Geometría y pez, escultura de Yoel Pérez Díaz, aboga por la libertad más exquisita
Mira bien, porque si te descuidas, se mueve. No te lo digo en sentido figurado: Geometría y pez —esa criatura de caoba negra que Yoel Pérez Díaz clavó (o quizás soltó) en la sala pequeña del museo municipal de Venezuela— parece haber llegado nadando entre los muebles coloniales, los andamios de una restauración interminable y los objetos históricos que duermen con etiquetas amarillentas. Es un pez que no respira agua; respira polvo de archivo, olor a cera vieja y esa humedad particular de los museos de pueblo donde el pasado todavía no se ha decidido si quiere ser recuerdo o simple trasto acumulado.
La inauguración fue el 14 de mayo. Darién Morejón Baños —el anfitrión de esta Travesías, un tipo inquieto que esculpe con chatarra y madera como quien repara corazones rotos— abrió la puerta y dejó entrar a este pez junto a una pieza de Félix Zayas Sarabia. Dijo que quería que todo fluyera, que nada desentonara. Pero claro, Darién no sabía (o sí sabía) que el pez de Pérez Díaz tiene vida propia.
Fíjate en los huesos. Porque eso es lo que son, aunque estén hechos de caoba: huesos geométricos. No hay carne blanda aquí. El cuerpo es un anillo de madera oscura, casi quemada, que parece metal oxidado a la distancia. Las aletas son triángulos perforados, como si alguien les hubiera disparado pequeños círculos de luz. Y el ojo —esa esfera negra, hundida en la cabeza triangular— te mira con la sospecha de quien ha cruzado océanos enteros en silencio.
Este pez no es decoración. Este pez es un sobreviviente. Y la sala del museo, atrapada entre muebles que nadie usa y paredes móviles que usan a diario, es su hábitat perfecto. Se imagina uno que, a medianoche, cuando el guardia apaga la escaza luz, la escultura gira lentamente sobre su base. No mucho. Un centímetro. Lo suficiente para orientarse hacia la puerta, hacia la calle, hacia el mar que debe estar a cien kilómetros pero que él ya huele.
Pérez Díaz es avileño, graduado de arquitectura en la universidad de Camagüey en 1996; premiado en salones nacionales; miembro de la ACAA; artesano que talla madera como quien escribe poesía con cuchillo. Pero aquí no talló un pez; lo desarmó y lo volvió a armar, como quien reconstruye un recuerdo que no cuadra del todo. La boca abierta no es agresión: es asombro. Es la boca del inmigrante que llega a una ciudad nueva y no sabe si reír o gritar. Es la boca del niño que ve el océano por primera vez. Es, también, la boca del pez fuera del agua, ese pez que todos llevamos dentro cuando nos toca cruzar de una orilla a otra.
Y hablando de orillas, en la expo Travesías que Darién montó en su terruño, en ese museo pequeño donde las diez piezas "respiran", el pez de Pérez Díaz no solo respira; se escapa. Se fuga de la intención curatorial, del título; se desprende de la caoba. Porque la caoba aquí no es caoba. Es piel quemada por el sol. Es el color de los documentos de identidad que se amarillan en el bolsillo. Es la madera de los barcos que no llegaron, o que llegaron demasiado tarde.
Te lo encuentras ahí, entre un arcón de antaño y un andamio oxidado, y por un segundo crees que va a saltar. Que esas aletas triangulares van a batir el aire viciado de la sala. Que el círculo perforado en su aleta dorsal no es diseño, es una herida por donde entró el viento del Caribe. Y que la base que lo sostiene no es base: es el último pedazo de tierra firme antes de que todo se convierta en agua.
Morejón dice que su obra habla de desarraigo, de emigración, de esas cosas que al final se vuelven un poco tediosas. Pero el pez de Yoel no es tedioso. El pez de Yoel es incómodo. Te sigue con la mirada cuando caminas hacia la vitrina de al lado. Se burla, un poco, pero también reverencia, de los objetos históricos que lo rodean, de esos muebles que nadie se atreve a tocar. Él sí se puede tocar. De hecho, parece pedirlo: tocame, soy de madera, pero estoy vivo.
Hay una metáfora que no se ve a simple vista, pero que late en la estructura entera. El pez es un cuerpo que se ha hecho geometría para no desmoronarse. Es un animal que aprendió matemáticas para sobrevivir. Y en eso, sin proponérselo, resume la condición de toda la sala, de todo el museo, de todo el municipio de Venezuela en Ciego de Ávila: la necesidad de armarse de líneas duras, de planos que se sostengan, de formas que no se derritan cuando la nostalgia aprieta.
Así que si vas a ver Travesías , no busques solo las piezas de Darién. Busca al pez. Y cuando lo encuentres, quédate un rato. Verás cómo, a pesar de ser madera, a pesar de estar quieto, a pesar de estar en una sala entre cachivaches y andamios, ese pez se mueve. Se mueve hacia adelante. Siempre hacia adelante. Como hacemos todos cuando no nos queda otro remedio.