De renovadas apetencias territoriales, petroleras y otras más —declaradas desde los primeros momentos en la Casa Blanca del 47 presidente de EE.UU.—, pasando por coacciones arancelarias e injerencias en elecciones, hasta llegar a letales ataques a pequeñas embarcaciones, robo de tanqueros y quizás bombardeo a instalaciones en tierra, transcurrió el año 2025 para una América Latina acosada y agredida por el imperio, que ha renovado la Doctrina Monroe con el llamado “Corolario Trump”, conclusión inevitable de “América para los americanos”, habida cuenta de que “americanos” es solo sinónimo para los de su Estados Unidos.
Por ello el 2026 se anuncia con augurios más turbulentos y adversos para las naciones latinoamericanas y caribeñas, como parte de desorden global que el mandatario estadounidense ha entronizado, en su pretensión del control absoluto del Hemisferio y sus riquezas.
Se enarbolan justificaciones engañosas para lograr tal propósito e impacto: la seguridad de sus fronteras para impedir el paso de la indeseada migración desde el sur, a la que dan calificativos denigrantes que demuestran racismo y xenofobia —intrínsecas a los ejemplares del nacionalismo blanco del actual gobierno estadounidense—, y la entrada de drogas como el fentanilo, declarada “arma de destrucción masiva”, con las implicaciones de intervención que ello puede tener, y que le ha servido para apuntar contra México, Colombia y Venezuela, ya sea desde la diplomacia chantajista o los cañones de su flota en el Caribe, con la que dicen garantizará la “democracia” frente a las que llaman “dictaduras” (Venezuela, Cuba y Nicaragua), y al mismo tiempo ser el muro de contención a la influencia china que le quita negocios.
Washington obtuvo resultados para sus propósitos en el año que concluyó y va por su consolidación en este 2026 recién comenzado.
En su discurso inaugural el 20 de enero, Donald Trump dijo que quería de vuelta el Canal de Panamá, y si bien este sigue bajo administración istmeña ya hay tropas entrenándose para guerras en las selvas en ese territorio en medio de un continuado aumento del cerco militar a Venezuela establecido desde su flota en el sur del mar Caribe y la utilización de hangares o facilidades de tránsito para la aviación de guerra en Puerto Rico, República Dominicana y Trinidad-Tobago.
Sin obviar los erráticos pasos de las izquierdas incapaces de buscar la unidad salvadora, significativo en el empuje imperial fueron las victorias de la derecha y la extrema derecha en las elecciones de Ecuador, Bolivia y Chile, y la descarada injerencia de Trump en las de Honduras, donde han consumado un golpe de estado electoral, que han volteado el mapa político de la región donde ya sobresalían los indiscutibles aliados de Argentina, El Salvador.
Los males del gobierno de Javier Milei en Argentina, donde se estima que la pobreza atrapa al 57,4 por ciento de la población del país —aproximadamente 27 millones de personas—, se multiplicarán en estos regímenes que se entregan de inmediato a las políticas de austeridad para pagar las deudas impagables, pero que sirven para mantener una dependencia neocolonial sin importar el gran daño colateral a la mayoría de sociedad.
Para este nuevo periodo de 12 meses, van y aspiran a más cambios políticos drásticos con la derechización con los procesos comiciales que tendrán lugar en Costa Rica, Perú, Colombia, Haití y Brasil.
En algunos de esos casos ya los ataques mediáticos contra las fuerzas de izquierda o del progresismo son brutales, empleando a fondo una narrativa demonizadora parte de una guerra cultural y va acompañada de presiones económicas.
Otro elemento a tener en cuenta son los riesgos de una recesión mundial, que pudiera provocar en buena parte la guerra arancelaria iniciada en 2025, y que afectaría a las economías latinoamericanas, aunque el contexto económico mundial es impredecible incluso para especialistas.
De ser adverso a nivel global, significaría que América Latina y el Caribe se mantendrían atrapadas en un bucle de bajo crecimiento como define la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) la situación del área, donde es proverbial la desigualdad estructural.
En este aspecto de la economía, se intensificarán las presiones de Estados Unidos para excluir a la beneficiosa presencia de China y su política de ganar-ganar, para sustituirla por la rapiñera de los consorcios del capital fundamentalmente estadounidense que irán tras el petróleo y las reservas gasíferas, los minerales raros y los tradicionales como el cobre y el oro, el litio del triángulo Argentina-Bolivia-Chile, y hasta el agua dulce y los pulmones del mundo…
De entrada, pudiéramos decir que políticamente ya han dividido y, por tanto debilitado a organismos de concertación e integración como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y de oportunidades comerciales como el Mercado Común del Sur o Mercosur.
Este debilitamiento contribuye a que la porción geopolítica sureña mantenga la grave desigualdad en su desarrollo productivo y en su componente social, que a su vez propician la migración hacia ese “Norte revuelto y brutal que nos desprecia” y será otra vuelta a la noria de una frontera norte herméticamente cerrada, nuevas expulsiones, más desempleo en el sur, y lo de nunca acabar, lo cual es camino cierto hacia estallidos de malestar social.
Esta es la situación a grandes rasgos y desde los puntos esenciales. Un panorama complejo y desafiante, que parece más bien adverso para los verdaderos intereses de los pueblos y no los que les hacen creer en un maremágnum de redes falsas y escenario de tensión entre fuerzas contrarias y de vulnerabilidades crónicas.
En él flotan más de una pregunta clave, aunque hay una que parece crucial para el devenir geopolítico de la región: ¿Qué puede ocurrir en el continente si ante la resistencia del pueblo bolivariano de Venezuela Washington decide una intervención militar?,¿La dejarán sola a su suerte, aceptando los pueblos tamaña imposición o generará un conflicto de consecuencias catastróficas y final impredecible?