Hay hombres que ganan medallas y hombres que ganan la vida. Jorge Martínez Wilson, el mejor judoca que ha dado Ciego de Ávila en toda su historia, pertenece a esa segunda estirpe.
A los 34 años, después de una década en la selección nacional, Jorgito—como le llaman los suyos— cuelga el judogi sin estrépito, sin ruedas de prensa, sin aspavientos: Como vivió. Como compitió.
Lo he visto desde que tenía once años, cuando se asomó al gimnasio cerca de su casa porque los amigos del barrio lo embullaron. Era un muchacho activo, le gustaban los deportes de combate.
Nada hacía presagiar entonces que aquel niño se convertiría en cuatro veces campeón de Cuba en los 81 kilogramos, que sumaría otra corona en los 73, que colgaría en su pecho un bronce panamericano en Lima 2019 y una plata en la Copa del Mundo de Bélgica en 2013, entre otros muchos lauros.
Pero Jorgito no es de los que guardan las medallas en vitrinas. Las derrotas las abraza con amargor y extrae de ellas la mejor experiencia; las victorias las disfruta a sangre fría, pensando que el rival también pudo obtenerla. No conoce la soberbia ni el rencor: “es un abismo sin fondo y no puede ser bien mirado por persona alguna”,comenta.
En varias ocasiones ganó por derecho propio incluirse como mejor atleta del año en la provincia o entre los diez mejores. En el 2017 fue la última vez, cuando lo escogieron el más destacado de la provincia en deportes individuales. Sabía que iba a ser el último de los agasajos, porque se retiraría del deporte activo.
Su último combate conocido fue en la Gala de Campeones de Cárdenas, Matanzas, donde se tituló. Luego habló con quien esto escribe, quizá por primera vez sin la prisa del entrenamiento, sin la tensión del pesaje.
—Momentos de mayor agrado —le pregunté.
—La primera vez que gané el campeonato absoluto de mayores, en 2009 —respondió. Y uno recuerda que, entonces, peleaba en 73 kilos, subió después de división y que nunca dejó de soñar, porque Jorgito soñó con una medalla olímpica, o mundial, esquivas ambas, quizá porque en determinados momentos, mezquindades de algunos le robaran el rodaje necesario, esas horas de combate que forjan el carácter y suman puntos en los rankings.
En su palmarés enfrentó a dos japoneses: una victoria, una derrota. “De ellos siempre se aprende —dice—. Saben conducir el combate con maestría y agresividad controladas. Puedes ir delante o detrás, que ellos parecen inmutables y, cuando les das la mínima oportunidad, caes de espalda encima del tatami”.
También ha compartido con leyendas: el griego Ilias Iliadis, el francés Teddy Riner, entre otros. En Alemania, en Hungría, en esos campos de entrenamiento donde se combate con la misma intensidad de la competencia, pero sin árbitro, donde nadie gana ni pierde, donde solo se aprende.
Habla de Iván Silva, su eterno rival, y en la voz de Jorgito se adivina la larga historia compartida sobre el tatami. “En competencias oficiales jamás me venció”, confiesa, y la frase no es vanagloria sino constatación de un duelo donde los números quedaron de su lado.
Pero entonces, sin aspavientos, añade lo que realmente importa: “Es un gran atleta, muy combativo, talentoso. Para mí es el mejor judoca cubano de la actualidad”. Y ahí, en esa declaración, se revela la grandeza del que habla, porque reconocer al otro como superior en el presente, cuando uno mismo lleva años midiéndose con él, no es gesto común.
Luego, casi como si cerrara un círculo, suelta algo que solo quien ha dejado atrás el rencor puede decir: “Somos grandes amigos y siento respeto por su trayectoria deportiva y humana”. Afuera queda la rivalidad; adentro, la certeza de que los combates verdaderos, los que valen, también se ganan así.
Así es Jorgito. El mismo que tiende la mano al amigo y al rival. El mismo que fuera del tatami oye música, baila, ve series, y no piensa demasiado en el futuro lejano sino en las metas cercanas.
Licenciado en Cultura Física, guerrero por vocación, parece querer ganarlo todo y siente que se marcha con la humildad de no haber ganado nada. Más de diez años en el equipo nacional, casi una vida en el judo. “Es difícil desprenderse”, admite.
Pero el desprendimiento llegó. Sin ruido. Sin homenajes. Quizá con una última mirada al gimnasio que le quedaba cerca de casa, aquel donde un día los amigos del barrio lo embullaron y la abuela paterna, Hilda, le llevaba el almuerzo y la comida. Aquel donde un niño hiperactivo encontró su destino.
Jorge Martínez Wilson se retira como vivió: con la frente en alto, con el pecho lleno de combates y medallas, y el alma vacía de rencores. En Ciego de Ávila, tierra de excelentes judocas, nadie ha conquistado más preseas, más títulos que él sobre un tatami.
El espartano cuelga el judogui. Si algo le dolió no fue caer de espalda en el dojo, que le luxaran un brazo, o la operación que sufrió en el hombro tras una lesión; si no que debió—y pudo— asistir a una mayor cantidad de competencias internacionales.
Esa es la herida que le duele en silencio, pero Jorgito fue capaz de recordarle a todos que el judo se lleva en el corazón.
Quienes conocen de la práctica del deporte que inventó Jigoro Cano, saben que en varias ocasiones le faltaron horas sobre el tapiz, lo que le cerró las puertas en altos podios, aunque algunos piensen lo contrario. Son las paredes invisibles en el deporte.
Y así, cuando el silencio caiga sobre el tatami y el judogui quede colgado para siempre, los avileños sabrán que no están despidiendo a un simple competidor.
Están viendo partir al cinturón negro cuarto dan, el guerrero, el espartano que nunca dejó de soñar, ni cuando las medallas olímpicas y mundiales se le volvieron esquivas, ni cuando las mezquindades quisieron robarle el rodaje necesario, ni siquiera aquella primera vez que en 2009 alzó el campeonato absoluto de mayores y comprendió que el sueño se alimenta de cada combate, de cada caída, de cada madrugada en el gimnasio.
Por eso su retiro no será un punto final, sino esa coma que los grandes dejan en la historia: un lugar al que volver, un nombre que los niños repetirán mientras se atan el cinturón por primera ocasión, con la certeza de que en Ciego de Ávila, tierra de excelentes judocas, hubo una vez un hombre que peleó con la frente en alto, con el alma vacía de rencores, y que en cada derribo, en cada técnica, en cada batalla sobre el tatami, enseñó que el verdadero triunfo no siempre se mide en podios, sino en no haber dejado de soñar jamás.