“Los límites los pone uno mismo”

joven Tiene 28 años, es ingeniero eléctrico y desde hace año y medio dirige el Centro de Telecomunicaciones Principal de Etecsa en Morón. Alejandro Pruneda Morales no llegó al cargo en paracaídas, sino después de pasar por varios puestos y aprender algo de cada uno.

Empezó como probador de cable en el Departamento de Operaciones en la Red. Luego fue despachador de órdenes de servicio, después jefe de planta exterior y más tarde reserva del jefe de centro. Cuando ese jefe terminó su gestión, a nadie le sorprendió que Alejandro fuera la persona propuesta para sustituirlo.

¿Por qué él? No tiene una respuesta clara. Tampoco se detiene a pensar demasiado en eso. Dice que simplemente había estado ahí, haciendo su trabajo lo mejor posible, sin cogerle miedo a las responsabilidades. Tampoco escuchó las frases de desaliento, los comentarios sobre su corta edad o lo difícil que sería cumplir con los deberes del cargo. Se atrevió a decir que sí, y un buen día se vio convertido en el máximo representante de Etecsa en la Ciudad del Gallo.

Cuando asumió, a los 27 años, la mayoría de los trabajadores del centro eran mayores que él. Tenía bajo su dirección personas en edad de jubilación y también jóvenes de 25 o 26 años, casi sus contemporáneos. La diversidad no era el problema, sino el prejuicio de la edad y la supuesta inexperiencia. “Hay personas que me decían que no iba a poder —recuerda—. Pero yo creo que los límites los pone uno mismo. Si te quedas solo con lo que te dicen, nunca harás nada”.

Una de sus obsesiones es que los trabajadores entiendan los objetivos de la empresa. No solo los más importantes y generales, sino los de todos los días, los cotidianos. “Si el trabajador no es capaz de ver los objetivos, todo se vuelve complicado”, explica.

Por eso insiste en hablar con su equipo, en escuchar, en ajustar lo que pueda ser modificado o mejorado. Sabe que no puede resolver todas las dificultades materiales, pero sí lograr que cada miembro del personal comprenda el porqué de las demoras o de algunas carencias.

Trabajar en Etecsa hoy no es sencillo. Los clientes suelen llegar con inconformidades, los recursos escasean y las averías se acumulan. Alejandro no esconde esa verdad. La pone sobre la mesa cuando conversa con sus compañeros. “Los tiempos difíciles son donde se mide a las personas. Ahí es cuando hay que reconocer el esfuerzo de los miembros del equipo”, dice.

Y tiene todo el sentido del mundo, porque una cosa es trabajar en tiempos de bonanza y otra muy distinta mantener la calma, maniobrar entre cientos de dificultades y encontrar cada día nuevas soluciones. Él ha aprendido a no dejar que los problemas pequeños se conviertan en bolas de nieve. Eso, admite, requiere mirar más allá del día a día.

Aunque es ingeniero, formado en la Universidad de Camagüey, asegura que no fueron las aulas lo que más le ha ayudado a cumplir su tarea actual, sino los años de recién graduado, aquellos que pasó probando cables y despachando órdenes de servicio. “Empecé desde el puesto más bajo que había, y por eso sé lo que se siente estar del otro lado”.

Esa experiencia le ha dado una ventaja: entiende las limitaciones de los trabajadores, sabe cuándo una orden es realista y cuándo no. También sabe cuándo alguien solo necesita sentirse escuchado.

Alejandro sigue en Morón, dirigiendo un centro tecnológico con los recursos justos y la presión de un servicio que la gente necesita todos los días. No se queja ni se rinde. Tampoco se cree un héroe. Simplemente aprendió hace tiempo que los límites, casi siempre, los pone el que decide quedarse quieto… Y él nunca ha sido de esos.


Escribir un comentario


Código de seguridad
Refrescar