El desafío de la libertad

 arteMisleydi Abad/Facebook Desde tempranas edades, al comienzo de los primeros años de enseñanza, tanto en Cuba como en otras latitudes del mundo hay algo en común: la enseñanza de la historia, pero aún queda pendiente en algunos centros escolares, asumirla como indicador cultural en la medida que proporciona valores a una localidad, región o país.

Aparejado a ella, de una forma u otra, la televisión entretiene, a través del televisor, dode, con la misma fragilidad del cristal de la pantalla, los seres humanos pueden quebrarse ante los impactantes efectos de los contenidos y sus respectivas narrativas o discursos.

También se suma a ello, la incidencia de otro facilitador de la comunicación, el teléfono móvil. Con este son exuberantes las posibilidades comunicativas: cada quien que lo porta tiene “la información del mundo en las manos”, una vez conectado a las redes sociales y sus “enredos”.

Aunque se afirma que la juventud es la más avezada en el uso de la tecnología, no quedan atrás las generaciones que le precedieron, porque, sus facilidades y entretenimientos son muy atrayentes. Pero no estaría de más preguntarse qué se consume: entretiene/entretener/entretenimiento, es decir, qué sucede entre la emisión de los contenidos (ideas, conceptos) y sus receptores (consumidores). Entre lo uno y lo otro, el hombre es merecedor de entretenerse a sí mismo (entre-tenerse) con una oferta humanizada que aporte a su calidad de vida. Urge no estancarse entre tantos “entres”, teniéndole subyugado a una inútil entrega a lo estéril —propósito recargado de intenciones gélidas—, sino, a un enriquecimiento cultural, de gratas emociones y sana espiritualidad.

Ahora se difunde en demasía lo contrario, provocando negativas actitudes en las que el vacío induce a conductas deshumanizadoras (infantilización de los adultos, adulteración de la infancia), derivando de ello, a gran escala, lo vano…
Nadie está exento de los efectos positivos de la tecnología y la ciencia —con sus innegables aciertos, y aportes—, así como los negativos, con su denigrante carga en contra de la integridad humana. La infancia, juventud y adultez tienen la posibilidad de recepcionar importantes datos, e interesantes informaciones, pero reciben, además, los influjos más grotescos, espeluznantes. Resulta un imperativo la consciente utilización de ambos medios de comunicación donde aplica una suerte de moneda con sus dos caras (comunicación-desinformación).

Ante la globalización, se requiere adquirir conocimientos de historia —local, nacional, universal—, se aprenderá sobre las otras realidades culturales relevantes como la nuestra. Esto exige, además, el reconocimiento del legado identitario de la comunidad. Por ende, ha de concedérsele vital importancia a la indagación sobre el contexto que habitamos; o sea, debemos dedicar parte de nuestro tiempo a prácticas que contribuyan a nuestro crecimiento personal. Entre esas posibilidades se hallan: la aproximación al estudio, y el conocimiento y comprensión de la historia, tanto como al gozo de la cultura y el arte.

La identidad como expresión cultural de la localidad

Hoy la cultura desempeña un rol fundamental ante la intencional, y constante pretensión homogeneizadora de la cultura a través de las imposiciones occidentales. Se impone la imprescindible apelación a la resistencia cultural, a partir del reconocimiento de la identidad, y la memoria histórica.

Un acercamiento a la globalización puede esclarecer la imprescindible instrucción y educación de las personas acudiendo a Paulo Freire —pedagogo, educador y filósofo brasileño, considerado el fundador de la pedagogía crítica—, quien considera: “Si la misma globalización significa la superación de las fronteras, la apertura sin restricciones al libre comercio, que desaparezca entonces, quien no pueda resistir”. Al respecto no se indaga, y vale ejemplificar, “si en momentos anteriores de la producción capitalista, las sociedades que hoy lideran la globalización eran tan radicales en la apertura que ahora condicionan una condición indispensable para el libre comercio”, quedando claro cómo “la ideología neoliberal se esfuerza por hacernos entender la globalización como algo natural, o casi natural, y no como una producción histórica”. La narrativa (o discurso, etc.) de “la globalización, esconde, sin embargo, que la suya es la ética del mercado y no la ética universal del ser.

De modo coincidente, es reconocible cómo ese discurso “oculta con astucia o busca confundir en ella la reedición intensificada al máximo, aunque sea modificada, de la espeluznante maldad con que el capitalismo aparece en la Historia”. Emergente resulta anteponer el ser al tener, atendiendo lo axiológico, pues, de lo contrario, el hombre se traicionaría a sí mismo: se impone la preservación de sus legítimos intereses. La cultura como “segunda naturaleza” es enriquecida a raíz de la diversificación de presencias y actuaciones de los habitantes de cualquier sitio.

La insistencia sobre la importancia de la atención a la formación de la identidad es un proceso necesario en la preservación de la cultura; concebido como un sistema de pertenencias ontológicas, que incluye la interrelación de procesos de identificación y diferenciación que la cultura mueve a partir de los niveles sociales donde se manifiestan las relaciones dialécticas establecidas, entre las individualidades y la colectividad.

Son las instituciones culturales y educativas las encargadas de motivar, sistematizar, contextualizar y generalizar dicha labor: Museo de Historia, Centro de Investigación, Centro de Trabajo Comunitario, Museo de Artes Decorativas, Galería de Arte, Artes Escénicas, etc. No obstante, es necesario valorar las implicaciones socioculturales de la formación identitaria que generan. En estas instituciones se asume un compromiso social en función de preservar, desarrollar y promover la cultura e identidad.

El hecho de que existan grupos que preserven sus tradiciones hispánicas, caribeñas, africanas, asiáticas, entre otras, no constituye en modo alguno una amenaza que atente contra la tradición que nos remite de nuevo a la identidad y, después, a la memoria histórica; pues ella le proporciona los elementos que precisa para proyectarse en el tiempo y conformar un relato unificador, que la dote de una continuidad y una coherencia, ligado de un modo indisoluble del devenir histórico. A partir de esto podemos expresar un no rotundo, a la posmodernidad consumista que hoy nos asfixia con sus modelos inhumanos, a la de la pérdida de los sentidos y la destrucción de los sujetos históricos e identidades territoriales, a la que pretende acabar con toda utopía y abolir hasta la dimensión del futuro, fundamental para cualquier proyecto y para la misma vida espiritual. De ahí la necesidad de defenderla, porque con ella defendemos la tradición existente recuperamos la pérdida, al reinterpretarla para apuntalar su carácter unificador; se precisa enfatizar la relación del espacio con la cultura, reconocido como lugar antropológico y, a su vez, ámbito de la identidad compartida.