Especialista de segundo grado en Medicina General Integral, máster en Urgencias, profesora auxiliar e investigadora agregada, la doctora Migdalia Albelo Rey acumula más de tres décadas de entrega absoluta
Hay médicos que miden su vida en horas de consulta, otros en publicaciones científicas. Migdalia Albelo Rey la mide en países, en madrugadas de urgencia y en niños que no eran suyos pero a los que curó como si lo fueran.
Ella habla pausado, con la certeza de quien ha visto de todo. Es especialista de segundo grado en Medicina General Integral, profesora auxiliar, máster en Urgencia y Emergencia Médica e investigadora agregada. Pero cuando se le pregunta por sus credenciales, los títulos parecen quedarse cortos. Porque lo suyo, se nota, es otra cosa.
Lleva 33 años y medio ejerciendo en la atención primaria, aunque si se suman todas sus experiencias laborales la cifra asciende a 36 años. Y en ese tiempo, cuenta, no se ha quedado quieta. Ha estado en Venezuela, en Brasil y, por último, en Guyana. Allá fue, dice, sin esperar nada a cambio. Atendió al grave, a la embarazada, al anciano que ya nadie quería escuchar. Todo sin interés monetario. Todo con esa mezcla de humanismo y convicción que ella no negocia.
Mientras habla, se le escapa un nombre: Fidel. Y entonces su voz se afina. En el centenario del Comandante en Jefe, Migdalia agradece haberse formado bajo su generación. No lo dice como un verso aprendido, sino como un dato biográfico irrenunciable. “El internacionalismo proletario por encima de todo”, repite, como quien recuerda una promesa hecha en voz alta hace décadas.

Pero su gratitud no es abstracta. Agradece a su país por haberla hecho médico. Agradece a su país por haberla hecho internacionalista. Agradece a sus compañeros de trabajo porque, dice, en los momentos difíciles que hoy vive Cuba, ellos la mantienen firme.
Entonces llega la pregunta del reconocimiento. Y Migdalia Albelo Rey, que ha repartido salud en cuatro países, que ha sumado más de tres décadas de entrega sin límites, se sacude cualquier falsa modestia. Para ella, ese galardón —el que la acredita como internacionalista— es lo más grande, lo más prestigioso, lo más solidario, lo más humanitario, lo más grandioso que puede llevar un ser humano.
Lo dice dos veces. Por si alguien todavía dudaba.
Porque al final, en la vida de esta médica cubana, los límites los puso ella misma: ninguno.