Una vida dedicada a enseñar

 gudelinaOdania La historia de Gudelia Natalia Morales Jiménez está profundamente ligada al magisterio.

Profesora titular y doctora en Ciencias Pedagógicas, ha dedicado más de cuatro décadas a la formación de niños, jóvenes y profesionales de la educación.

Por esta y otras razones, la Asociación de Pedagogos de Cuba le confirmó la Distinción de Joya de la Pedagogía.

Cuando era apenas una niña de sexto grado, decidió estudiar en la escuela formadora de maestros de Morón, convirtiéndose en la única estudiante de su comunidad que aceptó el desafío. Tenía apenas 11 años cuando se separó de su familia para comenzar su formación pedagógica.

Aquella etapa estuvo marcada por el aprendizaje y las dificultades propias de su corta edad. Sin embargo, fue también el inicio de una carrera que la cautivó y que, con el tiempo, se convertiría en su mayor pasión.

Las prácticas docentes llegaron en su adolescencia con el traslado al municipio Primero de Enero, donde tuvo que asumir el reto de enseñar siendo casi de la misma edad que sus estudiantes.

La disciplina y la responsabilidad se convirtieron en aliados para superar las inseguridades iniciales y consolidar su vocación. Con 16 años ya ejercía como maestra graduada en la comunidad de Mangalarga.

Largo ha sido su recorrido: primero por la educación primaria, donde dedicó muchos años a enseñar a leer, escribir y formar valores en las nuevas generaciones; más tarde, en la enseñanza superior.

Actualmente trabaja en el Centro de Estudios Educacionales de la Universidad de Ciego de Ávila Máximo Gómez Báez, donde se dedica a la investigación y a la tutoría de estudiantes de maestría y doctorado en Ciencias de la Educación.

Los reconocimientos llegaron como premio al esfuerzo, aunque confiesa que cuando se hace lo que se desea, el placer es mayor. Entre ellos recibió la Distinción por la Educación Cubana, la Medalla José Tey y las Órdenes Frank País de Primer y Segundo Grado.

Tiene la fortuna de contar con una linda familia: 45 años junto a su esposo, con quien tuvo dos hijos, y una nieta que es razón de felicidad. Sin embargo, confiesa que el mayor orgullo de su vida es encontrarse con antiguos estudiantes convertidos en profesionales: médicos, enfermeras, técnicos o maestros que recuerdan con cariño sus enseñanzas.

Después de 44 años de labor educativa, dice haber cumplido el compromiso de que todo hombre tiene derecho a que se le eduque y, en pago, contribuir a la educación de los demás. Su compromiso con la enseñanza sigue intacto, porque para ella el magisterio no es solo una profesión, sino una forma de vida.


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