De tanto batallar, olvidó el tiempo que permaneció en pie. Con el escudo en alto, al brazo izquierdo del guerrero, parecía un faro inamovible. Contra la dura superficie, ninguna de las flechas envenenadas pudo propinarle siquiera un rasguño. ¡Y qué decir de su esgrima! Peleó con tal fiereza y soltura hasta doblegar a todos los adversarios, mientras, a distancia, las madres, los abuelos y los hijos lo ayudaban a vencer.
Transcurrieron días y noches incontables, años, semanas, siglos…, entonces, el lejano descendiente del guerrero se vio obligado a retomar las armas. Otras armas.
El suelo patrio era el mismo, si bien el amor había crecido hasta el infinito, a la par de la voracidad de los rivales. Para consumar su asfixia, le despojaron de casi todo, hasta le arrebataron parte del agua y las luces. Pero no pudieron desvestirlo de las memorias, los refranes y las leyendas, de los añejos mandatos que guardaba en cofre sagrado. Infructuosas resultaron todas las campañas con las cuales intentaron borrarle las canciones, los himnos, las danzas, las historias, las estrellas, las imágenes de los héroes y las batallas gloriosas de quienes, más allá de la línea del tiempo, le regalaban besos, le susurraban sones y palabrotas, y, a la par que lo investían de saberes, lo conminaban a toques a degüello.
Cuando el campo estuvo despejado, el invicto triunfador, a pesar de la maldad y los odiadores, evocó los saberes de sus antepasados. Husmeó con pasión renovada en las memorias, volvió a degustar cada uno de los refranes, a disfrutar de fábulas y leyendas. Entendió mejor las causas de sus victorias, y del coraje que le alimentaba desde siempre.
Hoy confirma la enseñanza elemental que lo define: quien viste el atuendo de su cultura, está dotado de la coraza que no pueden traspasar las flechas enemigas. En medio de la salud inquebrantable de su espíritu y la miseria creciente de los adversarios, es un convencido de que no hay arma mejor que el escudo y la espada, revestidos de la savia colectiva, y que, en su caso, azúcar, tabaco y ron van acompañados de otras esencias. Su misión lo enaltece: buscarlas, agrandarlas, cuidarlas, defenderlas, en cada palmo de su tierra. Aunque falten pinceles, guitarras y retablos; aunque se multipliquen los cercos de siempre y entorpezca algún que otro bizco de burocracia. Porque en cada gota del elixir de la cubanía, viaja el guerrero sabio de todos los tiempos.