Piñazos

No pretendo comentar sobre la vigésimo tercera edición del Festival Piña Colada, programada del 2 al 5 del presente mes, en los escenarios de las ciudades de Ciego de Ávila y Morón.

Quiero tratar un tema de obligada reflexión porque el pueblo recibe piñazos en los bolsillos cada vez que visita a lo que suele llamársele lo del Boris, a un costado del hotel Rueda, en la capital avileña.

Créanme que no conozco personalmente al aludido. Sí reconozco y aplaudo la existencia de un espacio para hallar los recursos vitales destinados al sustento de la vida humana, en medio de una crisis sin precedentes, que pica y se extiende, por los caros alimentos y artículos de primerísima necesidad.

Las esquinas cerca del bulevar, de las calles Independencia, José María Agramonte, Joaquín de Agüero y Simón Reyes, se ponen al rojo vivo. Bicicletas, motorinas, coches, carretones, autos, motos y otros aparatos son una amenaza para los transeúntes.

Hace poco un anciano, muleta en mano, sufrió varios golpes al caerse al suelo. Allí los obstáculos de todo tipo superan a las barreras arquitectónicas.

Lejos de un acto de tacañería, les sugiero a los que van a forrajear, llevar jabas porque las llamadas cubalse se han entusiasmado. Las hay de 10.00, 15.00 y 20.00 pesos. Tal vez, en la misma cuadra, de una mano para la otra, se forme el trapicheo de esas bolsas entre los revendedores.

En el negocio del aceite vegetal, un hombre ofertaba el pomo de 900 mililitros a 1150.00 pesos, su colega al lado a 1200.00 y otro a 1250.00 a pocos pasos de distancia. Por supuesto, me decidí por el primero, porque el dinerito de los periodistas es como agua y sal.

El jabón de baño ha subido más que su espuma. Mientras que el detergente de envases pequeños y medianos, casi perdidos, ceden espacio a los de mayor contenido y precio.

Las salchichas se confabularon con el huevo y el pollo para elevar las tarifas. De manera que el ciudadano común se arrima a los puntos donde venden picadillo, hamburguesas y croquetas.

Y si decidimos echarle también a la jaba azúcar refino, harina de trigo y pastas alimenticias, no hace falta lápiz ni papel. Así la cuenta tampoco da, pero tenemos que seguir guapeando, porque, en la bodega o tienda de víveres del barrio, hacer la tarea con la libreta de abastecimientos es prácticamente nula o vacía.

Aunque dicen que hacen daño al sistema digestivo, los refrescos de distintos sabores de los pequeños paquetes, salvan el juego en casa, ya que la leche líquida de vaca y la de polvo se sumaron a la rumba de los precios abusivos y especulativos.

Un párrafo aparte merece la gestión de los encargados de los puntos de ventas no tan sofisticados en cuanto a infraestructura, a cargo de trabajadores por cuenta propia, inteligentes en la competencia con precios más bajos que la mayoría. Pero, no voy a citar valores ni ubicación para que no les hagan mal de ojo.

A pesar de este mejunje tarifario, el quid de mi comentario es proponer, ¿por qué no se protege del infarto cotidiano que le provoca esa candonga desordenada al corazón de la capital provincial de Ciego de Ávila?

Hace tantos años de su desaparición que no recuerdo cómo le llamaban a ese espacio a pocos metros de la actual susodicha venduta, creo que lo apodaban el sitio de los bandidos del río frío o algo por el estilo. Ellos disparaban los precios, pero no eran pistoleros del Oeste. Estaban organizados en cubículos debajo del puente elevado, o de Los Elevados, como les llamamos los avileños.

Aunque allí hay letreros que advierten prohibido defecar y orinar, devienen baños públicos de no pocos desatinados o desesperados, porque, a decir verdad, son hoy esos locales como productos deficitarios en el enclave citadino.

Que fea se ve esa parte de la ciudad, al lado del hotel Rueda, invadida por revendedores de arroz, frijoles, ajo, cebolla, viandas y hasta la madre de los tomates. Muchos de ellos timadores del pueblo, violadores de la legislación y protagonistas de una película burlesca, porque, ante el aviso de alguno de sus compinches: “¡Inspectores a la vista!”, se forma lo que se deforma.

No voy a entrar en detalles si las inspecciones son sorpresivas o avisadas. La realidad es que ellos siguen allí y… ¿por qué los organismos responsabilizados con la exigencia por el cumplimiento de la ley y el orden no organizan a dichos revendedores, dialogan con ellos y tratan de convencerlos para que sus ofertas formen parte de la seguridad alimentaria y nutricional, pues no hay tanto que agarrar en los Mercados Agropecuarios Estatales?

Mientras se “cocina” o no mi sugerencia, los paquetes de pollo siguen destilando sus desechos sobre los portales, las moscas alimentándose con los residuos de las cajas de picadillo, el viento despeinando las ristras de ajo y cebolla, algunos buceando en la basura. ¡Que horror…!”, exclamaba una señora.

Al decir de la frase popular, utilizada en el mejor sentido de la palabra, sería un “piñazo” dejar en el lugar a los vendedores en los locales aledaños y los que ejercen la tarea desde sus propias viviendas, darle cultura urbanística y modernidad al mercado, sino seguirá siendo un bofetón a la civilización en plena vía pública de la Ciudad de los Portales. 


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