Ya es la fecha pactada. Poco antes había llegado a Cuba la orden de comenzar la rebelión el día previsto por todos los patriotas implicados: el 24 de febrero de 1895. “Aceptados giros”, podía leerse en un pequeño trozo de papel que un enviado de Martí y Gómez había traído a la isla dentro de un tabaco.
El alzamiento estaba concebido para ser un acto rápido y simultáneo, que sacudiera a toda la Isla y tomara por sorpresa a la Corona española. Así sería poca la sangre derramada y pronto el sendero hacia la independencia nacional.
La Guerra Necesaria, nacida de la mente preclara de un poeta, debía causar el menor sufrimiento posible a los cubanos.
Sin embargo, no todas las provincias tomaron las armas. A la hora de la verdad, solo Oriente, Matanzas y algunas comunidades aisladas de Las Villas cumplieron la palabra empeñada y se levantaron contra el poder colonial español.
Con la mayor parte del país en calma, a las autoridades peninsulares no les resultó difícil sofocar el intento independentista en casi toda la Isla y atrapar a los organizadores locales.
Solo el bravo Oriente, el de Yara, Baire y Baraguá, consiguió sostener la guerra y llevarla hasta los confines de la región occidental.
Esta es una historia sumamente repetida, que todos aprendemos en la escuela, y tiene mucho que ver con la terquedad y el espíritu insumiso de los cubanos.
Luego del Zanjón y del fracaso de la Guerra Chiquita, la epopeya de los mambises parecía condenada a morir sin lograr su objetivo, pero una vez más decidieron plantar cara a España, sin otros recursos que los pagados, en su mayoría, por los tabaqueros del exilio, y, contra todo pronóstico, ganaron la guerra.
Ahora parece muy natural y lógico que la gesta protagonizada por Martí, Gómez y Maceo haya derrotado al colonialismo español, pero habría que preguntarse cuántos pensaban eso en la noche del 23 de febrero, cuántos apostaban por aquellos locos que habían decidido poner el pecho a las balas una vez más.
En realidad, al independentismo lo apoyaban muchos menos cubanos de lo que hoy pudiéramos creer.
Esos retazos de memoria nos vienen bien por estos días, cuando los mambises del siglo XXI estamos otra vez frente a la encrucijada de someternos a un orden internacional injusto o plantar cara a un imperio, probablemente solos, sin más ayuda que la solidaridad de los pueblos, ni más recursos para resistir que el filo del machete y la voluntad de no dejarlo caer mientras respiremos.
El machete sigue siendo el mismo. La saña imperial, también. Solo ha cambiado el nombre del enemigo, pero mantenemos la certeza de que, si entonces pudimos, ahora también podemos.
Otra vez contra todo pronóstico. Otra vez, si hace falta, solos.