Cuando me anunciaron que suspenderían las publicaciones impresas, mi pensamiento viajó a la niñez. Yo guardaba los suplementos deportivos que elaboraba Juventud Rebelde antes de los Mundiales de fútbol y recortaba las partidas de ajedrez y las fotos de mis atletas favoritos.
No recuerdo en qué momento de mi adolescencia abandoné esa práctica, pero quizás ese fue el impulso para elegir la carrera de Periodismo.
Estudié periodismo impreso en la Universidad de Camagüey. A diferencia de otros alumnos, nunca publiqué en el periódico Adelante, ni siquiera en la revista universitaria Ráfaga.
Durante el tiempo de prácticas preprofesionales en el periódico Invasor, vi por primera vez mi crédito, en un texto sobre los juegos deportivos escolares.
Tras ese debut, no volví a escribir para un medio impreso hasta después de mi graduación. Luego de unos meses en Radio Surco, comencé como periodista en Invasor.
No tengo certeza de que mi primera publicación en este nuevo período haya sido Brazadas de una futura campeona. En cualquier caso, esa entrevista es mi primer recuerdo feliz en las páginas de Invasor.
A partir de entonces escribí más, mucho más. Sin embargo, nunca recorté los trabajos. No guardé ninguno: ni los premiados, ni los que más cariño les tengo. Nada.
Una colega que admiro muchísimo me contó que su novio de la Universidad recortaba los textos de ella en el periódico Granma. Me lo dijo como si fuera un gesto simple, cursi. Yo lo escuché como si fuera un gesto altamente romántico.
Jamás tuve esa suerte, pero sí tuve novia... Antes de su primer viaje a España, me pidió que le dijera qué quería de regalo. Pude pedir una camiseta del Real Madrid, unos Converse, un Samsung.
Pude pedir lo que se me antojara. Y pedí que me trajera un ejemplar de El País. Y, por si no lo encontraba, uno de El Mundo. Me trajo los dos. Para mayor alegría mía, eran las ediciones del 2 de mayo de 2023, en cuya portada aparecía el triunfo de Ding Liren en el match mundial de ajedrez.
A mi abuela nunca siquiera le dije una palabra. Ella pagaba 10.00 pesos en vez de uno por cada ejemplar de Invasor, con tal de que el repartidor nunca se olvidara de guardarle uno. Mi abuela buscaba primero mis textos. Últimamente, yo publicaba menos y el repartidor desapareció poco a poco.
Ahora también desaparecerá la versión impresa de Invasor. Me arrepiento de no haber recortado una crónica que escribí sobre la final cubana de ajedrez entre Dylan Berdayes y Jorge Elías.
Quiero comprar un periódico: el del 21 de febrero de 2026. Fue la última edición de Invasor donde publiqué una entrevista. Para mayor nostalgia, fue una entrevista a Bryan, un niño de 14 años que compitió contra grandes en el Campeonato Nacional Absoluto de Ajedrez.