La sede de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) en Ciego de Ávila volvió a convertirse en plaza de ideas. Allí comenzó la Jornada Provincial por el Día de la Prensa Cubana, con un panel que, más que inaugurar un calendario de actividades, abrió un campo de preguntas urgentes sobre la aplicación de la Ley 162 de Comunicación Social y su impacto real en el ejercicio periodístico.
El espacio “A la Zurda”, concebido para la reflexión y el análisis, fue moderado por el periodista Luis Raúl Vázquez Muñoz, corresponsal de Juventud Rebelde en la provincia, quien dejó claro desde el inicio que no se trataba de “tomar acuerdos ni señalar culpables”, sino de pasar la realidad comunicativa cubana por el microscopio.
Cuba cuenta hoy con un paquete legislativo que regula la comunicación pública, la transparencia, la protección de datos y las obligaciones de las fuentes, pero la interrogante flotó desde el primer minuto: ¿ha cambiado realmente la práctica cotidiana?, ¿son ahora más accesibles las fuentes?, ¿fluye la información con inmediatez y veracidad como establece la ley?
El periodista Filiberto Pérez Carvajal, del periódico Invasor, abrió el debate con un relato que “pudo ser, pero no fue”.
A través de una historia hipotética, ilustró el recorrido de un reportero que, amparado en el reglamento de la Ley solicita información urgente a una entidad
La norma es clara: los directivos deben responder con “inmediatez, oportunidad, transparencia y veracidad”. Sin embargo, en el relato, la respuesta fue negada por “no ser el momento oportuno”.
“¿Cuándo es el momento?”, preguntó Filiberto, y añadió otra inquietud medular: “¿Cuáles serían las consecuencias posteriores de tal proceder en cuanto a la relación con la fuente? ¿Quién garantiza la transparencia en búsquedas futuras?”.
Para el periodista, el problema no es solo jurídico, es cultural. “Ha cambiado la superestructura jurídica, pero ¿han cambiado las mentalidades y estilos de trabajo?”, cuestionó.
Reconoció, además, insuficiencias dentro de los propios medios: redactores desigualmente formados, rutinas que reproducen malos hábitos, dependencia excesiva de datos que deberían buscarse de manera proactiva.
Criticó también la pobreza de contenidos en no pocas plataformas institucionales, donde la generación de contenido se reduce a efemérides y consignas, sin aterrizar en los problemas concretos que vive la ciudadanía.
Damián Betanzos Hernández, periodista y comunicador de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales (ACCS) en la provincia, fue frontal. “No se trata de hacer leña del árbol caído”, aclaró, pero llamó a no “darle la espalda ni mantenerse indiferente al tiempo que nos tocó vivir”.
Citando al profesor Ernesto Vera y su advertencia sobre la “mentira organizada y la verdad dispersa”, defendió que el periodismo cubano no puede actuar con ingenuidad en un ecosistema mediático más amplio y mediatizado, donde operan algoritmos, intereses políticos y narrativas manipuladas.
“El periodismo es un sacerdocio, hay que hacerlo con conciencia política”, sentenció
Recordó que la Ley 162 no puede quedarse en letra muerta ni convertirse en escudo para la pasividad. “Estamos como los fariseos: leemos la ley, pero no la aplicamos”.
Betanzos compartió experiencias concretas: reuniones donde información ya pública —incluso expresada por el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República— no se divulga por excesos de cautela o interpretaciones restrictivas.
Desde la presidencia provincial de la UPEC, Osvaldo Sánchez Naranjo fue directo: “¿Cómo vamos a solucionar todos esos problemas que son trabas y bloqueos nuestros, no de nadie?”.
Subrayó que la prensa no puede resolver por sí sola deficiencias estructurales, pero sí debe empujar para que las soluciones viables se pongan en práctica. Recordó que la Ley 162 entró en vigor tras 120 días de su publicación en la Gaceta Oficial, el 4 de octubre de 2024, y que aún es insuficientemente conocida en la base social.
“No se conoce socialmente”, alertó, y llamó a profundizar en su estudio y aplicación sistemática.
Nohemí Milián Rosa, en representación de la ACCS en Ciego de Ávila, aportó otra arista: el desconocimiento en las propias entidades.
Explicó que, aunque algunas empresas han designado comunicadores, persisten vacíos sobre el alcance real de sus funciones.
“El comunicador gestiona procesos, no es archivista ni redactor de cualquier documento”, puntualizó.
Señaló que existen normativas específicas, como las relacionadas con el diseño y los manuales de identidad, que muchas veces se incumplen por desconocimiento.
El reconocido periodista Pastor Batista Valdés recordó que una ley se aprueba para que dé resultados, no como acto simbólico. Preguntó si su mera existencia implica que “ya estamos bien”.
En el debate emergieron ejemplos recientes: silencios informativos ante hechos de impacto, rectificaciones que circulan menos que los rumores iniciales, limitaciones para fotografiar o reportar en determinadas circunstancias.
Luis Raúl Vázquez lanzó otro pensamiento: “¿No estaremos tocando un vacío donde no regula el ejercicio de la comunicación informativa cuando toda la comunicación es pública?”
Se habló de interpretaciones restrictivas, de zonas de silencio que se naturalizan, de la tensión entre seguridad, política y derecho ciudadano a la información.
También se reconocieron avances de otras provincias en cuanto a pronunciamientos oportunos en temas de Salud Pública y hechos extraordinarios.
Pero la pregunta de fondo persistió: ¿cómo verificar la verdad en medio de la manipulación algorítmica, la inteligencia artificial y las narrativas adversas? ¿Cómo evitar que la prudencia derive en opacidad?
Colectivos laborales compartieron experiencias y coincidieron en que la Ley 162 ofrece herramientas, pero su efectividad depende de la voluntad, la cultura profesional y la coherencia entre norma y práctica.
El debate fue in crescendo. No hubo conclusiones definitivas, pero sí una certeza compartida: la comunicación pública en Cuba no puede gestionarse con inercias del pasado.
La Jornada de la Prensa comenzó así, con preguntas incómodas y reflexiones necesarias. Ojalá que el intercambio no quede circunscrito a una mañana de panel ni a las paredes de la UPEC.
Que el debate continúe en redacciones, instituciones y comunidades. Que las interrogantes encuentren respuestas concretas.
Porque en tiempos de contingencia económica, política y mediática, un periodismo más transparente, ágil y responsable es una urgencia.