Mi Mundial

El Mundial es el Mundial. Y por “el Mundial” solo se entiende el de fútbol

Yo he dado un cambio tremendo de un tiempo p’acá. Cambio que incluye una enajenación casi completa del mundo futbolero. “Casi completa”, porque los contactos de WhatsApp me informan en sus estados qué equipo lidera La Liga y a quién le entregan el Balón de Oro, por ejemplo.

De paso, también me he vuelto muy chovinista y, por ende, mis deportes son el béisbol, el boxeo, la lucha y la otra lucha. En esa estamos, contra la falta de corriente y de señal para ver la Copa del Mundo de la Federación Internacional de Asociaciones  de Fútbol (FIFA) de Norteamérica.

Pero, vamos, el Mundial es el Mundial. Y por “el Mundial” solo se entiende el de fútbol. Me resulta increíble que un deporte tan manchado ―y que me disculpe Maradona― por la política y el dinero, despierte estas pasiones en las masas y en mí.

 “Yo, sin ir más lejos, siempre me pregunto por qué coño me importa que un millonario santafesino o un millonario cordobés metan una bola de cuero en una red colgada de tres palos: cómo puede ser que tal minucia me provoque las emociones que me provoca”, escribió Martín Caparrós en una especie de correspondencia con Juan Villoro que se publica en El País.



Yo, sin ir más lejos tampoco, descubro que me gustaría que gane Argentina por Martín Caparrós, o, para decirlo bien, por las barbaridades que escribe el cronista. Porque a mí apenas me importa el fulbo; a mí me importan los símbolos, o lo que representa el fulbo para otros.

Disculpen si llegaron hasta aquí esperando leer otro texto. Pero yo lo tengo que decir: quiero que Argentina borde su cuarta estrella. Y no es por Messi ni por el Dibu Martínez, aunque también. Es para ver si Hernán Casciari o Leila Guerriero se animan y escriben otro pedazo de crónica de las suyas.

En última instancia, y no menos significativa, quiero que Leo alce la Copa por mi vecina Iraida, que también escribió en este periódico, y que no dejaría de gritar durante otro mes; por mi tío, por mi colega Enmanuel y por todo el resto de pelotudos que durante estas fechas se creen argentinos sin haber probado un mate jamás.

En este punto debo aclarar que Cuba es mi equipo, mi único equipo de verdad. Por algo voy un tanto feliz. Solo un tanto. Y ese algo es que Cuba no está en el Mundial. Tranquilos, les explico: tengo casi cumplidos 28 julios y ya la pelota me da bastantes dolores de cabeza y ataques, como para que este invento inglés también.

“Podríamos, supongo, producir docenas de argumentos, alguno incluso inteligente, dos o tres quizás hasta elegantes, pero, de verdad: ¿por qué queremos tanto semejante tontería?”, dice Caparrós para explicar que “en estos días lo que se impone no es solo la tontería del fútbol ―que ya es bastante tontería―, sino esta mucho peor: la de la Patria”.

A falta de mi Patria chica, voy con mi Patria grande, con la América Latina. Puedo pecar de excesos. Perdónenme de nuevo, pero prefiero, desde mi casa, al Gillette Stadium de la ciudad de Boston, las atajadas de Orlando Gill y que Julio Enciso celebre goles.

Lo admito, estoy escribiendo en caliente, diría Casciari. Acabo de ver el batacazo de Paraguay a la tetracampeona Alemania. Los albirrojos lo hicieron resistiendo, casi sin oxígeno, probablemente incrédulos.

Al minuto 90 no daban más. Pero tuvieron que jugar otros 30 e ir a la decisión por penales. Y es ahí donde encuentro la belleza del deporte, en esas metáforas de la vida, en cumplir lo que afuera, solo sería una ilusión.



“Les dije que los que teníamos enfrente, con todo respeto, estaban formados en academias de primer nivel en Europa; nosotros venimos de la tierra colorada, la camiseta que tenemos son las franjas de la tierra colorada”, sentenció el director técnico Gustavo Alfaro al once sudamericano, minutos antes de arrancar el partido que terminó regalándole a los guaraníes hasta un día feriado por cuenta presidencial.



Paraguay es feliz ahora. Y no por el fulbo, sino a través de él. El fulbo tiene instantes donde logra eso: que el débil, el ninguneado, el pequeño, triunfe. A lo mejor nada es así en otro lugar.

Yo también estoy feliz ahora. Quizás esta felicidad no debería exponerla en días tan jodidos. Pero puedo decir que no es por el deporte, es por una causa mucho más noble.

Las gambetas, las entradas y las asistencias son lo de menos. ¿Qué me importa qué técnico es más estratégico, cuál equipo juega más armónico, cuál es el que crea más oportunidades de gol? Mañana tal vez no recuerde que Canale anotó el último penal, pero sí que lloré de amor. No fue fulbo, fue amor. 


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