, a leer, a preguntar. Y decidimos dar el paso de buscar ayuda profesional, para entender qué estaba sucediendo.

Nos recibió Alicia Rodríguez Valdés, licenciada en Psicología y Máster en Atención al Niño con Discapacidad, en el Hospital Provincial Docente Doctor Antonio Luaces Iraola en Ciego de Ávila, quien asumió el caso con compromiso y sensibilidad. Su diagnóstico fue claro: estamos ante un fenómeno social que, en muchos casos, encuentra su raíz en carencias de tipo psicológico.

Y los más preocupante es que —según información aportada por la adolescente— este pudiera no ser el único caso, porque asegura que, al igual que ella, otros en su entorno se identifican con la comunidad theriana, que funciona como una red de apoyo donde hallan comprensión y sentido de pertenencia; un espacio donde se sienten comprendidos.

Hoy, cuando este fenómeno ha alcanzado una dimensión viral, escucho y leo todo tipo de opiniones, muchas de ellas desde el absoluto desconocimiento. Quiero dejar claro que no defiendo esta conducta, porque estoy casi segura de que existen falsos therian, del mismo modo que abundan los falsos profetas. Al fin y al cabo, somos seres diversos, contradictorios y, sobre todo, humanos.

El término proviene de therianthropy, de origen griego, que significa “bestia salvaje” y, el síntoma no es nada nuevo, desde los relatos bíblicos de Nabucodonosor quien “paseó siete años como un buey” según un relato bíblico, hasta los hombres lobo que asustaban en los pueblos europeos. La humanidad siempre ha mirado con fascinación y miedo esa línea tan delgada que separa al hombre de la bestia.

Lo que antes era mito, castigo divino o, en el peor de los casos, un delirio que encerraban en manicomios, ha mutado en el siglo XXI en una declaración de identidad: la de los therians. Hoy se estima que alrededor de cuatro millones de personas en el mundo se sienten identificadas con un animal.

La comunidad therian salió de los foros escondidos de Internet y se ha convertido en un fenómeno sociocultural que, empujado por la viralidad de TikTok y el anonimato de la red, se reúne en parques de Ciudad de México, Buenos Aires o Santiago de Chile. Y uno se pregunta: ¿esto es una moda pasajera, un trastorno o el reflejo de algo más hondo que está pasando?

Ante la polémica, me causa admiración que la ciencia, por el momento, se haya quitado el estigma de encima. Estudios serios señalan que la teriantropía —esa conexión espiritual o psicológica con un animal— no constituye en sí misma una patología. Los niveles de depresión o ansiedad entre los therians no son distintos a los del resto de la población.

Ellos no buscan hormonas ni cirugías, como ocurre en otras luchas identitarias, sino un lenguaje simbólico para explicar lo que sienten por dentro: desde los llamados phantom shifts (la sensación de tener cola u orejas imaginarias), hasta una empatía muy profunda con el mundo natural.

Más allá de la imagen del joven que aúlla o se pone una máscara para sentirse más cerca de “su(s) animal(es)”, este fenómeno nos está diciendo algo importante, aunque no siempre queramos verlo. Porque justo ahora, en estos tiempos donde vivimos hiperconectados, pero emocionalmente solos, algunos jóvenes encuentran en la figura del lobo, el zorro o el felino, entre otros, un anclaje simbólico bien primitivo.

El animal, se convierte para ellos en una metáfora de lo instintivo, de lo simple, en medio de tanta complejidad y desconexión. Al respecto, la argentina María Elisa Benetti, licenciada en Psicología, habla del riesgo de que adolescentes vulnerables queden “atrapados en una búsqueda vaga de identidad, creando refugios mentales que, llevados al extremo, pueden traer inestabilidad”.

Y es que el peligro no está en la identidad en sí, sino en la fragilidad de quien la adopta sin un acompañamiento adecuado, confundiendo la metáfora con una coraza contra un mundo que duele. En el fondo, esto nos interpela a todos, por esa necesidad de encontrar tribu en medio de la soledad, de buscarle sentido a la vida cuando los relatos colectivos se han ido desmoronando.

Tal como el antiguo nahual mexicano, que operaba dentro de una cosmología comunitaria, el therian de hoy construye su bestia interior en la soledad de su habitación o frente a una pantalla. La diferencia es que, mientras el primero respondía a un orden establecido, el segundo es el reflejo de una sociedad que, al no encontrar su lugar, intenta recordar de qué selva viene.

Por eso, cuando un muchacho dice sentirse un lobo, no está huyendo hacia lo salvaje: está huyendo de una realidad humana que le resulta insoportable. Huye de la presión constante, de la expectativa infinita, de la comparación, del bullying, de una sociedad que le exige popularidad y likes mucho antes de que tenga herramientas para gestionar todo eso.

Cuando un joven no logra encajar en el mundo humano, se ve obligado a crear uno propio donde pueda respirar, un refugio donde el animal no le exige nada de eso.

Para ellos es más fácil decir “soy un lobo” que admitir “no estoy bien”, porque el sufrimiento no recibe aplausos, pero una identidad nueva sí genera atención y pertenencia.

Si normalizamos sin análisis, podríamos estar validando la idea de que dejar de ser humano es una solución válida al sufrimiento humano. Y no lo es. La comunidad virtual ofrece alivio y pertenencia, y eso sana, pero cuando la identidad se construye desde la evasión del dolor, corremos el riesgo de que la huida se torne crónica, y convertir un síntoma en una identidad fija.

No cabe dudas de que estamos ante un mensaje generacional que no pide que lo aplaudan ni que se burlen de él: pide que lo escuchen. Reírse es fácil; investigar y asumir nuestra responsabilidad como adultos es mucho más incómodo. No se trata de cuestionar su búsqueda de identidad, sino de preguntarnos por qué ser humano les duele tanto.

Lo cierto es que cuando un fenómeno se da en masa, deja de ser una moda para convertirse en un síntoma social. Y su mensaje no es “quiero ser un lobo”, sino un grito desesperado que dice: “no estoy bien siendo humano en el mundo que me han dado”.


Escribir un comentario


Código de seguridad
Refrescar