Misleidy Abad/Facebook ¿Cómo hacer entender a una abuela nonagenaria que el apagón no lo podemos evitar, y que la música que retumba afuera de su casa hasta el amanecer, tampoco?
¿Con qué palabras convencer a su hija octogenaria, con hipersensibilidad auditiva, de que el ruido es parte de la “cultura” y que ella ya tuvo su tiempo de bailar?
¿Cómo pedirles a los jóvenes que no se diviertan, o a los músicos que no toquen, o a los negocios que no vendan?
¿Acaso existe la posibilidad de que todos quepamos en esta ciudad sin que unos tengan que padecer por el disfrute de otros?
Suman tres semanas ya desde aquella fiesta que comenzó como una actividad puntual en la céntrica calle Chicho Torres, en el reparto Vista Hermosa, bajo la guía del DJ Yankiel Delgado y su proyecto Habana Team Cuba Audiovisual Project, y hoy se ha convertido en una saga de ruido sin tregua.
En ese entonces los vecinos denunciaron madrugadas en vela. Daylin Trujillo denunció en un post de Facebook que: “…frente a mi casa está el que los jóvenes decidieron sería el parqueo de las motorinas, diría yo que fiesta aparte y nadie hace nada ni el delegado que además dice que a ningún vecino le ha molestado la fiesta y que se contó con nosotros”.
Ahora el escenario ha cambiado: los mismos músicos, el mismo equipo de sonido a todo volumen, se han trasladado a la pista La Guajira. Y con ellos, el mismo problema envuelto en nueva dirección.
En medio de apagones, del agua que llega cada quince días o más, los residentes de otro barrio avileño se suman al calvario.
Y es que el debate ya no es si se debe promover el talento joven —algo que nadie discute—, sino, si es posible hacerlo sin convertir el derecho al descanso en un daño colateral aceptable.

No se trata de señalar a un artista en particular. Yankiel Delgado es un promotor reconocido que en 2019 llevó su gira “Con Cuba para todos los tiempos” a nueve municipios de la provincia, y su trabajo merece reconocimiento.
La crítica no va dirigida a él ni a su proyecto Habana Team Cuba Audiovisual Project como iniciativa cultural, sino a cualquier actividad —sea de quien sea— que termine atentando contra la tranquilidad de los vecinos y violentando las normas establecidas.
La responsabilidad última, sin embargo, no recae en los artistas, sino en las autoridades que tienen la obligación de regular, supervisar y hacer cumplir la ley.
Otro vecino también se queja de la falta de respuesta institucional, Romelio Rodríguez, denuncia en la red social de Facebook: “Ya vamos por dos fines de semanas sin dormir (de 8:00 pm a 4:00 am)”.
Lo doloroso es que la pregunta flota sobre la pista La Guajira igual que flotaba sobre Chicho Torres: ¿Por qué las autoridadesdel territorio dan vía libre para violar normas ambientales, horarios y el elemental derecho al sueño?

La solución no es prohibir, sino organizar. Ciego de Ávila tiene espacios diseñados para grandes concentraciones —la Plaza Máximo Gómez, incluso instalaciones deportivas en zonas de menor densidad poblacional— que pueden albergar estas propuestas sin que un barrio entero pague el precio.
Establecer horarios límite (las 12 de la noche, por ejemplo), regular los decibeles conforme a las normativas del Citma, y rotar las locaciones con criterio planificado no es coartar la creación artística, sino civilizar el espacio público.
A las autoridades —gobierno, delegados, Citma— les corresponde dejar de hacer oídos sordos. La omisión, en este contexto, es una forma de complicidad.
A los promotores culturales y artistas, recordarles que el arte gana en calidad cuando no se impone a costa del prójimo, y que ningún proyecto —por valioso que sea— está exento de cumplir las reglas básicas de convivencia.
A los jóvenes, que su derecho al disfrute no anula el derecho al descanso de una abuela de 101 años, o de una señora con sensibilidad auditiva, o un niño; en fin, a cualquier familia que precisa descansar y recobrar el aliento de un día fatigoso.
La cultura debe ser inclusiva. Y la inclusión no puede significar que unos bailen mientras otros, tres semanas después, sigan perdiendo el sueño.