Félix Zayas Sarabia, o el engranaje que nos mira: una obra descomunal por la historia que cuenta y las formas que contiene
Por primera vez delante de esta obra, uno no sabe si está viendo un rostro o una máquina. Eso es exactamente el punto.
El ensamblaje que Félix Zayas Sarabia presentó al XXIV Salón Mi Gallo de Morón —y que se llevó el primer premio en el apartado de Artesanía— no se explica ni se admira en silencio cómodo. Se padece. La figura humanoide construida con desechos metálicos ocupa el centro de un panel cuyas dimensiones recuerdan a un retablo, y esa asociación no parece casual: hay algo de altar aquí, o de expediente, o de ambas cosas al mismo tiempo.
Los ojos son el primer problema. Están hechos de espirales y arandelas concéntricas, y sin embargo miran. Miran con la insistencia de quien no puede cerrar los párpados, de quien ha sido ensamblado para ver sin descanso. La nariz es un triángulo metálico atornillado, la boca abierta deja escapar algo que podría ser un grito o podría ser hambre. La piel —si puede llamarse piel al metal oxidado que cubre el cráneo— tiene el color exacto del bronce antiguo, de las medallas que se dan a los campeones y de los casquillos que se recogen después de las guerras.
Aquí es donde el título entra como un puño.
Félix nació en 1985 en Ciego de Ávila, y se graduó como instructor de arte; cumplió la misión Cultura Corazón Adentro de la Republica de Venezuela y sabe tanto de esculturas como de angustias humanas.
Cualquier lector con algo de memoria visual tropieza con la frase que sirve de título a la pieza. Edvard Munch no fue solamente el pintor de The Scream; fue también uno de los artistas que entendió antes que muchos, que el rostro humano podía convertirse en territorio del espanto. Félix Zayas Sarabia parece dialogar con esa tradición: la del cuerpo deformado por la angustia, la de la figura que ya no representa únicamente a un individuo sino a una condición humana herida.
El título, No solo Munch tuvo motivos, desplaza entonces la referencia desde el artista hacia el presente. Sugiere que el grito no pertenece únicamente al universo expresionista europeo, ni a las neurosis de finales del siglo XIX. También nosotros —las sociedades contemporáneas, los sobrevivientes cotidianos de la violencia, de la precariedad y de la desmemoria— tenemos motivos. Motivos para el miedo, para la fractura, para la rabia, para esa deformación espiritual que aquí aparece convertida en ensamblaje metálico.

El lado izquierdo de la obra es una cuadrícula de planchas metálicas atornilladas, ordenadas con precisión burocrática. Podrían ser casilleros, podrían ser celdas, podrían ser los cuadros de un calendario que nadie llenó. Junto a ellas, dos engranajes grandes que no engranaron con nada, que están ahí detenidos, como preguntas sin respuesta. A la derecha, un apéndice que sube desde el cuerpo del personaje y que puede ser un brazo levantado o puede ser un arma —la ambigüedad no es torpeza sino método. En la parte baja, una rueda de bicicleta dentada, ese objeto humilde y cotidiano que en este contexto adquiere la gravedad de un símbolo: alguien pedaleó alguna vez, alguien iba a algún lugar, alguien se quedó.
El fondo es pintura gestual, blanca sobre gris, con chorretes que bajan como saliva o como lluvia o como las marcas que deja el tiempo en las paredes de los lugares donde ocurrieron cosas que no deberían haber ocurrido. Ese fondo no pretende ser decorativo. Es el ruido de fondo de la historia.
Zayas trabaja con chatarra porque la chatarra tiene memoria. Cada pieza de metal que selecciona perteneció a algo —a una máquina, a un vehículo, a un mecanismo de relojería— y esa vida anterior está presente aunque invisible. El artista no borra esa historia: la redirige. El ensamblaje como técnica es, en sus manos, una forma de necrología y de arqueología al mismo tiempo. Recompone lo que se desechó y lo vuelve figura humana, pero una figura humana que ya no puede disimular sus partes: sabemos de qué está hecha, y eso nos dice algo sobre de qué estamos hechos nosotros.
La obra ganó en Morón, ciudad que tiene su propia historia de pertenencia y de identidad, y ese dato geográfico no es menor. El arte que se hace en las provincias cubanas con frecuencia carga el doble peso de tener que probar que existe y de tener que decir algo que valga la pena decir. Zayas lleva años demostrando que esos dos pesos no se contradicen. Arraigo a la deriva, su exposición anterior en galería Nexus, ya había explorado el territorio de los objetos que emigran y pierden su nombre. Este trabajo va más lejos: ya no pregunta qué pasa con los objetos que abandonamos, sino qué pasa cuando nosotros mismos nos volvemos objetos, cuando la historia nos fabrica y nos expone y nos usa como prueba de algo.
La pregunta que deja No solo Munch tuvo motivos, no es, quién tiene derecho al grito, sino, cuántas formas contemporáneas de sufrimiento seguimos aprendiendo a normalizar.
No basta con contar el dolor. Tampoco basta con identificarlo. Pero esta obra, al menos, nos obliga a no mirar hacia otro lado.